En 1502,
Cristóbal Colón explicaba en carta a los Reyes Católicos
la interpretación de sus viajes y descubrimientos. "Al asumir
esta empresa de las Indias", escribía, "ni las matemáticas
ni los mapas me fueron de utilidad; todo no fue otra cosa que el cumplimiento
de las palabras de Isaías".
Son
éstas expresiones que parecen excesivas en alguien que aprovechó
tan bien los adelantos tecnológicos de su época, e incomprensibles
para quien pretenda interpretar la Historia desde una óptica
materialista. Sin embargo, la gloria más importante que Colón
reclamaba para sí era su participación en lo que creyó
advenimiento del reino de paz anunciado por el profeta Isaías,
cuando la Tierra esté llena del conocimiento del Dios verdadero.
En
la historiografía contemporánea, afortunadamente, existe
conciencia fina para entender que cada época debe ser interpretada
con los valores que la misma reconocía. Desde esta perspectiva,
se comprende bien que los propósitos de Colón y los reyes
que lo enviaron no podía ser sólo la búsqueda de
oro y especias; se comprende bien que el Gran Almirante no exageraba
acerca de su misión.
En
una obra ya clásica para establecer los métodos de la
investigación histórica "Historia, ciencia
social", de Pierre Chaunu- puede leerse:
"La
intercomunicación planetaria podría haber venido del mundo
chino, lo cual estuvo a punto de ocurrir en el siglo XV. Es innegable
que sus navegantes pusieron proa muy lejos por el océano Índico
hasta el cabo de Buena Esperanza. Pero China, con casi todo lo necesario,
carece de lo más difícil. Dispone de medios para aventuras
aisladas, pero no de la voluntad para una larga empresa, pues nada la
impulsa a ello y las suyas son expediciones marítimas sin futuro".
Y
aclara Chaunu: "La intercomunicación planetaria es cristiana,
atlántica y mediterránea, no china. La Cristiandad tiene
un mensaje universal, el único que se inscribe en la historia
de los hombres".
¿Cuál
es ese mensaje? Por cierto, no puede identificárselo con lo meramente
europeo, u occidental, porque los valores de Occidente no han sido siempre
los mismos. Dante Alighieri ha imaginado lo que podemos considerar extraña
anticipación del descubrimiento de un mundo nuevo hecho por Ulises,
ese arquetipo del occidente griego precristiano. Cuenta en el Canto
XXVI del Infierno que Ulises, cansado pronto de la tranquilidad recuperada
después de sus tribulaciones narradas por Homero, emprendió
su último viaje.
Dice
Ulises con palabras de Dante: "Me lancé por el abierto mar
sólo con un navío y los pocos compañeros que no
me abandonaron nunca. Vi una y otra costa desde España hasta
Marruecos, y desde la isla de los sardos a las demás que baña
ese mar. Nos habíamos vuelto viejos y pesados cuando llegamos
al estrecho paso donde Hércules plantó las dos columnas
para que ningún hombre pasare más adelante. Dejé
a Sevilla a mi derecha como había dejado ya Ceuta a mi izquierda.
"¡Oh,
hermanos!, dije, que habéis llegado hasta aquí tras correr
cien mil peligros; para lo poco que os queda de vida, no os neguéis
a visitar más allá del sol ese mundo sin habitantes. Pensad
en vuestro origen: vosotros no habéis nacido para vivir como
brutos sino para alcanzar la virtud y la ciencia.
"Con
esa corta arenga infundí en mis compañeros tal deseo de
continuar el viaje que no les hubiera podido ya retener. Y volviendo
nuestra proa hacia poniente, hicimos alas de nuestros remos para proseguir
tan desatentado viaje, avanzando siempre hacia la izquierda... Cinco
veces se había encendido y otras tantas apagado la luz de la
luna desde que habíamos entrado en aquel gran mar cuando apareció
una montaña oscurecida por la distancia, la más alta de
las que hasta entonces contemplara. Nos causó alegría,
pero nuestro gozo se transformó rápidamente en llanto,
pues de aquella tierra se levantó un torbellino que chocó
contra nuestra embarcación; tres veces la hizo girar ayudado
por las encrespadas olas y a la cuarta levantó la popa y sumergió
la proa hasta que el mar volvió a unirse sobre nosotros".
El
hombre griego, en efecto, hubiera arrostrado la desventura y el naufragio
para "alcanzar la virtud y la ciencia", como arengaba el Ulises
de Dante. Esos fundamentos de la perfección natural lo llevaron
a extender los ámbitos de la tierra habitada, la "ecumené",
y encender en ella, con los fuegos sagrados de las ciudades madres,
nuevos resplandores de su cultura.
Pero
ni el griego ni el romano reconocían que quienes quedaban fuera
de su mundo fuesen algo más que bárbaros, para los latinos
sólo redimibles si se integraban en su sistema imperial, y por
ello no podían entender las razones de un mensaje de unidad para
todas las razas y naciones que las elevara en el orden de lo humano.
