La Cruzada de Colón
por Fernando de Estrada
 

 

En 1502, Cristóbal Colón explicaba en carta a los Reyes Católicos la interpretación de sus viajes y descubrimientos. "Al asumir esta empresa de las Indias", escribía, "ni las matemáticas ni los mapas me fueron de utilidad; todo no fue otra cosa que el cumplimiento de las palabras de Isaías".

Son éstas expresiones que parecen excesivas en alguien que aprovechó tan bien los adelantos tecnológicos de su época, e incomprensibles para quien pretenda interpretar la Historia desde una óptica materialista. Sin embargo, la gloria más importante que Colón reclamaba para sí era su participación en lo que creyó advenimiento del reino de paz anunciado por el profeta Isaías, cuando la Tierra esté llena del conocimiento del Dios verdadero.

En la historiografía contemporánea, afortunadamente, existe conciencia fina para entender que cada época debe ser interpretada con los valores que la misma reconocía. Desde esta perspectiva, se comprende bien que los propósitos de Colón y los reyes que lo enviaron no podía ser sólo la búsqueda de oro y especias; se comprende bien que el Gran Almirante no exageraba acerca de su misión.

En una obra ya clásica para establecer los métodos de la investigación histórica —"Historia, ciencia social", de Pierre Chaunu- puede leerse:

"La intercomunicación planetaria podría haber venido del mundo chino, lo cual estuvo a punto de ocurrir en el siglo XV. Es innegable que sus navegantes pusieron proa muy lejos por el océano Índico hasta el cabo de Buena Esperanza. Pero China, con casi todo lo necesario, carece de lo más difícil. Dispone de medios para aventuras aisladas, pero no de la voluntad para una larga empresa, pues nada la impulsa a ello y las suyas son expediciones marítimas sin futuro".

Y aclara Chaunu: "La intercomunicación planetaria es cristiana, atlántica y mediterránea, no china. La Cristiandad tiene un mensaje universal, el único que se inscribe en la historia de los hombres".

¿Cuál es ese mensaje? Por cierto, no puede identificárselo con lo meramente europeo, u occidental, porque los valores de Occidente no han sido siempre los mismos. Dante Alighieri ha imaginado lo que podemos considerar extraña anticipación del descubrimiento de un mundo nuevo hecho por Ulises, ese arquetipo del occidente griego precristiano. Cuenta en el Canto XXVI del Infierno que Ulises, cansado pronto de la tranquilidad recuperada después de sus tribulaciones narradas por Homero, emprendió su último viaje.

Dice Ulises con palabras de Dante: "Me lancé por el abierto mar sólo con un navío y los pocos compañeros que no me abandonaron nunca. Vi una y otra costa desde España hasta Marruecos, y desde la isla de los sardos a las demás que baña ese mar. Nos habíamos vuelto viejos y pesados cuando llegamos al estrecho paso donde Hércules plantó las dos columnas para que ningún hombre pasare más adelante. Dejé a Sevilla a mi derecha como había dejado ya Ceuta a mi izquierda.

"¡Oh, hermanos!, dije, que habéis llegado hasta aquí tras correr cien mil peligros; para lo poco que os queda de vida, no os neguéis a visitar más allá del sol ese mundo sin habitantes. Pensad en vuestro origen: vosotros no habéis nacido para vivir como brutos sino para alcanzar la virtud y la ciencia.

"Con esa corta arenga infundí en mis compañeros tal deseo de continuar el viaje que no les hubiera podido ya retener. Y volviendo nuestra proa hacia poniente, hicimos alas de nuestros remos para proseguir tan desatentado viaje, avanzando siempre hacia la izquierda... Cinco veces se había encendido y otras tantas apagado la luz de la luna desde que habíamos entrado en aquel gran mar cuando apareció una montaña oscurecida por la distancia, la más alta de las que hasta entonces contemplara. Nos causó alegría, pero nuestro gozo se transformó rápidamente en llanto, pues de aquella tierra se levantó un torbellino que chocó contra nuestra embarcación; tres veces la hizo girar ayudado por las encrespadas olas y a la cuarta levantó la popa y sumergió la proa hasta que el mar volvió a unirse sobre nosotros".

El hombre griego, en efecto, hubiera arrostrado la desventura y el naufragio para "alcanzar la virtud y la ciencia", como arengaba el Ulises de Dante. Esos fundamentos de la perfección natural lo llevaron a extender los ámbitos de la tierra habitada, la "ecumené", y encender en ella, con los fuegos sagrados de las ciudades madres, nuevos resplandores de su cultura.

