Por Eduin Alexander Rincón Galarza (*)
En la jornada del lunes, como iglesia hemos recibido la noticia del final de la vida terrena del Papa Francisco. Ha sido un hombre para los demás, con una espiritualidad encarnada en la historia, compañero de Jesús que se dispuso a dejarse mover por el Espíritu, siendo elegido como Obispo de Roma el 13 de marzo de 2013. Inició su pontificado con el año de la misericordia y en este 2025, ha retornado a la casa del Padre Eterno, a sus 88 años, en el año de la esperanza. Misericordia y esperanza, dos de los principios que mejor supo mostrar en su ministerio petrino.
Un Papa que arribó “desde el fin del mundo”, por ser el primer Papa americano, argentino y jesuita. Su llegada al pontificado fue un regalo de Dios para la Iglesia, para el mundo, para la creación; su impronta, “una Iglesia para todos, todos, todos”. Fue el Papa que supo acompañar y dirigir a la Iglesia, con sus tensiones y desafíos, hacia las orientaciones del Concilio Ecuménico Vaticano II, buscando partir siempre desde los/as más pequeños/as y olvidados/as, y quiso ir disponiendo todo para una Iglesia pobre para los pobres.
En sus meditaciones, mensajes, exhortaciones, discursos, homilías, encíclicas y cartas apostólicas, pero por sobre todo, con su modo de ser y proceder, nos regaló una esperanza de que otra Iglesia es posible, y que esa Iglesia es misión de todos/as caminando juntos. El Papa de las periferias existenciales, el Papa que ha querido y trabajado por una Iglesia pobre y para los pobres, siendo profeta en su más digna expresión.
En su ministerio pontificio, Francisco trabajó por el anuncio del reinado de Dios, desde una fidelidad creativa, colocando desde su primera exhortación apostólica EVANGELII GAUDIUM (La alegría del Evangelio) un modo de ser Iglesia, una iglesia en salida; marcando así un nuevo estilo, que poco a poco se fue haciendo programa de reforma eclesial, hasta el último sínodo de los obispos sobre la sinodalidad. Todo un programa de reforma estructural, siempre comenzando por la conversión del corazón que, como se destacó, sirvió para actualizar lo ya enunciado en el Concilio Ecuménico Vaticano II.
Dentro y fuera de la Iglesia, Francisco sembró otros signos: CEAMA (Conferencia Eclesial de la Amazonía), la ONG Scholas Occurrentes, el Pacto Educativo Global, el movimiento Laudato Si’, entre otros. Todos han sido frutos de su respuesta a aquel que lo llamó a amarle, seguirle y servirle: Jesús Resucitado. Y que se convierten en “lugares” por donde es preciso seguir anunciando el reinado de Dios, siempre desde la alegría del evangelio.
Le decimos gracias, gracias, gracias, Papa Francisco, con una confianza y serenidad nacidas de la firme esperanza en la resurrección por la que el Señor Jesús nos abrió la puerta a la plena participación en la Vida de Dios.
(*) Secretario Académico, Departamento Superior de Teología.