Para ello se necesitaba acceder a una Trascendencia sólo posible
por la misma Revelación divina de que los hombres son hermanos
por ser hijos del mismo Padre, verdad intuida por los más sabios
de los paganos pero imposible de ser abrazada por la generalidad de
sus pueblos. Este sentido de la Trascendencia es el patrimonio del hombre
de Occidente vuelto cristiano, heredero de la virtud y de la ciencia
antiguas y llamado a expandir por el mundo la buena nueva de la salvación.
Por
eso la sociedad sobrenatural de los cristianos, la Iglesia, no distingue
entre judíos y gentiles, y también por eso la sociedad
política creada por los cristianos, la Cristiandad, no podía
reservarse para sí sola los bienes superiores de que era depositaria.
La Cristiandad quiere ocupar la Tierra no para satisfacción de
los individuos que la componen, sino para la realización de un
plan y un destino establecidos muy por encima de los poderes humanos.
Es cierto que hubo y existen otros intentos de asumir la misma dignidad,
pero nunca han podido conciliar esos dos fundamentos de la Cristiandad
que son la razón y la fe, y por ello su fracaso fue y es seguro.
La plenitud de los tiempos y la plenitud de los espacios están
reservados para la construcción definitiva de la Cristiandad
como don de Dios a todos los hombres.
Así
lo entendía Cristóbal Colón cuando a sus navegaciones
y descubrimientos los veía inteligibles en la medida que se imbricaban
dentro de los avances de la Cristiandad como cumplimiento de las Sagradas
Escrituras. Tales avances, empero, habían sido muy trabajosos
y desde cuatrocientos años antes de la empresa de Colón
se expresaban en el espíritu de Cruzada, con más de defensivo
que de expansivo.
Asistimos
hoy al posible cumplimiento del pronóstico que Hilaire Belloc
formulaba en 1936, en su recordado libro "Las Grandes Herejías":
"Me parece posible y aun probable que se produzca una resurrección
del poder islámico y que nuestros hijos o nuestros nietos vean
la reanudación de esa tremenda lucha entre la cultura cristiana
y lo que durante más de mil años fue su mayor adversario".
Cualquiera
sea el desenvolvimiento de los acontecimientos actuales, los mismos
evocan la situación de acorralamiento y peligro cierto de extinción
que vivieron los países de tradición cristiana desde la
aparición de los guerreros musulmanes en territorios bizantinos
en el siglo VII hasta, por lo menos, el asedio de Viena en 1683.
La
reacción más expresiva de la Cristiandad se produjo cuando
el Papa Urbano II convocó a la reconquista de los lugares santos
de Palestina. Citando de nuevo a Belloc, este autor explica, en su obra
sobre el rescate de Tierra Santa en la Edad Media, que el llamado de
Urbano II se concretó en una gran expedición que tomó
Jerusalén en 1098 que es la única Cruzada, pues las otras
siete consideradas tales fueron en realidad expediciones de apoyo. El
concepto es bastante exacto, porque el período comprendido entre
la formación del Reino Latino de Jerusalén en esa fecha
y la caída de Acre, último baluarte de los cruzados, en
1291, no fue una sucesión de conflictos sino la continuidad de
una vida social y cívica que discurría dentro de las modalidades
de la Cristiandad. El Reino Latino era llamado popularmente "Ultramar"
en los países de la Europa cristiana, y constituía un
atractivo para la inmigración, a igual que sucedería en
siglos posteriores con relación a otros "ultramar"
entonces desconocidos. Lejos de ser un tipo de "gobierno de ocupación",
el Reino Latino, pacífico y próspero, representaba la
realidad y los intereses de sus habitantes cualquiera fuera su religión.
Se
había rescatado el Santo Sepulcro, se había restablecido
la Cristiandad en territorios particularmente estimados, y también
se habían intensificado las comunicaciones con un mundo oriental
ubicado más allá de la muralla del Islam, del cual se
quería saber más.
En
ese clima de interés por un oriente más remoto se formó
una leyenda llamada a surtir efectos de magnitud desproporcionada. En
1145 el rey de una tribu turca llamado Gur Khan, quien era budista y
tolerante con los cristianos, obtuvo una victoria militar importante
sobre el sultán musulmán de Samarcanda. La historia llegó
a un obispo del Líbano que la difundió en Roma, no se
sabe con cuánta exageración. Lo cierto es que a partir
de entonces comenzó a hablarse de un rey cristiano del Oriente
llamado el Preste Juan dispuesto a unirse con los cristianos de Palestina
para aplastar al siempre amenazante Islam.
En
1165 apareció una supuesta carta de Preste Juan dirigida al Papa
y a los soberanos de Europa, carta que logró tanta difusión
y popularidad que en la actualidad se conservan no menos de mil ejemplares
de la misma. Allí se proclama rey poderosísimo, cuyos
Estados se encuentran en las Tres Indias; usa el título modesto
de "presbítero", aunque asegura que lo sirven arzobispos
y reyes.
