¿Cómo afecta nuestra dieta a la microbiota intestinal?
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¿Cómo afecta nuestra dieta a la microbiota intestinal?

Juan Cruz Chiara, licenciado en Nutrición, graduado de la UCALP Sede Bahía Blanca, nos acerca esta información valiosa para toda la comunidad desde Puerto Madryn, donde ejerce su profesión.

El tracto gastrointestinal humano alberga más de 100.000 millones de microorganismos, que representan de 10 a 100 veces el número de células humanas; a esta comunidad de bacterias se la llama microbiota intestinal.

La microbiota es un componente fundamental de la barrera intestinal, barrera que desempeña dos tareas primordiales para nuestra supervivencia: permitir la absorción de nutrientes y defender el cuerpo de la penetración de sustancias no deseadas que a menudo resultan peligrosas.

Se puede decir que la biota que habita el intestino es nuestro segundo ADN, porque ninguna se presenta exactamente igual entre dos personas. Existen infinidad de factores que afectan su composición, entre ellas se destacan el uso de antibióticos, el estilo de vida, las transiciones infantiles, los hábitos alimentarios y culturales. Al alterarse, puede aumentar o disminuir su eficacia a la hora de defender nuestro organismo de moléculas externas.

Imagen extraída de Adobe Stock

En los últimos años, muchos estudios han mostrado la estrecha asociación entre la alteración negativa de la microbiota intestinal y numerosas enfermedades no transmisibles, como enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes, cáncer, enfermedades gastrointestinales (por ejemplo, el síndrome del intestino irritable) y trastornos neurológicos (por ejemplo, la enfermedad de Parkinson y los trastornos del espectro autista).

Como se menciona anteriormente, nuestros hábitos alimentarios influyen de forma directa en la composición de la biota intestinal, lo cual repercute en la homeostasis y en diversos procesos biológicos de nuestro organismo. En este artículo, se destaca la inferencia de nutrientes específicos, presentes en la mayoría de las dietas actuales.

La fibra alimentaria que se encuentra en la avena, hongos, levaduras, pulpa de frutas y hortalizas representa el alimento ideal para las bacterias beneficiosas que habitan el colon. Cuando el consumo de estos alimentos es escaso, aumentan las bacterias dañinas para la barrera intestinal.

El consumo excesivo de proteínas animales aumenta la concentración de compuestos azufrados que disminuyen la población de las bacterias beneficiosas.

En cuanto a las grasas, las que se encuentran, principalmente, en alimentos de origen animal y productos ultraprocesados (saturadas) se asocian a una disminución general de bacterias intestinales (disbiosis). Y las presentes en aceites vegetales, frutos secos, pescados y semillas (poliinsaturadas) promueven la restauración de una composición saludable de la microbiota y un aumento en la producción de sustancias antiinflamatorias.

De las vitaminas, la D, presente en productos lácteos y pescados grasos, favorece la diversidad y proliferación de bacterias benéficas.

La sal no afecta directamente las bacterias, pero su alto consumo daña la mucosa intestinal, lo que promueve el aumento de bacterias potencialmente peligrosas.

En general, la dieta en la población occidental está basada en un bajo consumo de frutas y verduras, acompañado de una elevada ingesta de productos industrializados, generalmente ultraprocesados, los cuales suelen venir acompañados de elevadas proporciones de grasas saturadas, sodio, azúcares agregadas, aditivos alimentarios y una escasa cantidad de fibra alimentaria. Una dieta con estas características puede reducir la diversidad microbiana y generar constantes alteraciones en las funciones de la barrera intestinal y en la activación de células inmunes.

La dieta cetogénica —una de las “dietas de moda” en la actualidad— se relaciona con una disminución del número y diversidad de bacterias, y un aumento de la permeabilidad de la barrera; esto se debe a su alto aporte de grasas saturadas, proteínas y bajo contenido de fibra alimentaria.

Hasta la fecha, la dieta mediterránea (caracterizada por un alto consumo de pescados, granos enteros, hortalizas, lácteos y aceites vegetales) es señalada como la mejor opción para modular de manera positiva la diversidad y estabilidad de la microbiota, así como también la permeabilidad y la actividad de las funciones inmunes.

En mi opinión, la mejor opción es una dieta armónica en nutrientes, equilibrada en cantidad y calidad, rica en frutas y verduras, cereales integrales, agua, con un consumo limitado de grasas saturadas, sodio, azúcares agregados y alimentos ultraprocesados; y siempre acompañada de actividad física en forma regular.

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