Pero ni el griego ni el romano reconocían que quienes quedaban fuera de su mundo fuesen algo más que bárbaros, para los latinos sólo redimibles si se integraban en su sistema imperial, y por ello no podían entender las razones de un mensaje de unidad para todas las razas y naciones que las elevara en el orden de lo humano. Para ello se necesitaba acceder a una Trascendencia sólo posible por la misma Revelación divina de que los hombres son hermanos por ser hijos del mismo Padre, verdad intuida por los más sabios de los paganos pero imposible de ser abrazada por la generalidad de sus pueblos. Este sentido de la Trascendencia es el patrimonio del hombre de Occidente vuelto cristiano, heredero de la virtud y de la ciencia antiguas y llamado a expandir por el mundo la buena nueva de la salvación.

Por eso la sociedad sobrenatural de los cristianos, la Iglesia, no distingue entre judíos y gentiles, y también por eso la sociedad política creada por los cristianos, la Cristiandad, no podía reservarse para sí sola los bienes superiores de que era depositaria. La Cristiandad quiere ocupar la Tierra no para satisfacción de los individuos que la componen, sino para la realización de un plan y un destino establecidos muy por encima de los poderes humanos. Es cierto que hubo y existen otros intentos de asumir la misma dignidad, pero nunca han podido conciliar esos dos fundamentos de la Cristiandad que son la razón y la fe, y por ello su fracaso fue y es seguro. La plenitud de los tiempos y la plenitud de los espacios están reservados para la construcción definitiva de la Cristiandad como don de Dios a todos los hombres.

Así lo entendía Cristóbal Colón cuando a sus navegaciones y descubrimientos los veía inteligibles en la medida que se imbricaban dentro de los avances de la Cristiandad como cumplimiento de las Sagradas Escrituras. Tales avances, empero, habían sido muy trabajosos y desde cuatrocientos años antes de la empresa de Colón se expresaban en el espíritu de Cruzada, con más de defensivo que de expansivo.

Asistimos hoy al posible cumplimiento del pronóstico que Hilaire Belloc formulaba en 1936, en su recordado libro "Las Grandes Herejías": "Me parece posible y aun probable que se produzca una resurrección del poder islámico y que nuestros hijos o nuestros nietos vean la reanudación de esa tremenda lucha entre la cultura cristiana y lo que durante más de mil años fue su mayor adversario".

Cualquiera sea el desenvolvimiento de los acontecimientos actuales, los mismos evocan la situación de acorralamiento y peligro cierto de extinción que vivieron los países de tradición cristiana desde la aparición de los guerreros musulmanes en territorios bizantinos en el siglo VII hasta, por lo menos, el asedio de Viena en 1683.

La reacción más expresiva de la Cristiandad se produjo cuando el Papa Urbano II convocó a la reconquista de los lugares santos de Palestina. Citando de nuevo a Belloc, este autor explica, en su obra sobre el rescate de Tierra Santa en la Edad Media, que el llamado de Urbano II se concretó en una gran expedición que tomó Jerusalén en 1098 que es la única Cruzada, pues las otras siete consideradas tales fueron en realidad expediciones de apoyo. El concepto es bastante exacto, porque el período comprendido entre la formación del Reino Latino de Jerusalén en esa fecha y la caída de Acre, último baluarte de los cruzados, en 1291, no fue una sucesión de conflictos sino la continuidad de una vida social y cívica que discurría dentro de las modalidades de la Cristiandad. El Reino Latino era llamado popularmente "Ultramar" en los países de la Europa cristiana, y constituía un atractivo para la inmigración, a igual que sucedería en siglos posteriores con relación a otros "ultramar" entonces desconocidos. Lejos de ser un tipo de "gobierno de ocupación", el Reino Latino, pacífico y próspero, representaba la realidad y los intereses de sus habitantes cualquiera fuera su religión.

Se había rescatado el Santo Sepulcro, se había restablecido la Cristiandad en territorios particularmente estimados, y también se habían intensificado las comunicaciones con un mundo oriental ubicado más allá de la muralla del Islam, del cual se quería saber más.

En ese clima de interés por un oriente más remoto se formó una leyenda llamada a surtir efectos de magnitud desproporcionada. En 1145 el rey de una tribu turca llamado Gur Khan, quien era budista y tolerante con los cristianos, obtuvo una victoria militar importante sobre el sultán musulmán de Samarcanda. La historia llegó a un obispo del Líbano que la difundió en Roma, no se sabe con cuánta exageración. Lo cierto es que a partir de entonces comenzó a hablarse de un rey cristiano del Oriente llamado el Preste Juan dispuesto a unirse con los cristianos de Palestina para aplastar al siempre amenazante Islam.

En 1165 apareció una supuesta carta de Preste Juan dirigida al Papa y a los soberanos de Europa, carta que logró tanta difusión y popularidad que en la actualidad se conservan no menos de mil ejemplares de la misma. Allí se proclama rey poderosísimo, cuyos Estados se encuentran en las Tres Indias; usa el título modesto de "presbítero", aunque asegura que lo sirven arzobispos y reyes.