Sea
que la mistificación pasó a mayores, sea que el título
fuese desde entonces adjudicado al Negus (o emperador) de Abisinia,
lo cierto es que en 1177 el Papa Alejandro III despachó un mensaje
al Preste Juan en su carácter de rey de los indios. No se conocen
las consecuencias de esta carta, si las tuvo, pero la misma reflejaba
ya la preocupación por buscar un aliado oriental contra el poder
creciente de los musulmanes en torno a Tierra Santa. Diez años
después, éstos contaban con el caudillaje de Saladino
y bajo su mando derrotaron el 2 de julio a los cruzados en la batalla
de Hattin, lo cual fue prólogo de la caída de Jerusalén
en septiembre de ese mismo 1187.
Cincuenta
años después de esta calamidad los cristianos de occidente
se encontraban ante una amenaza inesperada dirigida sobre el territorio
mismo de Europa: la gran invasión mongólica de 1237-1242.
Como siglos antes hiciera Atila, Gengis Khan había logrado unir
a la mayoría de las tribus nómadas de las estepas asiáticas
para formar un imperio que, tras absorber a Persia y China, procuraba
fagocitarse las tierras al oeste de los Urales hasta donde éstas
llegaren.
El
impacto resultó espantoso para Europa, no sólo por la
devastación de Polonia y Hungría sino además por
la manifiesta insuficiencia de los demás reinos para enfrentar
a la marea invasora. La misma se detuvo por razones extrínsecas
a la capacidad de defensa de los europeos, pues la posibilidad de una
reyerta dinástica hizo que los mongoles abandonaran su campaña
de conquista y restituyeran los ejércitos a sus hogares orientales...
momentáneamente.
Pasada
la primera sensación de horror pues los mongoles habían
demostrado tanta crueldad como superioridad militar-, el Papa Inocencio
IV resolvió intentar el diálogo con el misterioso imperio
pagano. El 16 de abril de 1245, munido de las credenciales y mensajes
que le entregara el Pontífice, Juan de Piano Carpini uno
de los primeros compañeros de San Francisco de Asís- emprendía
el primero de los grandes viajes terrestres de la Edad Media, que lo
llevaría a la corte del Gran Khan, soberano de los mongoles,
en su capital, una extraña ciudad llamada Karakórum (la
roca negra) cuyas viviendas y oficinas eran en su mayoría carpas
desmontables, según correspondía a un pueblo de nómades.
El
franciscano arribaba en una oportunidad singular, pues coincidió
con el entronizamiento de Kuyuk, el nuevo Gran Khan, quien no lo trató
con especial deferencia. Juan de Piano Carpini regresó a Roma
en noviembre de 1247 no sólo con los resultados bastante pobres
de su gestión diplomática sino también con relatos
sorprendentes de cuanto había visto, de los cuales no era el
menos maravilloso su testimonio acerca de la presencia de cristianos
de obediencia oriental entre los jerarcas mongoles. El Papa premió
los esfuerzos de Juan de Piano Carpini quien con su viaje se había
hecho personaje famoso- designándolo obispo de Antivari, en Dalmacia,
sede donde corrió menos peligros físicos que en el camino
a Karakórum aunque sin encontrar la paz a causa de la enemistad
del Arzobispo de Ragusa que logró el retiro de Juan a Italia.
En
ese mismo año 1247, otro legado papal, Ascelino, se entrevistó
con el gobernador mongol de Persia y volvió a Roma con dos embajadores
mongoles. Uno de ellos habló con San Luis IX, rey de Francia,
y le propuso una acción combinada contra los musulmanes. Los
mongoles preparaban la guerra contra el Califato de Bagdad y meditaban
una posible colaboración de los cruzados. Entretanto, se iban
conociendo datos alentadores como que la madre de Kuyuk (a cuyos esfuerzos
este nuevo Gran Khan debía el poder) era cristiana, y que él
mismo probablemente se había bautizado en 1248.
Poco
después de estas embajadas pontificias, San Luis IX, rey de Francia,
decidió efectuar sus propios sondeos diplomáticos. En
1248 su representante Andrés de Longjumeau fue recibido oficialmente
en Karakórum de manera muy poco benévola; el rey se arrepintió
de haber dado oportunidad para tal tratamiento. Tuvo, sin embargo, una
reparación inesperada, pues Kuyuk envió al rey un emisario
que, presentando excusas por el mal recibimiento inferido por su predecesor
a Ascelino, aseguró que los mongoles se proponían proteger
a los cristianos en los territorios de sus futuras conquistas y llegó
a insinuar la conveniencia de que Luis emprendiera su nueva cruzada
contra Egipto de modo que coincidiera con el ataque de los mongoles
sobre el califato de Bagdad.
