Coronavirus en la Argentina: los hijos de la pandemia
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Coronavirus en la Argentina: los hijos de la pandemia

La Universidad Católica de La Plata comparte con la comunidad la nota que ha escrito el docente de la Facultad de Humanidades de la UCALP, Luciano Román, para LA NACIÓN.

¿Cómo marcará a nuestros hijos el encierro? ¿Qué huellas les dejará la pandemia? ¿Los convertirá en una generación postraumática? ¿Los sacará de la burbuja de comodidad y confort en la que viven muchos adolescentes de clase media? Hoy no sabemos nada; nos cuesta entender dónde estamos parados y el futuro, más que nunca, es un enorme signo de interrogación. Pero empiezan a aparecer las preguntas. Y quizá valga la pena ejercitar la imaginación para empezar a plantearnos, más allá de este presente oscuro, el rumbo que tendrán las cosas después del coronavirus .

La crisis representa un shock de fragilidad ; el descubrimiento de que el mundo y la vida misma pueden cambiar de un día para el otro. Es una sensación que nuestros hijos no conocían. Quizá lo más cercano a eso se haya vivido por última vez en 2001, con el desmoronamiento de las Torres Gemelas, y antes en la Segunda Guerra Mundial. Ahora hay una nueva generación que se descubre vulnerable, que un día se levanta y ve que el mundo ha cambiado, y que observa, además, que no hay lugar del planeta que quede a salvo. Será, seguramente, una generación con mayor conciencia global, que comprueba que entre Wuhan y la puerta de su casa hay una distancia muy corta.

Es probable que cuando todo esto pase, se imponga la pulsión de normalidad, esa instintiva y tenaz aspiración a que todo vuelva a ser como antes. Y quizá no esté mal, si es que eso no incluye la resistencia a aprender de nuestras propias experiencias. Cuesta creer, sin embargo, que una catástrofe semejante no deje marcas, no imponga el quiebre de muchas cosas, no acelere transformaciones y no deje enseñanzas. Los cambios, probablemente, no se van a producir de un día para el otro; en algunos casos llevarán años, pero habrá una generación (la que hoy tiene entre 11 y 19) que no volverá a ser igual.

Entre tantas otras cosas, no sabemos cuánto dolor implicará la pandemia, cuáles serán las secuelas de la cuarentena, cuál la magnitud de sus efectos secundarios. No sabemos, en definitiva, cómo terminará todo y, en consecuencia, cuál será la profundidad de las marcas que nos va a dejar. Pero sabemos lo suficiente para intuir que nuestros hijos vivirán, por mucho tiempo, atravesados por una experiencia que jamás habíamos imaginado.

Si pensamos escenarios optimistas, es probable que el coronavirus estimule en las nuevas generaciones otra noción del altruismo; que los haga más solidarios, más cooperativos en el ámbito familiar y que profundice rasgos positivos que ya se observaban entre los jóvenes, como el compromiso con el medio ambiente. Es probable que haya más chicos que quieran ser científicos, epidemiólogos o voluntarios de la Cruz Roja. ¿Habrá menos abogados y más bioquímicos e infectólogos dentro de 15 años? Sería bueno que, después de la pandemia , en las escuelas se empiece a enseñar quiénes fueron Bernardo Houssay, Carlos Malbrán, Guillermo Rawson o César Milstein, entre tantos otros héroes de la ciencia y la medicina argentina que también merecen ser estudiados como próceres.

Algo es seguro: después del coronavirus, todos, pero especialmente los más jóvenes, estaremos más atravesados por lo digital; seremos individuos más virtuales. No sabemos qué pasará con aquellas actividades que implican, necesariamente, la presencia y el contacto físico. ¿Veremos una generación más sedentaria, menos dispuesta a “poner el cuerpo” y hasta fóbica a las multitudes? ¿Se encerrará aún más en la estrechez de su celular y pondrá al wifi al mismo nivel que el oxígeno?

Los jóvenes, ¿pensarán en trabajos “antipandemia”? ¿Tendrán en cuenta a la hora de definir vocaciones y buscar oportunidades aquellas actividades que sean menos vulnerables a los estragos de un virus? ¿Le tendrán temor al cuentapropismo? ¿Buscarán empleos más seguros y acentuarán la aversión al riesgo? ¿Serán más previsores o vivirán más un eterno presente? ¿Serán más temerosos; más conscientes de la incertidumbre? ¿Desarrollarán fobias y miedos nuevos? ¿O serán más resilientes ante la adversidad?