Sea que la mistificación pasó a mayores, sea que el título fuese desde entonces adjudicado al Negus (o emperador) de Abisinia, lo cierto es que en 1177 el Papa Alejandro III despachó un mensaje al Preste Juan en su carácter de rey de los indios. No se conocen las consecuencias de esta carta, si las tuvo, pero la misma reflejaba ya la preocupación por buscar un aliado oriental contra el poder creciente de los musulmanes en torno a Tierra Santa. Diez años después, éstos contaban con el caudillaje de Saladino y bajo su mando derrotaron el 2 de julio a los cruzados en la batalla de Hattin, lo cual fue prólogo de la caída de Jerusalén en septiembre de ese mismo 1187.

Cincuenta años después de esta calamidad los cristianos de occidente se encontraban ante una amenaza inesperada dirigida sobre el territorio mismo de Europa: la gran invasión mongólica de 1237-1242. Como siglos antes hiciera Atila, Gengis Khan había logrado unir a la mayoría de las tribus nómadas de las estepas asiáticas para formar un imperio que, tras absorber a Persia y China, procuraba fagocitarse las tierras al oeste de los Urales hasta donde éstas llegaren.

El impacto resultó espantoso para Europa, no sólo por la devastación de Polonia y Hungría sino además por la manifiesta insuficiencia de los demás reinos para enfrentar a la marea invasora. La misma se detuvo por razones extrínsecas a la capacidad de defensa de los europeos, pues la posibilidad de una reyerta dinástica hizo que los mongoles abandonaran su campaña de conquista y restituyeran los ejércitos a sus hogares orientales... momentáneamente.

Pasada la primera sensación de horror —pues los mongoles habían demostrado tanta crueldad como superioridad militar-, el Papa Inocencio IV resolvió intentar el diálogo con el misterioso imperio pagano. El 16 de abril de 1245, munido de las credenciales y mensajes que le entregara el Pontífice, Juan de Piano Carpini —uno de los primeros compañeros de San Francisco de Asís- emprendía el primero de los grandes viajes terrestres de la Edad Media, que lo llevaría a la corte del Gran Khan, soberano de los mongoles, en su capital, una extraña ciudad llamada Karakórum (la roca negra) cuyas viviendas y oficinas eran en su mayoría carpas desmontables, según correspondía a un pueblo de nómades.

El franciscano arribaba en una oportunidad singular, pues coincidió con el entronizamiento de Kuyuk, el nuevo Gran Khan, quien no lo trató con especial deferencia. Juan de Piano Carpini regresó a Roma en noviembre de 1247 no sólo con los resultados bastante pobres de su gestión diplomática sino también con relatos sorprendentes de cuanto había visto, de los cuales no era el menos maravilloso su testimonio acerca de la presencia de cristianos de obediencia oriental entre los jerarcas mongoles. El Papa premió los esfuerzos de Juan de Piano Carpini —quien con su viaje se había hecho personaje famoso- designándolo obispo de Antivari, en Dalmacia, sede donde corrió menos peligros físicos que en el camino a Karakórum aunque sin encontrar la paz a causa de la enemistad del Arzobispo de Ragusa que logró el retiro de Juan a Italia.

En ese mismo año 1247, otro legado papal, Ascelino, se entrevistó con el gobernador mongol de Persia y volvió a Roma con dos embajadores mongoles. Uno de ellos habló con San Luis IX, rey de Francia, y le propuso una acción combinada contra los musulmanes. Los mongoles preparaban la guerra contra el Califato de Bagdad y meditaban una posible colaboración de los cruzados. Entretanto, se iban conociendo datos alentadores como que la madre de Kuyuk (a cuyos esfuerzos este nuevo Gran Khan debía el poder) era cristiana, y que él mismo probablemente se había bautizado en 1248.

Poco después de estas embajadas pontificias, San Luis IX, rey de Francia, decidió efectuar sus propios sondeos diplomáticos. En 1248 su representante Andrés de Longjumeau fue recibido oficialmente en Karakórum de manera muy poco benévola; el rey se arrepintió de haber dado oportunidad para tal tratamiento. Tuvo, sin embargo, una reparación inesperada, pues Kuyuk envió al rey un emisario que, presentando excusas por el mal recibimiento inferido por su predecesor a Ascelino, aseguró que los mongoles se proponían proteger a los cristianos en los territorios de sus futuras conquistas y llegó a insinuar la conveniencia de que Luis emprendiera su nueva cruzada contra Egipto de modo que coincidiera con el ataque de los mongoles sobre el califato de Bagdad.