Luis
IX intentó dos años después retomar los contactos
con los mongoles. En el ínterin había fracasado su cruzada
en Egipto y estaba resuelto a reiniciarla con todos los aliados que
pudiese congregar. Para evitar una nueva humillación no revistió
a su enviado, el franciscano flamenco Guillermo de Rudbruk de representación
diplomática ninguna; en cambio le confió una tarea de
estudio de la situación religiosa de los países que visitaría
provisto de las cartas reales de recomendación. Rubruk emprendió
su misión con tres cofrades en 1253. El viaje que los llevó
hasta Karakórum fue tan arduo como el de Juan de Piano Carpini,
pero tuvieron mayores oportunidades para tratar con los jerarcas mongoles
y de conocer a los habitantes de las regiones que recorrieron. Rubruk
se impresionó ante la cantidad elevada de cristianos, casi todos
de rito oriental, que encontró en Karakórum, aunque no
le pareció que entre el grupo dirigente se hubiesen dado muchas
conversiones. A pesar de ello, observó que había una actitud
hostil hacia el Islam, lo cual le pareció un estímulo
para emprender la nueva cruzada que proyectaba San Luis.
El
1º de enero de 1256 comenzó el ataque mongol contra el Islam;
el jefe nominal del ejército era Hulegu, hermano del Khan y casado
con una cristiana, pero la dirección militar efectiva estaba
a cargo de Ked Buka, un general cristiano. Bagdad, que era por entonces
la capital del mundo musulmán, cayó el año siguiente.
En
1258 se incorporaron al ejército mongol el rey Hayton de Armenia
(cristiano) y Bohemundo VI de Antioquía y Chipre, reinos que
quedaban a los cruzados después de la pérdida de Jerusalén.
Ellos dos y Ked Buka tomaron Damasco, segunda capital del Islam, en
enero de 1260. Y para celebrar la victoria, organizaron procesiones,
improvisaron campanas y reemplazaron con cruces a las medias lunas de
los minaretes para presidir la vida pública de la ciudad. Cuando
las noticias llegaron a Europa occidental, se redoblaron las esperanzas
de concluir una alianza con el imaginario Preste Juan y con los reales
mongoles.
Nada
de esto sucedería, porque otro problema de sucesión dinástica
similar al que había salvado a Europa en 1242 hizo que Hulegu
retirara el ejército, dando a los musulmanes oportunidad de recomponerse
e infligir a los mongoles su primera gran derrota, en Ain Jalut, el
3 de septiembre de 1260. El Islam recuperó sus energías
con sus nuevos conductores egipcios: Antioquia sucumbió a ellos
en 1268, y Armenia en 1269. En 1270, San Luis lanzó la última
Cruzada, cuyo fracaso demuestra que la Cristiandad occidental no estaba
ya en fuerza para tales empresas, y el embate musulmán culminó
en 1291 con la toma de Acre.
Los
mongoles de Persia reiteraron sus ofertas de alianza contra el Islam
a los Papas Honorio IV, Nicolás IV y Bonifacio VIII, al emperador
de Constantinopla y a los reyes de Francia y de Inglaterra por lo menos
en tres oportunidades, la última en 1302. Por su parte, los monarcas
mongoles de China conservaron relaciones cordiales con el Papado hasta
1372, cuando se extinguió la dinastía; el último
obispo de Pekín (antes de la llegada de los jesuitas) fue nombrado
por Roma en 1370.
Tierra
Santa terminó de perderse para los cruzados en 1291; el Islam
pasó a intensificar su agresión contra la Cristiandad
alentado por ese triunfo y por la circunstancia quizás aun más
importante de que su dirección se desplazó de los egipcios
mamelucos a manos de los turcos otomanos, otro grupo nómade de
las estepas, pero musulmán, que emularon las hazañas de
los mongoles y constituyeron un imperio menos extendido pero más
compacto y mejor organizado. Los otomanos bloquearon las comunicaciones
de Europa con Oriente y, al conquistar la ciudad imperial de Constantinopla
en 1453, se convirtieron en una amenaza cierta de destrucción
de la Cristiandad.
Si bien
el espíritu de cruzada estaba amenguado en Europa, no sucedía
así en la península ibérica. Los Papas habían
extendido las indulgencias que correspondían a los cruzados de
Tierra Santa a los combatientes contra el Islam en los reinos españoles,
incluido en ellos Portugal. La Reconquista culminó el 2 de enero
de 1492, cuando el reino moro de Granada se rindió ante los Reyes
Católicos Fernando e Isabel. Estos monarcas no podían
considerarse con derecho a la tranquilidad a partir de entonces, pues
el cerco de los turcos sobre el Mediterráneo podía en
cualquier momento hacer que se perdieran las ganancias obtenidas. Además,
como casi todos los soberanos cristianos, no habían renunciado
a retomar cuando fuere oportuno el camino de Jerusalén para rescatar
el Santo Sepulcro. ¿Cómo intentarlo, con los caminos terrestres
cerrados? En ese momento, los Reyes Católicos pensaron en el
Mar Océano, seducidos por Cristóbal Colón.
El famoso
aunque no siempre bien conocido proyecto de Colón obliga también,
para su debida comprensión, a remontarse hasta lejanos antecedentes.
