*Por Martín Rafael López
Tras anunciarse el intercambio de un llamado telefónico entre el mandatario estadounidense Donald Trump y su par ruso, Vladimir Putin, el trienio de enfrentamiento bélico iniciado desde el lanzamiento de la denominada “Operación Militar Especial” en febrero del año 2022 podría llegar a su final.
Contrario a los análisis que afirmaban que este enfrentamiento sería un nuevo atisbo de tensión de los casi ocho años previos de conflicto bélico de baja intensidad que enfrentaron a ambos países desde la anexión rusa de Crimea, la magnitud alcanzada por esta guerra se traduce como la mayor y más grave crisis geopolítica en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
En más de mil días de enfrentamiento armado, el péndulo de la victoria osciló de un bando a otro con avances y retrocesos en el terreno militar. El escalonamiento continuo del conflicto produjo una “montaña rusa” de altibajos y disensos en la cual la búsqueda de un alto el fuego se diluyó y atiborró frecuentemente de impedimentos hasta la actualidad.
Un breve repaso del origen de este conflicto, implica no solo identificar su profundo trasfondo histórico y cultural, sino también comprender los intereses económicos en juego y la lógica geopolítica tradicional, es decir, el análisis del conflicto bélico en clave de política, territorio y poder.
Para Rusia, Ucrania no es solo un vecino más, sino que representa un problema de seguridad ontológico relacionado con su propia «existencia». Rusia ve a Ucrania como parte integral de su propia narrativa de identidad histórica y como un territorio en el área de influencia dónde “debe” brindar protección a las minorías rusas y enarbolar la hermandad y fraternidad para con los pueblos eslavos.
Respecto al aspecto económico, es sabido que las secuelas de la feroz guerra ya agotaron la productividad de las ricas y fértiles “tierras negras” de los campos ucranianos, alterando tanto el precio como la provisión de alimentos a nivel mundial. Asimismo, el curso de la guerra obligó finalmente a Europa a diversificar sus fuentes de abastecimiento de gas para sortear las alteraciones en su suministro producto de las recurrentes crisis en el marco de la larga puja por la administración y el control del tránsito del gas entre Rusia y Ucrania.
Aunque el campo de batalla del conflicto está localizado y delimitado geográficamente en el territorio de los Estados que se encuentran confrontando, detrás de él se encuentra la competencia geopolítica entre las grandes potencias. La misma se puede identificar en distintos aspectos, como puede ser en su accionar diplomático en organismos internacionales, foros u otros tipos de regímenes internacionales. A modo de ejemplo, luego de la irrupción de la guerra, Rusia decidió suspender el financiamiento al Consejo Ártico y, consecuentemente, se suspendió su participación plena en dicha organización.
Esta guerra es esencialmente una confrontación geopolítica que encuentra antecedentes remotos y próximos. Los primeros se remontan a la implosión de la entonces Unión Soviética y el fin del sistema bipolar. Aunque en ese contexto desapareció la URSS y su alianza estratégica en el marco del Pacto de Varsovia, no sucedió lo mismo con la alianza occidental nucleada en la OTAN.

En la era posterior a la Guerra Fría, esta situación anómala de mantenimiento de la OTAN como una alianza militar que había sido creada en otro contexto, planteó consecuentemente un legado de nueva desconfianza y potencial rivalidad mutua frente a cuestiones de seguridad nacional, pero esta vez ante las posibles ambiciones e intenciones de la “nueva” Federación Rusa frente a la alianza occidental.
El Kremlin rememora continuamente la promesa que realizara en 1990 el entonces secretario de Estado de EE. UU., James Baker, al último dirigente soviético Mijaíl Gorbachov acerca de que la OTAN no avanzaría “ni una pulgada” hacia el este si una Alemania unificada permanecía en la alianza occidental.
Contrario a la mantención del status quo, Rusia acusa la violación de aquella promesa señalando las diversas ampliaciones realizadas por la alianza a lo largo del tiempo y que redujeron progresivamente la seguridad de su espacio estratégico vital.
Como producto de su último intento de proyección hacia el territorio ucraniano, surge el antecedente inmediato o próximo de la presente confrontación. Ante su posible concreción, el liderazgo ruso representado en la figura de Vladimir Putin se percibió “acorralado” en sus fronteras y vulnerando en el resguardo de su seguridad nacional, por lo cual respondió con la ejecución de su Operación Militar Especial.
De hecho, destacados académicos estadounidenses como Joseph Nye y John Mearsheimer han considerado esta hipótesis acerca de que una de las causas de la crisis en Ucrania es la sensación de inseguridad percibida por Rusia ante la “temeraria” expansión hacia el este de la OTAN a su espacio estratégico.
Previo al llamado que mantuvieron por alrededor de hora y media Trump y Putin, Pete Hegseth, secretario de Defensa de EE. UU., declaró que en esta guerra -que “debe terminar”- no es realista considerar la incorporación de Ucrania a la OTAN o la recuperación de sus fronteras previas a la disputa inicial. Esto demuestra que la idea de un final negociado que implique una Rusia que “no gane” y una Ucrania que “no pierda” no podrá ser una realidad.
Es sabido que para el Kremlin, cualquier retroceso de su presencia en el este y sur de Ucrania no es una opción dispuesta a negociar y, que para Kiev, que no se disponga de tal condición significa su derrota final, la cual, sin alternativas y a su pesar, no podrá objetar. Ucrania, la probable gran perdedora, hoy se encuentra posicionada en peores condiciones que durante el frustrado proceso de negociaciones de paz de marzo-abril del 2022. A causa de ello, para Zelensky, lograr el acompañamiento occidental para reclamar la recuperación total de las provincias ucranianas incorporadas unilateralmente a la Federación Rusa resulta un anhelo utópico muy lejano de concretar.
Lo que sí es cierto es que, en este contexto, la superación de la dicotomía entre seguir prolongando la fatiga de la guerra a la espera de una “paz anhelada” o despejar sin ambages el camino para acordar la “paz posible” encontró su determinación final.
Ahora, resta dilucidar cuál será el resultado del desafío asumido por la administración Trump respecto a arbitrar los medios para lograr un equilibrio entre todos los intereses en pugna y, de esta forma, alcanzar un acuerdo a largo plazo que termine de una vez con esta crisis agobiante y que pareciera sempiterna por su prolongación hasta la actualidad.
*Lic. en Ciencia Política y Relaciones Internacionales (UCALP) y coordinador de Estudios Internacionales del Instituto de Análisis Políticos y Electorales (IAPE-UCALP).