La importancia de recuperar el diálogo como espacio de encuentro, reflexión y aprendizaje en las aulas es el eje de “El diálogo como estrategia didáctica. Las buenas preguntas en las clases”, artículo escrito por el Mgtr. Gabriel Caldarola (UCA-UCALP) y publicado en la revista Persona de la Facultad de Humanidades.
En su trabajo, Caldarola parte de una problemática presente en las aulas de nivel secundario: el impacto del uso cada vez mayor de los dispositivos electrónicos y las dificultades que manifiestan los estudiantes para sostener un diálogo profundo y presencial.
Si bien reconoce a las nuevas tecnologías como “un gran aporte positivo para toda la sociedad”, advierte sobre la necesidad de utilizarlas “con responsabilidad y prudencia”, para evitar situaciones de abuso que puedan generar inconvenientes en niños y adolescentes.
Frente a este escenario, el autor propone reflexionar sobre el lugar que ocupa el diálogo en las clases y sostiene que constituye tanto una condición humana como una estrategia didáctica.
En este sentido, plantea que “el diálogo es una relación comunicativa simbiótica entre iguales que exige un compromiso tanto emocional como cognitivo” y que resulta “indispensable para el cultivo de una persona”, al constituir una manifestación de nuestra condición de seres sociales.
Para Caldarola, el diálogo auténtico requiere escucha, igualdad y libertad: “Tiene implícito la aceptación de argumentos, de ideas o posturas de los demás, aunque también significa escuchar, y, por ende, no tiene relación con el monólogo”, señala. A su vez, destaca que otorgar a todos los participantes las mismas oportunidades de intervención, permite integrar la diversidad y profundizar valores como “el respeto, la humildad, la aceptación del otro y su cosmovisión, sin juzgamientos”.

El artículo también aborda el diálogo específicamente como herramienta pedagógica. A partir de la definición del doctor en Filosofía de la Educación Nicholas Burbules, quien lo entiende como “una interacción conversacional deliberadamente dirigida a la enseñanza y el aprendizaje”, Caldarola plantea que los docentes deben realizar una reflexión previa sobre la realidad concreta del aula y sobre la intención que le otorgan a la comunicación.
En este marco, considera fundamental que el docente sepa quienes son sus estudiantes más allá de sus conocimientos previos. Gustos, intereses, preocupaciones, anhelos, visión del mundo, características familiares y entorno son algunos de los aspectos que, según el autor, pueden contribuir a comprender la realidad de cada joven.
Esta información constituye un punto de partida para generar diálogos significativos. El profesor, sostiene Caldarola, debe pensar no solamente en los contenidos curriculares, sino también “de qué manera guiará el diálogo, qué recursos didácticos incorporará, qué espacios de escucha habilitará” y cómo procurará la participación de los estudiantes.
El autor advierte además que, en muchas ocasiones, el intercambio en el aula se reduce a “hacer preguntas cerradas unidireccionalmente por parte del profesor para ser respondidas por el alumnado”. Frente a este modelo, propone generar situaciones didácticas que promuevan una construcción de significados compartidos y en las que tanto docentes como estudiantes puedan aprender.
Uno de los ejes centrales del artículo es el papel que cumplen las preguntas en la enseñanza. Caldarola sostiene que formular buenas preguntas requiere reflexión, planificación, acción y evaluación, ya que no todas generan el mismo tipo de respuesta ni favorecen de igual manera el aprendizaje.
“Cuando los profesores preguntamos, lo hacemos con diferentes intenciones: despertar el interés de los alumnos, verificar si comprendieron, promover la reflexión, estimular el establecimiento de relaciones entre distintos conocimientos”, explica.

En este sentido, diferencia entre preguntas sencillas, de comprensión, metacognitivas y de aplicación del pensamiento. Mientras las primeras buscan respuestas breves sobre información precisa, las preguntas de comprensión requieren interpretación o evaluación crítica; las metacognitivas permiten reflexionar sobre el propio proceso de aprendizaje y las de aplicación del pensamiento abren la posibilidad de elaborar respuestas personales y argumentar.
Para el autor, las preguntas que solamente buscan como respuesta “sí” o “no” tienen una utilidad limitada para promover el diálogo, ya que “no brindan suficiente información sobre el nivel de comprensión o el sentimiento de los alumnos”. Por eso, considera necesario que los docentes sean conscientes tanto de qué preguntan como de cómo formulan sus preguntas.
Las preguntas no son patrimonio exclusivo del docente. Caldarola también destaca la importancia de atender las preguntas que realizan los propios estudiantes y de respetar los silencios necesarios para que puedan expresarse
Otro de los aspectos destacados en el artículo es la escucha activa. Para que exista un verdadero diálogo, sostiene Caldarola, es necesario estar dispuesto a escuchar a los demás “con simpatía e interés suficientes como para comprender en forma debida el significado de la posición del otro”.
La escucha activa, explica, supera el simple acto de oír y requiere atención y disposición para comprender el mensaje recibido. En este proceso, la empatía adquiere un papel fundamental, al igual que la capacidad de percibir aspectos de la comunicación no verbal, como los gestos y la postura corporal.

El autor también cuestiona aquellas situaciones en las que el docente aparenta escuchar a sus estudiantes, pero en realidad se encuentra pensando en las ideas que expresará a continuación. “Esto no es un diálogo”, afirma, y recupera otra reflexión: “En muchas ocasiones nos gusta ofrecer nuestras ideas u opiniones y nos cuesta escuchar al otro, pero si solamente habla una persona y no interesa lo que el otro argumenta, ¿qué sentido tiene hablar? En este caso ya no se produce un diálogo, más bien, un monólogo”.
En sus conclusiones, Caldarola plantea que comprender el diálogo como una capacidad propia de la persona debe llevar a los docentes a incorporarlo de manera consciente en sus propuestas áulicas. Para el autor, el docente del siglo XXI debe asumir el proceso educativo como “un verdadero encuentro entre personas que establecen vínculos indispensables para lograr los verdaderos objetivos educativos”.
La propuesta no implica una receta única, sino una reflexión permanente de cada docente a partir de la realidad específica de sus estudiantes. En una enseñanza centrada en el diálogo auténtico, señala, “se aprende de todos”, mediante conocimientos académicos, preguntas, reflexión, experiencias y compromisos prácticos.
De esta manera, docentes y estudiantes pueden aprender entre sí dentro de “un verdadero ámbito democrático, respetando los principios de igualdad y libertad”.
Para Caldarola, trabajar desde esta perspectiva también contribuye a la formación de ciudadanos comprometidos con su realidad cotidiana, ya que “invitar a los estudiantes a usar la palabra aprende a intervenir y regula sus intervenciones, mejorando su expresión y autoconfianza”.