El proceso que afianzó la navegación de altura comienza
en la antigüedad. Los escritos y mapas de aquellas remotas épocas
cada tanto solían ser compendiados por algún erudito,
cuya obra funcionaba así como un catálogo de cuanto se
conocía hasta entonces. Esa tarea la cumplió a principios
de la era cristiana Marino de Tiro, quien constituyó la máxima
autoridad sobre geografía durante casi un siglo hasta que, de
acuerdo con el mismo proceso, Claudio Tolomeo absorbió en una
nueva y enriquecida obra los aportes de su predecesor.
Claudio
Tolomeo vivió entre los años 100 y 178 de nuestra era,
casi siempre en Alejandría, donde se concentraba la actividad
intelectual y científica del mundo helenístico romano.
El campo de acción que abarcaron las investigaciones de Tolomeo
es inmenso y por ello tiene bien ganada la fama de ser uno de los mayores
sabios de todos los tiempos, pese a que sus conclusiones hayan quedado
desactualizadas. Pero su celebridad se debe fundamentalmente a su libro,
combinación de geografía y matemáticas, que los
árabes llamaron "Almagesto".
A semejanza
de sus predecesores, Tolomeo se interesaba fundamentalmente por la "ecumené"
esto es, la tierra habitada. Ello explica que no le preocupen las regiones
inexploradas del planeta. El mapa de Tolomeo se reduce entonces al mundo
conocido con el acompañamiento fuera de escala de "tierras
incógnitas" sobre las cuáles sólo se tenían
vagas referencias.
Este
mapa o planisferio de Tolomeo sería durante mil quinientos años
el cañamazo sobre el cual se irían agregando descubrimientos
e hipótesis. Se aprecian en él con claridad, en la zona
de la "ecumené", varias regiones del mundo familiares
para nosotros. No puede decirse lo mismo de los extremos del mapa. Por
ejemplo, a la derecha, en el extremo oriental de la masa terráquea,
se abre el "Gran Golfo" o "Sinus Magnus", que es
identificado con el océano Pacífico. La ribera oriental
del Sinus Magnus creen ciertos cartógrafos que corresponde a
la isla de Sumatra evidentemente considerada por Tolomeo como
parte continental-, pero otros la consideran una temprana representación
de las costas americanas.
Algunas
concepciones de la física de entonces suponían que la
distribución de tierra y agua en el planeta guardaba relación
con un equilibrio mecánico. Tal convicción parece advertirse
en el mapa de Tolomeo por estar unidas las masas terrestres, lo cual
hacía de nuestros océanos Índico y Pacífico
un solo mar interior.
Tolomeo
estuvo a punto de ser absorbido como a su tiempo él había
absorbido a Marino- por el matemático inglés John Hollywood,
quien publicó en la primera mitad del siglo XIII sus propios
trabajos de astronomía. La costumbre de latinizar nombres y apellidos
convirtió a Hollywood en "Sacrobosco", transformación
gramatical que muy difícilmente se daría hoy con el nombre
de la otrora meca del cine, que en inglés significa precisamente
"bosque sagrado".
En su
libro "Sobre la Esfera" Sacrobosco, quien por cierto sabía
al igual que sus predecesores que la Tierra es redonda, explica sus
sistemas de medición del planeta y llega a la conclusión
de que el Ecuador tiene una extensión de 252.000 estadios, lo
cual equivale aproximadamente a cuarenta mil kilómetros. Es decir
que sus cálculos fueron acertados.
En el
transcurso de estas épocas navegantes menos teóricos recorrieron
mares y costas desconocidos en aventuras como las de Simbad el Marino,
referidas en "Las Mil y Una Noches". Estos relatos dejaban
huellas volátiles en la cartografía. Árabes, portugueses
y españoles contribuyeron profusamente a la celebridad de islas
fantásticas algunas de ellas por añadidura móviles-
que solían encontrar un lugar en mapas y portulanos medievales.
Pero
ninguna de esas historias obtuvo la aceptación y admiración
que logró la crónica de los viajes de Marco Polo por el
extremo oriente y de su permanencia durante casi veinte años
en la corte del emperador mongol de la China, quien lo hizo uno de sus
funcionarios principales. Entre las tareas que se le asignaron estaba
la de recorrer los territorios imperiales y presentar al emperador informes
sobre la situación de los mismos. Cuando en 1295 regresó
a Venecia, su ciudad de origen, volcó sus experiencias en un
libro (Il Milione) que impresionó profundamente en toda Europa
y estimuló el ansia de establecer contacto con aquellas regiones.
Desde luego, sus descripciones de las costas y los mares desconocidos
hasta entonces por los occidentales inspiraron a los cartógrafos
y se fueron incorporando de manera no siempre orgánica al enriquecido
cañamazo de Tolomeo.
