Por Mgtr. Rodrigo Martin (*)
Hace diez años, el Papa Francisco nos regaló Laudato Si’, una encíclica que interpela a toda la humanidad, ya que es una llamada profunda, ética y humana a repensar el modo en que vivimos, producimos y nos relacionamos.
El mensaje central es claro: el deterioro ambiental, la pobreza y la injusticia social están profundamente conectados. No podemos hablar de ecología sin hablar de las personas, especialmente las más pobres y vulnerables. Los que viven en los márgenes de un modelo escrito desde el centro.
El Papa Francisco nos propone una “ecología integral”, es decir, un enfoque que una el cuidado del ambiente con el cuidado de la vida humana. Todo está conectado: el clima, el agua, los alimentos, las relaciones sociales, la cultura, el trabajo, las ciudades. Si se daña una parte, todo sufre.
Hoy, en los 260 barrios populares del Gran La Plata, ese mensaje resuena con fuerza. Allí donde el asfalto no llega, donde el agua segura es un privilegio y donde la vida se sostiene con esfuerzo diario, la encíclica dejó de ser papel para convertirse en práctica. Porque Laudato Si’ no es una teoría ambientalista ni un reclamo técnico: es una denuncia moral, social y espiritual sobre un modelo que excluye a personas y degrada la naturaleza.
Nos propone una conversión ecológica: un cambio profundo en el modo de habitar el mundo. Me gusta la idea de pensar que es “cuidar el Arca ante el diluvio y que todos estemos en ella”. No se trata solo de reciclar o usar menos plástico o resolver la contaminación por combustible fósiles, sino de transformar nuestras relaciones, nuestras prioridades, nuestras formas de estar siendo nosotros como pueblo (luego como ciudades), de nuestra cultura del descarte. Implica repensar la movilidad urbana, cuidar el agua como un bien sagrado, vincularnos más y cuidarnos porque somos seres gregarios y responsables de la creación. Es invertir no solo en infraestructura, sino en vínculos.
Desde el Observatorio Socio Económico de la Universidad Católica de La Plata, se acompaña este camino con datos, con escucha, con presencia. Las estadísticas que relevamos no solo hablan de carencias; revelan también dignidad, organización y esperanza. Allí donde falta el asfalto, hay calles con nombres escritos a mano; donde no hay gas, hay ollas populares; donde no hay centros de salud, hay mujeres que cuidan. Donde no hay políticas públicas, hay comunidad. Y eso —como dice el Papa— también es ecología integral.
La experiencia en los barrios del Gran La Plata muestra que esa conversión no empieza en los grandes despachos, oficinas, “centros”, sino en el territorio. En las esquinas sin veredas donde se tejen redes solidarias. En las parroquias, centros comunitarios y merenderos donde se sueña con otro mundo posible. Este es el capital humano que debemos acompañar, no solo medir. Allí, Laudato Si’ se vive, se encarna, se construye con corazón, con manos, con nombres.
A diez años de su publicación, la encíclica sigue siendo un faro. No para quedarnos admirando su luz, sino para caminar con ella en medio de la oscuridad. En tiempos donde el cambio climático golpea con fuerza —como lo vimos en las recientes inundaciones del país— y donde todo dice que los riesgos a desastres climáticos son cada vez más altos y frecuentes, Francisco nos recuerda que “nadie se salva solo”.
Cuidar la casa común empieza por mirar con otros ojos a quienes la habitan. Y en Gran La Plata, esos ojos muchas veces nos miran desde la periferia (nuestra). Escucharnos, acompañarnos y construir con el otro es, tal vez, la forma más concreta de honrar esta encíclica y soñar, juntos, un futuro más justo, más humano y más habitable.
Porque como nos dijo el Papa, no hay justicia ambiental sin justicia social. Y esa justicia empieza por casa.
(*) Director del Observatorio Socioeconómico – UCALP