Todavía suena a ciencia ficción, pero quizá después de la pandemia los hogares se conciban de otra manera. Quizá nuestros hijos imaginen casas aptas para cuarentenas, más pensadas como búnkeres que como casas-dormitorio. Hasta hace unos 50 años, las casas de la clase media urbana se usaban más: maestros, sastres, peluqueros, profesores de música y hasta los médicos iban “a domicilio”. El esparcimiento pasaba más por los comedores y los livings de las casas. El afuera era mucho más limitado y ofrecía menos opciones. Es probable que, al menos en algunos rubros, se vuelva a eso, pero no físicamente sino a través de plataformas virtuales. La “telemedicina” será, probablemente, una de las transformaciones aceleradas por la pandemia. Quizá haya una suerte de abandono de la infraestructura de masas: menos shoppings (más e-commerce), menos estadios (más pantallas), menos edificios de oficinas (más teletrabajo) y menos centros de convenciones, discos y complejos de entretenimientos. ¿Habrá un repliegue hacia la vida familiar y los espacios íntimos? ¿Volverán los juegos de mesa, las cartas, los rompecabezas? ¿Se volverá a la cocina hogareña? ¿Los chicos serán más creativos frente al tiempo libre? ¿Viajarán menos o reinventarán el turismo? Y en todo caso, ¿será algo pasajero o duradero? Con la pandemia, ¿nacerá una generación más casera? Si así fuera, ¿será un retorno a las raíces y a lo esencial o implicará aislamiento y fractura? Solo tenemos preguntas.

En la Argentina, las encuestas generalmente apuntan a medir el humor social frente a la política y los gobiernos. No hay gimnasia para auscultar la psicología generacional. Por lo tanto, ni siquiera tenemos indicios (más allá de nuestras “islas familiares”) sobre cómo están procesando la emergencia los más jóvenes. Pero está claro que, por primera vez, nuestros hijos conviven con el lenguaje bélico: “estamos en guerra contra un enemigo invisible”, “aislamiento forzoso y obligatorio”, “toque de queda en algunos pueblos”, “ciberpatrullaje”, “peste”, “cuarentena”… Este nuevo diccionario marcará, indudablemente, el espíritu de las nuevas generaciones, aun cuando no tengamos todavía demasiada conciencia de ello ni sepamos, exactamente, de qué forma los va a afectar. No todo cambiará inmediatamente. Habrá cambios, inclusive, que nos costará identificar con la pandemia, pero que serán hijos tardíos de lo que estamos viviendo hoy.

Si miramos a los jóvenes de clase media acomodada, quizá sea una generación que deba atravesar por la experiencia del empobrecimiento súbito, a la que le toque ver que sus padres han perdido su empleo o su negocio o que, en el mejor de los casos, han perdido tranquilidad y bienestar. Quizá sea, también, una generación atravesada por una experiencia distinta con la muerte y también con la libertad. Quizá necesiten una mayor ayuda de nosotros para recuperar la confianza en el futuro y para construir nuevas certezas y esperanzas.

Las generaciones de posguerra han quedado marcadas por la experiencia del horror. En muchos aspectos salieron fortalecidas; en otros debieron enfrentar un arduo desafío para reencontrar el rumbo. Esta vez, como también ha ocurrido en otras encrucijadas de la historia, quizá las cosas no cambien demasiado. Quizá todos queramos, después de todo, olvidar y mirar para adelante. Para bien o para mal, quizá nos resistamos a que la pandemia nos cambie la vida. Será difícil, sin embargo, que salgamos iguales de un trauma semejante. Y será difícil que nuestros hijos no se conviertan, de una manera o de otra, en los hijos de la pandemia. Nuestro desafío será ayudarlos a que salgan más sensibles, más comprometidos, más solidarios. En medio de las tinieblas y la incertidumbre, nuestro desafío será, en definitiva, el de los padres de todos los tiempos: ayudar a que nuestros hijos sean mejores.

Fuente: La Nación
14 de abril de 2020

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