Un imitador
de Marco Polo fue Juan de Mandeville, supuesto personaje inglés
que habría viajado por la mayor parte de la "ecumené"
entre 1332 y 1336. Se debe aclarar que en este caso la imitación
queda reducida al contenido de un libro de aventuras, con la sustancial
diferencia de que las de Mandeville son imaginarias, como lo es el propio
protagonista. El presumiblemente ciudadano de Lieja autor de estas seudomemorias
saqueó las informaciones de Marco Polo y las pobló de
reinos y animales fabulosos en lo que podría considerarse una
novela de caballería como las que enloquecieron a Don Quijote.
Lo curioso
es que, si bien no consta que hayan llegado a trastornar el juicio de
nadie, engañaron a muchedumbres de lectores que en la tranquilidad
de tierra firme vibraban con su lectura. Y de manera similar engañaron
a navegantes consumados que calculaban, después de leer a Mandeville,
las posibilidades de encontrarse en tierras incógnitas con hombres
salvajes de cuatro ojos o en mares tenebrosos con gigantescas serpientes
acuáticas deseosas de tragarse un barco de tres palos. Si hoy
nos ocupamos de esta obra de fantasía es porque embrolló
demasiado los conocimientos de la época, sembrando temores absurdos
y convicciones falsas que ciertamente dificultaron los emprendimientos
marítimos incipientes entonces.
De naturaleza
totalmente opuesta es la obra del cardenal Pedro de Ailly, o Aliaco,
una figura destacadísima de la Iglesia en el siglo XIV que se
dio tiempo para escribir "Imago Mundi" (Imagen del Mundo),
una recopilación y puesta al día de los conocimientos
sobre la geografía universal. Allí el cardenal afirma
que la distancia entre Europa y Asia a través del océano
Atlántico es muy breve, porque las masas terráqueas del
planeta abarcan la mayor parte de su superficie. Dicha reflexión
es especialmente recordada a causa de la influencia que ejerció
sobre Cristóbal Colón.
Entretanto
los portugueses exploraban las vías marítimas que les
permitieran relacionarse directamente con "las Indias", como
se llamaba a todo el continente asiático. Al este de Portugal
se extiende el Promontorio Sagrado, una altura sobre el océano
cuyos dos extremos son el cabo de San Vicente y la punta de Sagres,
que marca el término sur del reino. Una alineación de
piedras en treinta y dos filas que forman un círculo de cuarenta
y tres metros de diámetro (la rosa de los vientos) es el único
vestigio allí existente del observatorio y escuela náutica
del príncipe Enrique el Navegante, hijo del rey Juan I. Este
personaje de talante medieval parte guerrero, parte monje- había
encabezado la toma de la ciudad islámica de Ceuta en 1415. Hecho
gobernador de la misma, comprendió que al Islam había
que enfrentarlo en el mar, inclusive en teatros más alejados
como quizás los que se escondían detrás de los
desiertos africanos cuya inmensidad se apreciaba desde Ceuta. Para ello
ambicionaba descubrir todo el continente, alcanzar la Etiopía
del Preste Juan y la recóndita tierra conocida como Guinea.
Enrique
decidió formar los elencos para asumir esa empresa. Eligió
un lugar suficientemente alejado de la corte para preservarse de inevitables
críticas e intrigas y que a la vez se confrontara con la mar
abierta para instalar su escuela. Una fuente autónoma de recursos
a la cual pudo acudir constantemente fue la Orden de Cristo, fraternidad
caballeresca fundada con los remanentes del patrimonio de los ya por
entonces extinguidos caballeros templarios y que gozaba de importantes
privilegios otorgados por la Santa Sede para la administración
de las instituciones de la Iglesia en las tierras que se fueran descubriendo.
La tarea que asumió Enrique no fue sólo marinera: (en
este aspecto a él se debe la introducción de la carabela
como el navío más indicado para las navegaciones que proyectaba):
asimismo, congregó cartógrafos para preparar cartas y
mapas confiables, encaró también la sistematización
de estudios meteorológicos y astronómicos, y no dejó
de organizar los procedimientos de colonización, asentamiento
y relaciones comerciales a introducir en las regiones que se descubrieren.
Un libro
escrito en 1453 por Gomes Eanes de Azurara titulado "Crónica
de Guiné" es el primer libro histórico conocido que
versa sobre las grandes navegaciones portuguesas. Allí puede
leerse que Enrique el Navegante se había planteado cinco objetivos:
el interés científico, las conveniencias comerciales,
el mayor conocimiento del mundo musulmán, el encuentro con un
príncipe cristiano reinante en regiones aún inexploradas
para celebrar con él una alianza contra el Islam, y la propagación
de la fe católica entre los paganos. Con lo reveladora que resulta
esa enumeración, no es menos llamativo el hecho de que en el
libro se perciben supresiones importantes y presumiblemente intencionales.
En efecto, la Corona de Portugal practicó en forma permanente
la llamada "política del sigilo", consistente en ocultar
sus crecientes conocimientos geográficos, así como también
conservar en el mayor secreto posible sus técnicas navales y
los viajes y descubrimientos realizados por sus marinos.