Luis IX intentó dos años después retomar los contactos con los mongoles. En el ínterin había fracasado su cruzada en Egipto y estaba resuelto a reiniciarla con todos los aliados que pudiese congregar. Para evitar una nueva humillación no revistió a su enviado, el franciscano flamenco Guillermo de Rudbruk de representación diplomática ninguna; en cambio le confió una tarea de estudio de la situación religiosa de los países que visitaría provisto de las cartas reales de recomendación. Rubruk emprendió su misión con tres cofrades en 1253. El viaje que los llevó hasta Karakórum fue tan arduo como el de Juan de Piano Carpini, pero tuvieron mayores oportunidades para tratar con los jerarcas mongoles y de conocer a los habitantes de las regiones que recorrieron. Rubruk se impresionó ante la cantidad elevada de cristianos, casi todos de rito oriental, que encontró en Karakórum, aunque no le pareció que entre el grupo dirigente se hubiesen dado muchas conversiones. A pesar de ello, observó que había una actitud hostil hacia el Islam, lo cual le pareció un estímulo para emprender la nueva cruzada que proyectaba San Luis.

El 1º de enero de 1256 comenzó el ataque mongol contra el Islam; el jefe nominal del ejército era Hulegu, hermano del Khan y casado con una cristiana, pero la dirección militar efectiva estaba a cargo de Ked Buka, un general cristiano. Bagdad, que era por entonces la capital del mundo musulmán, cayó el año siguiente.

En 1258 se incorporaron al ejército mongol el rey Hayton de Armenia (cristiano) y Bohemundo VI de Antioquía y Chipre, reinos que quedaban a los cruzados después de la pérdida de Jerusalén. Ellos dos y Ked Buka tomaron Damasco, segunda capital del Islam, en enero de 1260. Y para celebrar la victoria, organizaron procesiones, improvisaron campanas y reemplazaron con cruces a las medias lunas de los minaretes para presidir la vida pública de la ciudad. Cuando las noticias llegaron a Europa occidental, se redoblaron las esperanzas de concluir una alianza con el imaginario Preste Juan y con los reales mongoles.

Nada de esto sucedería, porque otro problema de sucesión dinástica similar al que había salvado a Europa en 1242 hizo que Hulegu retirara el ejército, dando a los musulmanes oportunidad de recomponerse e infligir a los mongoles su primera gran derrota, en Ain Jalut, el 3 de septiembre de 1260. El Islam recuperó sus energías con sus nuevos conductores egipcios: Antioquia sucumbió a ellos en 1268, y Armenia en 1269. En 1270, San Luis lanzó la última Cruzada, cuyo fracaso demuestra que la Cristiandad occidental no estaba ya en fuerza para tales empresas, y el embate musulmán culminó en 1291 con la toma de Acre.

Los mongoles de Persia reiteraron sus ofertas de alianza contra el Islam a los Papas Honorio IV, Nicolás IV y Bonifacio VIII, al emperador de Constantinopla y a los reyes de Francia y de Inglaterra por lo menos en tres oportunidades, la última en 1302. Por su parte, los monarcas mongoles de China conservaron relaciones cordiales con el Papado hasta 1372, cuando se extinguió la dinastía; el último obispo de Pekín (antes de la llegada de los jesuitas) fue nombrado por Roma en 1370.

Tierra Santa terminó de perderse para los cruzados en 1291; el Islam pasó a intensificar su agresión contra la Cristiandad alentado por ese triunfo y por la circunstancia quizás aun más importante de que su dirección se desplazó de los egipcios mamelucos a manos de los turcos otomanos, otro grupo nómade de las estepas, pero musulmán, que emularon las hazañas de los mongoles y constituyeron un imperio menos extendido pero más compacto y mejor organizado. Los otomanos bloquearon las comunicaciones de Europa con Oriente y, al conquistar la ciudad imperial de Constantinopla en 1453, se convirtieron en una amenaza cierta de destrucción de la Cristiandad.

Si bien el espíritu de cruzada estaba amenguado en Europa, no sucedía así en la península ibérica. Los Papas habían extendido las indulgencias que correspondían a los cruzados de Tierra Santa a los combatientes contra el Islam en los reinos españoles, incluido en ellos Portugal. La Reconquista culminó el 2 de enero de 1492, cuando el reino moro de Granada se rindió ante los Reyes Católicos Fernando e Isabel. Estos monarcas no podían considerarse con derecho a la tranquilidad a partir de entonces, pues el cerco de los turcos sobre el Mediterráneo podía en cualquier momento hacer que se perdieran las ganancias obtenidas. Además, como casi todos los soberanos cristianos, no habían renunciado a retomar cuando fuere oportuno el camino de Jerusalén para rescatar el Santo Sepulcro. ¿Cómo intentarlo, con los caminos terrestres cerrados? En ese momento, los Reyes Católicos pensaron en el Mar Océano, seducidos por Cristóbal Colón.

