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Desde la religión a la ecología,
y desde la ecología a la religión


por Fernando de Estrada
 

 

Suele considerarse como expresión más cabal de una supuesta oposición entre religión y ecología al artículo que Lynn White publicó en la revista Science en marzo de 1967 titulado "Las Raíces Históricas de Nuestra Crisis Ecológica". El trabajo recogía la parte que al autor correspondiera en una polémica desarrollada meses antes en la Asociación Americana para el Progreso de la Ciencia, donde sostuvo que "la ecología humana se encuentra fuertemente condicionada por las creencias sobre nuestra naturaleza y destino, es decir, por la religión".

Para Lynn White, el cristianismo -y en general todas las religiones de origen bíblico- carga con la culpa de ser antropocentrista, en el sentido de considerar que el mundo de la Creación está sometido al hombre, actitud de fondo de la cual se derivaría una subestimación por la naturaleza en la que a su vez radicaría la causa última de la crisis ecológica contemporánea.

Es extraño que White sugiriera como remedio para esta situación lo siguiente: "Dado que el origen de nuestros problemas tiene base tan intensamente religiosa, la solución debe ser asimismo esencialmente religiosa, aunque poco importa que le demos o no este nombre".

 

 

 

 

 

 

Réplicas anticipadas

Con independencia de su concepto ampliado de la religión, la acusación levantada por White encontró de inmediato impugnadores. En tal sentido, sirvió de catalítico para que desde las confesiones religiosas se profundizara el tema de la relación existente entre sus creencias y la preocupación por la preservación de los bienes naturales y del equilibrio ecológico.

Dentro del campo católico resultó fácil recordar que en fecha tan temprana para las preocupaciones ambientales como 1943 el Papa Pío XII había señalado que el sistema económico vigente, con "sus relaciones gigantescas y sus conexiones mundiales... por desprovisto de todo freno moral y por su falta de visión de lo sobrenatural que podría iluminarlo, lleva a una explotación indigna y humillante de la persona humana y de la naturaleza...". Y el mismo pontífice destacaba en su Radiomensaje de Navidad de 1955 que el hombre está llamado a ejercer un sabio dominio sobre la naturaleza, pero que ésta no puede ser impunemente objeto de una explotación depredatoria.

Su sucesor Juan XXIII destacaba por su parte en la Encíclica Mater et Magistra que el mandato bíblico dirigido a la humanidad de poblar y dominar la tierra "lejos de llevar a la destrucción de los bienes los asigna a la mejora de la vida humana".

 

 

 

La perspectiva judía

Desde el judaísmo, quizás sin conocer las invectivas de White, S.R. Hirsch escribía en 1967 que la aparente desconfianza de la tradición israelita hacia las bellezas naturales no pasa de un temor a que la visión de las mismas aparte de la contemplación de las cosas divinas. El mismo autor, en sus Comentario del Pentateuco, destaca un principio esencial para el judaísmo: "La naturaleza no es la intermediaria entre Dios y vosotros; sois vosotros los intermediarios entre la naturaleza y Dios". Sin duda, existe aquí un antropocentrismo, pero que de ninguna manera podría interpretarse como hostilidad hacia la naturaleza.

Tanto judíos como cristianos y musulmanes aceptan que la Biblia es la Palabra revelada de Dios, testimonio más autorizado que la naturaleza, que es sin embargo el otro libro donde se encuentra la sabiduría. La Revelación demuestra que la naturaleza no basta al hombre, y ello se manifiesta en los textos del Antiguo Testamento bajo formas de cataclismos cósmicos que se producen como consecuencia de las acciones humanas.

Terremotos, inundaciones y otros fenómenos de intensidad extraordinaria desgarran en la Biblia el orden natural cual otras tantas demostraciones de que Dios se halla por encima de él y no le está sujeto. La tierra ha quedado maldita por el pecado del hombre, pero la voluntad divina puede hacer que de ella broten leche y miel, que se transforme en la eretz Israel, la tierra de Israel, si su pueblo se conserva fiel a la ley que Él le ha impuesto.

La posición del hombre ante la naturaleza no es, pues, indiferente para el judaísmo. Por el contrario, según recuerda el hebraísta R. Haïm de Vozolin, porque Dios -Elohim- mantiene en existencia al mundo en razón de los actos del hombre; éste es nefech ha Haim, "alma de la vida", pues de su conducta depende la subsistencia del universo. Es ésta una consecuencia de la alianza entre Dios y los justos de su elección, alianza que abraza también al mundo cósmico.

 

 

 

El cristianismo y el desencantamiento del mundo

La doctrina cristiana relativa al ambiente natural tiene incorporada la tradición judía, pero las circunstancias históricas le han hecho destacar y desarrollar algunas características especiales. Una de ellas es el "desencantamiento" del mundo natural. En la antigüedad pagana casi todos los objetos eran considerados como portadores de un dios o referidos a cualquiera de los millares de deidades reverenciadas por los habitantes del Imperio Romano; no era posible desplazarse sin pasar por las jurisdicciones de los pequeños genios domésticos y de divinidades más importantes que incluían a la persona del emperador antes de alcanzar a las figuras centrales del Panteón. De alguna manera, todo era sagrado por la presencia ubicua de los grandes y los minúsculos dioses.