Era voz
corriente que en los archivos oficiales portugueses existían
cartas de navegación secretas y reservadas para singladuras muy
especiales, junto a otros documentos. Una de las piezas más estimadas
de ese reservorio era la llamada Carta de Paulo del Pozo Toscanelli,
un acreditado científico de Florencia. Supone Salvador de Madariaga
que este documento fue sustraído del archivo por Cristóbal
Colón, quien de este modo habría completado sus argumentos
a favor de la posibilidad de unir por vía atlántica Europa
con el Asia. Muy distinta es la interpretación tradicional expresada
por el hijo y biógrafo del Almirante, Fernando Colón,
quien refiere que su padre se dirigió por escrito a Toscanelli
manifestándole su designio de "llegar a Levante por Poniente"
y solicitándole su parecer al respecto.
Toscanelli
le respondió con dos cartas; en una transcribía el texto
conservado en el archivo portugués; en la otra, de más
calor personal, lo estimulaba a realizar el intento, aunque se advierte
que interpreta que el mismo se ejecutaría bajo la bandera de
Portugal. Sin embargo, Colón invocaría la autoridad de
Toscanelli ante los Reyes Católicos y no en la Corte de Lisboa.
Por razones
también oscuras, aparentemente no ajenas a la voluntad del rey
de Portugal, en 1490 se dio a conocer públicamente en varias
ciudades europeas el planisferio de Martellus, pieza cartográfica
donde aparecen incorporadas numerosas regiones del mundo. Todo el continente
africano, por ejemplo, y además una impresionante península
en el extremo oriental de las Indias conocida como Cuarta India
o "Cola del Dragón"- de indudable parecido con América
del Sur, lo cual ha reforzado la tesis de quienes sostienen que esta
zona había sido ya explorada antes del descubrimiento oficial
de Colón.
En ese
tiempo Colón llevaba varios años al servicio de los Reyes
Católicos, a la espera de que con la reconquista de Granada llegare
el momento de que sus proyectos fueran atendidos. Durante la expectativa
se dio un acontecimiento que dejó impresión profunda en
Colón. Se encontraba éste siguiendo a la Corte en Jaén
cuando se presentaron ante ésta dos franciscanos custodios del
Santo Sepulcro de Jerusalén que habían sido enviados por
el Sultán de Egipto con un mensaje para el Papa, el cual los
envió a Fernando e Isabel. El sultán exigía que
los soberanos españoles interrumpieran la Reconquista y devolvieran
a la morería todas las tierras perdidas en años anteriores,
bajo amenaza de que si así no se hiciere él tomaría
represalias terribles con los cristianos de Palestina. Desde luego,
los Reyes Católicos rechazaron la extorsión.
Hay consenso
entre los mejores biógrafos de Colón de que en ese momento
se arraigó a fondo en su corazón el proyecto de rescatar
el Santo Sepulcro, idea que sin duda precedió a la llegada de
los dos franciscanos. El episodio de alguna manera lo había sumergido
en el núcleo de las humillaciones cristianas y terminó
por acendrar su voluntad de cruzado.
Años
más tarde, cuando escribió su carta a los Reyes mencionada
al principio de esta conferencia, Colón recordaba a sus soberanos
que cuando les había presentado su proyecto de retomar, de oeste
a este, la relación con cristiandades lejanas, les había
agradado que en la misma propuesta se contemplara que las ganancias
obtenidas por los descubrimientos deberían ser aplicados a la
reconquista de Jerusalén.
El sentido
de cruzada de la expedición colombina resplandece también
en el Diario del primer viaje a las Indias, cuyo prólogo transcribiré
a continuación:
"En
el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Porque, cristianísimos
y muy altos y muy excelentes y muy poderosos príncipes, Rey y
Reina de las Españas y de las islas de la mar. Nuestros Señores,
este presente año de 1492, después de Vuestras Altezas
haber dado fin a la guerra de los moros que reinaban en Europa y haber
acabado la guerra en la muy grande Ciudad de Granada, adonde este presente
año, a dos días del mes de enero, por fuerza de armas
vi poner las banderas reales de Vuestras Altezas en las torres de la
Alhambra, que es la fortaleza de la dicha ciudad, y vi salir al rey
moro a las puertas de la ciudad y besar las reales manos de Vuestras
Altezas y del Príncipe mi Señor, y luego por la información
que yo había dado a Vuestras Altezas de las tierras de India
y de un príncipe que es llamado Gran Khan, que quiere decir en
nuestro romance Rey de los Reyes, como muchas veces él y sus
antecesores habían enviado a Roma a pedir doctores en nuestra
Santa Fe porque le enseñasen en ella y que nunca el Santo Padre
le había proveído, y se perdían tantos pueblos
cayendo en idolatrías y recibiendo en sí sectas de perdición,
y Vuestras Altezas como Católicos cristianos y príncipes
amadores de la Santa fe cristiana y acrecentadores de ella, y enemigos
de la secta de Mahoma y de todas idolatrías y herejías,
pensaron de enviarme a mí, Cristóbal Colón, a las
dichas partes de India para ver los dichos príncipes y los pueblos
y las tierras y la disposición de ellas y de todo, y la manera
que se pudiera tener para la conversión de ellas a nuestra Santa
fe, y ordenaron que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se
acostumbra a andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta
hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie...