El famoso aunque no siempre bien conocido proyecto de Colón obliga también, para su debida comprensión, a remontarse hasta lejanos antecedentes. El proceso que afianzó la navegación de altura comienza en la antigüedad. Los escritos y mapas de aquellas remotas épocas cada tanto solían ser compendiados por algún erudito, cuya obra funcionaba así como un catálogo de cuanto se conocía hasta entonces. Esa tarea la cumplió a principios de la era cristiana Marino de Tiro, quien constituyó la máxima autoridad sobre geografía durante casi un siglo hasta que, de acuerdo con el mismo proceso, Claudio Tolomeo absorbió en una nueva y enriquecida obra los aportes de su predecesor.

Claudio Tolomeo vivió entre los años 100 y 178 de nuestra era, casi siempre en Alejandría, donde se concentraba la actividad intelectual y científica del mundo helenístico romano. El campo de acción que abarcaron las investigaciones de Tolomeo es inmenso y por ello tiene bien ganada la fama de ser uno de los mayores sabios de todos los tiempos, pese a que sus conclusiones hayan quedado desactualizadas. Pero su celebridad se debe fundamentalmente a su libro, combinación de geografía y matemáticas, que los árabes llamaron "Almagesto".

A semejanza de sus predecesores, Tolomeo se interesaba fundamentalmente por la "ecumené" esto es, la tierra habitada. Ello explica que no le preocupen las regiones inexploradas del planeta. El mapa de Tolomeo se reduce entonces al mundo conocido con el acompañamiento fuera de escala de "tierras incógnitas" sobre las cuáles sólo se tenían vagas referencias.

Este mapa o planisferio de Tolomeo sería durante mil quinientos años el cañamazo sobre el cual se irían agregando descubrimientos e hipótesis. Se aprecian en él con claridad, en la zona de la "ecumené", varias regiones del mundo familiares para nosotros. No puede decirse lo mismo de los extremos del mapa. Por ejemplo, a la derecha, en el extremo oriental de la masa terráquea, se abre el "Gran Golfo" o "Sinus Magnus", que es identificado con el océano Pacífico. La ribera oriental del Sinus Magnus creen ciertos cartógrafos que corresponde a la isla de Sumatra —evidentemente considerada por Tolomeo como parte continental-, pero otros la consideran una temprana representación de las costas americanas.

Algunas concepciones de la física de entonces suponían que la distribución de tierra y agua en el planeta guardaba relación con un equilibrio mecánico. Tal convicción parece advertirse en el mapa de Tolomeo por estar unidas las masas terrestres, lo cual hacía de nuestros océanos Índico y Pacífico un solo mar interior.

Tolomeo estuvo a punto de ser absorbido —como a su tiempo él había absorbido a Marino- por el matemático inglés John Hollywood, quien publicó en la primera mitad del siglo XIII sus propios trabajos de astronomía. La costumbre de latinizar nombres y apellidos convirtió a Hollywood en "Sacrobosco", transformación gramatical que muy difícilmente se daría hoy con el nombre de la otrora meca del cine, que en inglés significa precisamente "bosque sagrado".

En su libro "Sobre la Esfera" Sacrobosco, quien por cierto sabía al igual que sus predecesores que la Tierra es redonda, explica sus sistemas de medición del planeta y llega a la conclusión de que el Ecuador tiene una extensión de 252.000 estadios, lo cual equivale aproximadamente a cuarenta mil kilómetros. Es decir que sus cálculos fueron acertados.

En el transcurso de estas épocas navegantes menos teóricos recorrieron mares y costas desconocidos en aventuras como las de Simbad el Marino, referidas en "Las Mil y Una Noches". Estos relatos dejaban huellas volátiles en la cartografía. Árabes, portugueses y españoles contribuyeron profusamente a la celebridad de islas fantásticas —algunas de ellas por añadidura móviles- que solían encontrar un lugar en mapas y portulanos medievales.

Pero ninguna de esas historias obtuvo la aceptación y admiración que logró la crónica de los viajes de Marco Polo por el extremo oriente y de su permanencia durante casi veinte años en la corte del emperador mongol de la China, quien lo hizo uno de sus funcionarios principales. Entre las tareas que se le asignaron estaba la de recorrer los territorios imperiales y presentar al emperador informes sobre la situación de los mismos. Cuando en 1295 regresó a Venecia, su ciudad de origen, volcó sus experiencias en un libro (Il Milione) que impresionó profundamente en toda Europa y estimuló el ansia de establecer contacto con aquellas regiones. Desde luego, sus descripciones de las costas y los mares desconocidos hasta entonces por los occidentales inspiraron a los cartógrafos y se fueron incorporando de manera no siempre orgánica al enriquecido cañamazo de Tolomeo.