El cristianismo negó el carácter divino de las creaturas, lo cual le significó en los primeros tiempos diez persecuciones sangrientas por su permanente negativa a rendir culto de adoración al Emperador y a los símbolos de Roma. Este es uno de los argumentos que en su oportunidad esgrimiera White, pues el hecho lo interpretó como una desjerarquización de la naturaleza ante el hombre. En realidad, se trataba de un fenómeno distinto, pues a semejanza del judaísmo, el mundo ocupaba un lugar privilegiado dentro de la teología de los primeros cristianos. El hombre, efectivamente, es centro de la Creación, pero tiene responsabilidades con ella, y la desdivinización que ha hecho de las criaturas no hace de éstas meros instrumentos.

Por el contrario, el cristianismo tiene para con ellas, una actitud más benévola aún que la del judaísmo, pues si bien subsisten en él los temores de que las bellezas naturales puedan alejar de la contemplación de lo divino, es más frecuente que se las considere como vestigios del esplendor de Dios y que por ello se las valore como de altísima dignidad. La reacción contra el politeísmo pagano no significó el repudio del mundo material hasta entonces divinizado (como, por ejemplo, aconteció con la religión maniquea, que consideraba perversa toda realidad no espiritual); la presencia del mal en la naturaleza se debe, como en la vida humana, al pecado del hombre.

Ya avanzada la Edad Media, el movimiento monástico estableció centros de vida civil en regiones hasta entonces libradas al estado salvaje. Tales avances de la humanidad en el reino de la naturaleza se interpretaron frecuentemente como símbolo del dominio del alma sobre las pasiones corporales, ocasión por lo tanto para la elevación del espíritu en armonía con la Creación.

El respeto por ésta en la Edad Media ha quedado testimoniado por dos grandes exponentes. El primero, Santo Tomás de Aquino, en uno de cuyos sermones podemos leer estos conceptos: "Dios, como maestro excelente, se ha ocupado de presentarnos dos escritos perfectos para que hiciéramos nuestra educación de una manera que no deje nada que desear; pues, según dice el Apóstol, todo cuanto está escrito ha sido escrito para nuestra enseñanza. Estos dos libros divinos son la Creación y las Sagradas Escrituras".

El otro representante por antonomasia de la espiritualidad medieval, San Francisco de Asís, nos ha dejado en su Cántico de las Creaturas una de las más conmovedoras alabanzas que se conocen de las bellezas de la naturaleza.

 

 

 

 

 

 

Modernos y postmodernos

Durante el siglo XVI se registran ciertas transformaciones históricas de intensidad tal como para considerar que entonces comienza una nueva época, la modernidad. Uno de sus rasgos distintivos consiste en la pérdida de gran parte de los fundamentos religiosos de la sociedad; queda, en consecuencia, admitida una base diferente: el mismo hombre. Este hombre autónomo se ve obligado así a asumir buena parte de las funciones que antaño se reconocían a Dios, remitido a una discreta jubilación. Una de esas funciones es la de Creador, algo que todavía no había ambicionado el hombre.

Francis Bacon, uno de los representantes más auténticos de la modernidad, lo dice en modo bastante claro cuando afirma que la actitud ante la naturaleza, que hasta entonces había sido de contemplación, debería en lo sucesivo ser de dominio a través de la ciencia y de la técnica. Hay aquí una ruptura clara de la tradición occidental, cuyas consecuencias no son imputables ni al cristianismo ni al judaísmo, sino precisamente a la modernidad, iluminismo o racionalismo, designaciones indistintas que se aplican a dicha etapa histórica.

Hace tiempo que se habla de "postmodernidad" para referirse a un cambio de valores que se está operando contemporáneamente. En tal contexto halla su vigencia la tesis de White, quien, como se recordará, en la segunda parte de su crítica a la influencia del cristianismo sobre la cuestión ambiental recomienda una respuesta que tenga también contenido religioso.

Su mensaje parece haber sido recogido en amplios sectores del movimiento ecologista cuyo activismo no se limita a las denuncias de situaciones particulares o la propuesta de políticas ambientales sino que se extiende a la difusión de modos de vida y cosmovisiones en ruptura con el orden de la modernidad. Se trata, en realidad, de religiones que han trasladado su objeto de adoración desde un Dios de los cielos a la naturaleza en la tierra.

Una manifestación intelectual de esta modalidad de ateísmo religioso antimoderno se encuentra en en el noruego Arne Naess, quien en 1973 acuñó el título de "ecología profunda" para designar a una tendencia esotérica que se diferenciaría de la "ecología superficial"; ésta se limitaría a los problemas ambientales que afectan al género humano mientras que la segunda no reconoce jerarquías entre los seres del universo y rechaza por lo tanto la idea de que el hombre tiene una dignidad superior.