"...Y
partí yo de la Ciudad de Granada a 12 días del mes de
mayo del mismo año de 1492, en sábado, y vine a la villa
de Palos, que es puerto de mar, adonde yo armé tres navíos
muy aptos para semejante hecho, y partí de dicho puerto muy abastecido
de muy muchos mantenimientos y de mucha gente de la mar, a tres días
del mes de agosto de dicho año, en un viernes, antes de la salida
del sol con media hora, y llevé el camino de las islas Canarias
de Vuestras Altezas, que son en la dicha mar Océana, para de
allí tomar mi derrota y navegar tanto que yo llegase a las Indias,
y dar la embajada de Vuestras Altezas a aquellos príncipes y
cumplir lo que así me habían mandado".
Las dichas
cartas credenciales estaban dirigidas al Gran Khan, al Preste Juan y
al sucesor de Tamerlán. Ninguna de ellas encontró su destinatario,
con hondo dolor de Colón que veía así postergada
su cruzada. Su frustración se advierte todavía en la carta
que, poco antes de partir en su cuarta navegación al Nuevo Mundo,
escribió al Papa Alejandro VI. Se excusa en ella de no haber
acudido a Roma personalmente para referir al Papa sus descubrimientos,
que describe rápidamente y de los cuales comenta que los había
proyectado para obtener de ellos recursos con los cuales rescatar el
Santo Sepulcro. De nuevo se excusa por no haber dado cumplimiento al
voto de reunir en el término de siete años un ejército
de cincuenta mil infantes y cinco mil caballeros con el mismo objeto,
pero alega en su descargo que tuvieron que ver en ello los artilugios
del demonio que le significaron la pérdida del gobierno en las
Indias.
Suele
escucharse que Colón incurrió en dos errores mayúsculos:
uno, el de suponer que le cabía convocar a una Cruzada, en nítida
continuidad con la más noble esperanza temporal de la Edad Media;
su otro gran error habría sido creer que había alcanzado
las tierras del Asia.
En cuanto
a este segundo punto, ¿acaso no era así? En el "Tesoro
de la lengua castellana o española", primer diccionario
de nuestro idioma publicado por Sebastián Covarrubias en fecha
tan distante de la gesta colombina como 1611, puede leerse en la acepción
"India":
"Región
oriental, término de la Asia, contiene casi gran tierra y población.
Tomó nombre del río Indo, que atraviesa por ella. Oy día
se tiene más noticia de las Indias que en los tiempos antiguos.
Ay Indias Orientales y Occidentales; de la mayor parte de ambas y de
lo descubierto dellas es señor la majestad del Rey Filipo Tercero,
que Dios guarde, señor nuestro". Vale decir que América
estaba considerada todavía parte del continente asiático,
aunque se tratare de una península enorme ligada al cuerpo principal
por misteriosos istmos. En ese sentido, la independencia geográfica
de América quizás haya que atribuirla a Pedro el Grande
de Rusia, quien al efectuar el último nombramiento de su reinado
facultó al marino Vito Behring para establecer definitivamente
si existía alguna continuidad territorial entre Asia y América.
El estrecho que lleva el nombre de aquel navegante del Ártico
recuerda que Behring obtuvo en 1725 la primera comprobación fehaciente
de que se trata de dos continentes distintos.
También
en este orden de lo geográfico Colón sigue marcado con
el estigma de la incompetencia atribuible a un marino que hubiera calculado
mal las distancias oceánicas y que sólo hubiese sobrevivido
por interponérsele todo un continente de aparición inesperada.
¿Y si el Asia de que hablaba Colón era esa gran península
que figura en el planisferio de Martellus y en el globo de Benheim conocida
como Cuarta India o "Cola del Dragón? En ese probable caso,
la personalidad de Colón se vuelve más coherente con todo
lo que conocemos de él como uno de los grandes navegantes de
la Historia.
Por lo
que hace a la Cruzada, no pudo cumplir con su renovada promesa de armar
ejércitos para redimir a Tierra Santa, es verdad. Pero también
es verdad que, al igual que en un pasado más lejano, España
vivía en estado de Cruzada permanente, y al derramar sus mejores
energías en el nuevo Ultramar del oeste rejuveneció el
espíritu y expandió el cuerpo de la Cristiandad. Los herederos
de Fernán González y del Cid Campeador revivieron las
hazañas de sus mayores y plantaron retoños de la patria
vieja en el suelo nuevo. Y gracias al triunfo de la Cruzada de Colón,
los que integramos este grupo de auténticos argentinos podemos
reunirnos hoy bajo la advocación de San Fernando Rey para honrar
fraternalmente la gran tradición que nos liga a la España
eterna.
(Conferencia
pronunciada en la Asociación San Fernando Rey)