Un imitador de Marco Polo fue Juan de Mandeville, supuesto personaje inglés que habría viajado por la mayor parte de la "ecumené" entre 1332 y 1336. Se debe aclarar que en este caso la imitación queda reducida al contenido de un libro de aventuras, con la sustancial diferencia de que las de Mandeville son imaginarias, como lo es el propio protagonista. El presumiblemente ciudadano de Lieja autor de estas seudomemorias saqueó las informaciones de Marco Polo y las pobló de reinos y animales fabulosos en lo que podría considerarse una novela de caballería como las que enloquecieron a Don Quijote.

Lo curioso es que, si bien no consta que hayan llegado a trastornar el juicio de nadie, engañaron a muchedumbres de lectores que en la tranquilidad de tierra firme vibraban con su lectura. Y de manera similar engañaron a navegantes consumados que calculaban, después de leer a Mandeville, las posibilidades de encontrarse en tierras incógnitas con hombres salvajes de cuatro ojos o en mares tenebrosos con gigantescas serpientes acuáticas deseosas de tragarse un barco de tres palos. Si hoy nos ocupamos de esta obra de fantasía es porque embrolló demasiado los conocimientos de la época, sembrando temores absurdos y convicciones falsas que ciertamente dificultaron los emprendimientos marítimos incipientes entonces.

De naturaleza totalmente opuesta es la obra del cardenal Pedro de Ailly, o Aliaco, una figura destacadísima de la Iglesia en el siglo XIV que se dio tiempo para escribir "Imago Mundi" (Imagen del Mundo), una recopilación y puesta al día de los conocimientos sobre la geografía universal. Allí el cardenal afirma que la distancia entre Europa y Asia a través del océano Atlántico es muy breve, porque las masas terráqueas del planeta abarcan la mayor parte de su superficie. Dicha reflexión es especialmente recordada a causa de la influencia que ejerció sobre Cristóbal Colón.

Entretanto los portugueses exploraban las vías marítimas que les permitieran relacionarse directamente con "las Indias", como se llamaba a todo el continente asiático. Al este de Portugal se extiende el Promontorio Sagrado, una altura sobre el océano cuyos dos extremos son el cabo de San Vicente y la punta de Sagres, que marca el término sur del reino. Una alineación de piedras en treinta y dos filas que forman un círculo de cuarenta y tres metros de diámetro (la rosa de los vientos) es el único vestigio allí existente del observatorio y escuela náutica del príncipe Enrique el Navegante, hijo del rey Juan I. Este personaje de talante medieval —parte guerrero, parte monje- había encabezado la toma de la ciudad islámica de Ceuta en 1415. Hecho gobernador de la misma, comprendió que al Islam había que enfrentarlo en el mar, inclusive en teatros más alejados como quizás los que se escondían detrás de los desiertos africanos cuya inmensidad se apreciaba desde Ceuta. Para ello ambicionaba descubrir todo el continente, alcanzar la Etiopía del Preste Juan y la recóndita tierra conocida como Guinea.

Enrique decidió formar los elencos para asumir esa empresa. Eligió un lugar suficientemente alejado de la corte para preservarse de inevitables críticas e intrigas y que a la vez se confrontara con la mar abierta para instalar su escuela. Una fuente autónoma de recursos a la cual pudo acudir constantemente fue la Orden de Cristo, fraternidad caballeresca fundada con los remanentes del patrimonio de los ya por entonces extinguidos caballeros templarios y que gozaba de importantes privilegios otorgados por la Santa Sede para la administración de las instituciones de la Iglesia en las tierras que se fueran descubriendo. La tarea que asumió Enrique no fue sólo marinera: (en este aspecto a él se debe la introducción de la carabela como el navío más indicado para las navegaciones que proyectaba): asimismo, congregó cartógrafos para preparar cartas y mapas confiables, encaró también la sistematización de estudios meteorológicos y astronómicos, y no dejó de organizar los procedimientos de colonización, asentamiento y relaciones comerciales a introducir en las regiones que se descubrieren.

Un libro escrito en 1453 por Gomes Eanes de Azurara titulado "Crónica de Guiné" es el primer libro histórico conocido que versa sobre las grandes navegaciones portuguesas. Allí puede leerse que Enrique el Navegante se había planteado cinco objetivos: el interés científico, las conveniencias comerciales, el mayor conocimiento del mundo musulmán, el encuentro con un príncipe cristiano reinante en regiones aún inexploradas para celebrar con él una alianza contra el Islam, y la propagación de la fe católica entre los paganos. Con lo reveladora que resulta esa enumeración, no es menos llamativo el hecho de que en el libro se perciben supresiones importantes y presumiblemente intencionales. En efecto, la Corona de Portugal practicó en forma permanente la llamada "política del sigilo", consistente en ocultar sus crecientes conocimientos geográficos, así como también conservar en el mayor secreto posible sus técnicas navales y los viajes y descubrimientos realizados por sus marinos.