Por ese camino, aunque a prudente distancia, lo ha seguido el biólogo James Lovellock, autor de la teoría de "Gea"; según él, el conjunto total de los sistemas ecológicos pueden ser entendidos como integrantes de una unidad que fuese una persona viviente, precisamente "Gea". Si bien Lovellock no se compromete afirmando que esta teoría sea más que una idea didáctica, en los movimientos ecologistas ha encontrado prosélitos que la aceptan al pie de la letra y que la han incorporado a su bagaje ideológico neorreligioso.

 

 

 

La Reforma y el Corán

Este fenómeno de aproximación a lo religioso desde la ecología es en nuestro tiempo paralelo al más tradicional de acercamiento de las religiones a los temas ecológicos. La Conferencia General (o mundial) de la Iglesia Adventista del Séptimo Día produjo en 1990 una declaración doctrinaria donde destaca que el hombre ha recibido la misión de custodiar la conservación de la Creación, deber que ha dejado de cumplir desde que prosperan las actividades contaminantes y depredatorias. Se remite así la Iglesia Adventista a la enseñanza de Ellen White, uno de sus fundadores, quien recomendaba como corolario de las creencias de la comunidad la necesidad de prácticas de vida natural e higiénica. Este aspecto, que Ellen White y sus seguidores estructuraron de forma práctica en su llamado "movimiento de reforma salutaria" ("Health Reform"), sedujo al Dr. Kellog, dietista inventor de los "corn flakes" que encontró en este apoyo religioso estímulo para expandir el consumo de los alimentos naturistas y su industrialización en gran escala.

¿Y qué ha pasado con el Islam, convicción religiosa arraigada en el alma de una porción amplísima de la humanidad asentada sobre tres continentes y presente con fuerza en los restantes? Inspirada como está la religión de Mahoma en el cristianismo y en el judaísmo, no es extraño que abrace la concepción bíblica sobre la bondad de la Creación y la armonía que el hombre debe mantener en sus relaciones con ella. Bien se lo advierte en las primeras páginas del Corán, cuando se lee:

"Ciertamente que en la creación del cielo y de la tierra, en la sucesión alternativa de los días y de las noches, en los buques que navegan a través del mar para traer a los hombres las cosas útiles, en esa agua que Dios hace caer del cielo y con la cual devuelve la vida a la tierra antes muerta, y por la cual ha diseminado los animales de toda especie; en las variaciones de los vientos, y en las nubes reducidas al servicio entre los cielos y la tierra, en todo esto hay por cierto advertencias para todos los que tienen inteligencia".

 

 

 

 

 

 

 

En tiempos de Juan Pablo II

Por último, corresponde destacar que en años recientes la Iglesia Católica ha generado abundante documentación acerca de los problemas ambientales. En el Catecismo de la Iglesia Católica (2415), se prescribe:

"El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura. El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la Creación".

El otro documento fundamental consiste en el Mensaje del Papa Juan Pablo II titulado Paz con Dios, Paz con Toda la Creación, carta magna de la doctrina católica sobre la cuestión ambiental. Es ésta una minuciosa exposición sobre la dignidad del mundo natural, de las agresiones al mismo producidas tanto por los avances técnicos como por la devastación de recursos causada por la pobreza, de las causas morales de dicho proceso y de las soluciones que le son aplicables. La siguiente transcripción ilustrará sobre el espíritu de este Mensaje:

"Ante el extendido deterioro ambiental la humanidad se da cuenta de que no se puede seguir usando los bienes de la Tierra como en el pasado. La opinión pública y los responsables políticos están preocupados por ello, y los estudiosos de las más variadas disciplinas examinan sus causas. Se está formando así una conciencia ecológica que no debe ser obstaculizada, sino antes bien favorecida, de manera que se desarrolle y madure encontrando una adecuada expresión en programas e iniciativas concretas.

"No pocos valores éticos, de importancia fundamental para el desarrollo de una sociedad pacífica, tienen una relación directa con la cuestión ambiental. La interdependencia de muchos desafíos que el mundo debe afrontar confirma la necesidad de soluciones coordinadas, basadas en una coherente visión moral del mundo. Para el cristiano tal visión se basa en las convicciones religiosas sacadas de la Revelación...

"...Es evidente que una solución adecuada no puede consistir simplemente en una gestión mejor o en un uso menos irracional de los recursos de la Tierra. Aun reconociendo la utilidad práctica de tales medios, parece necesario remontarse hasta los orígenes y afrontar en su conjunto la profunda crisis moral de la que el deterioro ambiental es uno de los aspectos más preocupantes.

"Algunos elementos de la presente crisis ecológica revelan de modo evidente su carácter moral. Entre ellos hay que incluir, en primer lugar, la aplicación indiscriminada de los adelantos científicos y tecnológicos. Muchos descubrimientos recientes han producido innegables beneficios a la humanidad; es más, ellos manifiestan cuán noble es la vocación del hombre a participar responsablemente en la acción creadora de Dios en el mundo. Sin embargo, se ha comprobado que la aplicación de algunos descubrimientos en los campos industrial y agrícola produce a largo plazo efectos negativos. Todo esto ha demostrado crudamente cómo cualquier intervención en un área del ecosistema debe considerar sus consecuencias en otras áreas, y en general en el bienestar de las generaciones futuras...".

Un lenguaje que Lynn White no esperó seguramente escuchar...