Era voz corriente que en los archivos oficiales portugueses existían cartas de navegación secretas y reservadas para singladuras muy especiales, junto a otros documentos. Una de las piezas más estimadas de ese reservorio era la llamada Carta de Paulo del Pozo Toscanelli, un acreditado científico de Florencia. Supone Salvador de Madariaga que este documento fue sustraído del archivo por Cristóbal Colón, quien de este modo habría completado sus argumentos a favor de la posibilidad de unir por vía atlántica Europa con el Asia. Muy distinta es la interpretación tradicional expresada por el hijo y biógrafo del Almirante, Fernando Colón, quien refiere que su padre se dirigió por escrito a Toscanelli manifestándole su designio de "llegar a Levante por Poniente" y solicitándole su parecer al respecto.

Toscanelli le respondió con dos cartas; en una transcribía el texto conservado en el archivo portugués; en la otra, de más calor personal, lo estimulaba a realizar el intento, aunque se advierte que interpreta que el mismo se ejecutaría bajo la bandera de Portugal. Sin embargo, Colón invocaría la autoridad de Toscanelli ante los Reyes Católicos y no en la Corte de Lisboa.

Por razones también oscuras, aparentemente no ajenas a la voluntad del rey de Portugal, en 1490 se dio a conocer públicamente en varias ciudades europeas el planisferio de Martellus, pieza cartográfica donde aparecen incorporadas numerosas regiones del mundo. Todo el continente africano, por ejemplo, y además una impresionante península en el extremo oriental de las Indias —conocida como Cuarta India o "Cola del Dragón"- de indudable parecido con América del Sur, lo cual ha reforzado la tesis de quienes sostienen que esta zona había sido ya explorada antes del descubrimiento oficial de Colón.

En ese tiempo Colón llevaba varios años al servicio de los Reyes Católicos, a la espera de que con la reconquista de Granada llegare el momento de que sus proyectos fueran atendidos. Durante la expectativa se dio un acontecimiento que dejó impresión profunda en Colón. Se encontraba éste siguiendo a la Corte en Jaén cuando se presentaron ante ésta dos franciscanos custodios del Santo Sepulcro de Jerusalén que habían sido enviados por el Sultán de Egipto con un mensaje para el Papa, el cual los envió a Fernando e Isabel. El sultán exigía que los soberanos españoles interrumpieran la Reconquista y devolvieran a la morería todas las tierras perdidas en años anteriores, bajo amenaza de que si así no se hiciere él tomaría represalias terribles con los cristianos de Palestina. Desde luego, los Reyes Católicos rechazaron la extorsión.

Hay consenso entre los mejores biógrafos de Colón de que en ese momento se arraigó a fondo en su corazón el proyecto de rescatar el Santo Sepulcro, idea que sin duda precedió a la llegada de los dos franciscanos. El episodio de alguna manera lo había sumergido en el núcleo de las humillaciones cristianas y terminó por acendrar su voluntad de cruzado.

Años más tarde, cuando escribió su carta a los Reyes mencionada al principio de esta conferencia, Colón recordaba a sus soberanos que cuando les había presentado su proyecto de retomar, de oeste a este, la relación con cristiandades lejanas, les había agradado que en la misma propuesta se contemplara que las ganancias obtenidas por los descubrimientos deberían ser aplicados a la reconquista de Jerusalén.

El sentido de cruzada de la expedición colombina resplandece también en el Diario del primer viaje a las Indias, cuyo prólogo transcribiré a continuación:

"En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Porque, cristianísimos y muy altos y muy excelentes y muy poderosos príncipes, Rey y Reina de las Españas y de las islas de la mar. Nuestros Señores, este presente año de 1492, después de Vuestras Altezas haber dado fin a la guerra de los moros que reinaban en Europa y haber acabado la guerra en la muy grande Ciudad de Granada, adonde este presente año, a dos días del mes de enero, por fuerza de armas vi poner las banderas reales de Vuestras Altezas en las torres de la Alhambra, que es la fortaleza de la dicha ciudad, y vi salir al rey moro a las puertas de la ciudad y besar las reales manos de Vuestras Altezas y del Príncipe mi Señor, y luego por la información que yo había dado a Vuestras Altezas de las tierras de India y de un príncipe que es llamado Gran Khan, que quiere decir en nuestro romance Rey de los Reyes, como muchas veces él y sus antecesores habían enviado a Roma a pedir doctores en nuestra Santa Fe porque le enseñasen en ella y que nunca el Santo Padre le había proveído, y se perdían tantos pueblos cayendo en idolatrías y recibiendo en sí sectas de perdición, y Vuestras Altezas como Católicos cristianos y príncipes amadores de la Santa fe cristiana y acrecentadores de ella, y enemigos de la secta de Mahoma y de todas idolatrías y herejías, pensaron de enviarme a mí, Cristóbal Colón, a las dichas partes de India para ver los dichos príncipes y los pueblos y las tierras y la disposición de ellas y de todo, y la manera que se pudiera tener para la conversión de ellas a nuestra Santa fe, y ordenaron que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se acostumbra a andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie...

"...Y partí yo de la Ciudad de Granada a 12 días del mes de mayo del mismo año de 1492, en sábado, y vine a la villa de Palos, que es puerto de mar, adonde yo armé tres navíos muy aptos para semejante hecho, y partí de dicho puerto muy abastecido de muy muchos mantenimientos y de mucha gente de la mar, a tres días del mes de agosto de dicho año, en un viernes, antes de la salida del sol con media hora, y llevé el camino de las islas Canarias de Vuestras Altezas, que son en la dicha mar Océana, para de allí tomar mi derrota y navegar tanto que yo llegase a las Indias, y dar la embajada de Vuestras Altezas a aquellos príncipes y cumplir lo que así me habían mandado".

Las dichas cartas credenciales estaban dirigidas al Gran Khan, al Preste Juan y al sucesor de Tamerlán. Ninguna de ellas encontró su destinatario, con hondo dolor de Colón que veía así postergada su cruzada. Su frustración se advierte todavía en la carta que, poco antes de partir en su cuarta navegación al Nuevo Mundo, escribió al Papa Alejandro VI. Se excusa en ella de no haber acudido a Roma personalmente para referir al Papa sus descubrimientos, que describe rápidamente y de los cuales comenta que los había proyectado para obtener de ellos recursos con los cuales rescatar el Santo Sepulcro. De nuevo se excusa por no haber dado cumplimiento al voto de reunir en el término de siete años un ejército de cincuenta mil infantes y cinco mil caballeros con el mismo objeto, pero alega en su descargo que tuvieron que ver en ello los artilugios del demonio que le significaron la pérdida del gobierno en las Indias.

Suele escucharse que Colón incurrió en dos errores mayúsculos: uno, el de suponer que le cabía convocar a una Cruzada, en nítida continuidad con la más noble esperanza temporal de la Edad Media; su otro gran error habría sido creer que había alcanzado las tierras del Asia.

En cuanto a este segundo punto, ¿acaso no era así? En el "Tesoro de la lengua castellana o española", primer diccionario de nuestro idioma publicado por Sebastián Covarrubias en fecha tan distante de la gesta colombina como 1611, puede leerse en la acepción "India":

"Región oriental, término de la Asia, contiene casi gran tierra y población. Tomó nombre del río Indo, que atraviesa por ella. Oy día se tiene más noticia de las Indias que en los tiempos antiguos. Ay Indias Orientales y Occidentales; de la mayor parte de ambas y de lo descubierto dellas es señor la majestad del Rey Filipo Tercero, que Dios guarde, señor nuestro". Vale decir que América estaba considerada todavía parte del continente asiático, aunque se tratare de una península enorme ligada al cuerpo principal por misteriosos istmos. En ese sentido, la independencia geográfica de América quizás haya que atribuirla a Pedro el Grande de Rusia, quien al efectuar el último nombramiento de su reinado facultó al marino Vito Behring para establecer definitivamente si existía alguna continuidad territorial entre Asia y América. El estrecho que lleva el nombre de aquel navegante del Ártico recuerda que Behring obtuvo en 1725 la primera comprobación fehaciente de que se trata de dos continentes distintos.

También en este orden de lo geográfico Colón sigue marcado con el estigma de la incompetencia atribuible a un marino que hubiera calculado mal las distancias oceánicas y que sólo hubiese sobrevivido por interponérsele todo un continente de aparición inesperada. ¿Y si el Asia de que hablaba Colón era esa gran península que figura en el planisferio de Martellus y en el globo de Benheim conocida como Cuarta India o "Cola del Dragón? En ese probable caso, la personalidad de Colón se vuelve más coherente con todo lo que conocemos de él como uno de los grandes navegantes de la Historia.

Por lo que hace a la Cruzada, no pudo cumplir con su renovada promesa de armar ejércitos para redimir a Tierra Santa, es verdad. Pero también es verdad que, al igual que en un pasado más lejano, España vivía en estado de Cruzada permanente, y al derramar sus mejores energías en el nuevo Ultramar del oeste rejuveneció el espíritu y expandió el cuerpo de la Cristiandad. Los herederos de Fernán González y del Cid Campeador revivieron las hazañas de sus mayores y plantaron retoños de la patria vieja en el suelo nuevo. Y gracias al triunfo de la Cruzada de Colón, los que integramos este grupo de auténticos argentinos podemos reunirnos hoy bajo la advocación de San Fernando Rey para honrar fraternalmente la gran tradición que nos liga a la España eterna.

(Conferencia pronunciada en la Asociación San Fernando Rey)