El Evangelio según San Juan, de un modo bellísimo, nos cuenta el momento en que algunos de los discípulos del Señor se fueron encontrando con el misterio de su Resurrección. María Magdalena, Pedro y Juan aparecen como tres tipos de miradas frente a un mismo hecho.
Nuestra lengua castellana suele quedar a medio camino al momento de traducir algunos matices de la lengua griega, lengua madre en que se escribieron los evangelios. En el texto que estamos meditando, dice que Magdalena “vio”, que Pedro “vio” y que Juan “vio y creyó”. Sin embargo, el texto griego, por cada “ver”, utiliza un verbo diferente, que va enriqueciendo la mirada y que hace que el juicio de cada uno sea distinto.
María Magdalena llegó al sepulcro y “vio” que la puerta de la tumba estaba violentada y que faltaba el cadáver que habían dejado allí el día anterior. De su mirada surgió un juicio de valor superficial: “Se han llevado el cuerpo del Señor y no sé dónde lo han puesto” Pedro “vio” la misma escena, pero de su mirada no surgió un juicio afirmativo o negativo, sino un silencio expectante. El verbo griego tiene una connotación de ver e inspeccionar, investigar.
El que investiga no se apresura en sus juicios. Pedro observa detenidamente los signos de la resurrección, las mortajas y el sudario vacíos y colocados donde antes estaba el cuerpo. Y por esto queda expectante.
Juan “vio y creyó”. La mirada de discípulo amado tiene una connotación intuitiva, es el contemplar que me lleva a dar gracias. Es la mirada del corazón que se asoma desde la cumbre al abismo y se siente tanto horrorizado como enardecido. Es la contemplación que de la obra me lleva a admirar y alabar su autor.
Lo totalmente inaudito acaba de suceder, y las tres miradas se superponen y complementan para llegar a convertirse cada uno a su tiempo en testigos de este acontecimiento. Por eso, el texto del Evangelio nos coloca ante la pregunta: ¿Quiénes son hoy los verdaderos testigos de la resurrección?
Siguiendo a estos tres testigos podemos responder: aquellos hombres y mujeres verdaderamente resucitados. Es decir, aquellos que no se quedaron en la mirada simple y negativa de las cosas, los que se quedaron llorando y quejándose porque las cosas están mal, porque todo se oscurece, porque aparentemente no hay salida, etc.
Tampoco los que se quedan especulando, haciendo análisis teóricos y diagnósticos sobre lo que se debería hacer, y nunca pasan a la acción, o nunca se juegan por nada, cómodos en su rol de meros intérpretes de todo lo que sucede, desde la seguridad de su cámara Gesell personal.
Los resucitados son aquellos que, donde todos ven ausencia, robo, violencia, fracaso, muerte, etc., ellos ven una nueva oportunidad, un nuevo camino en sus vidas que los hace comprometerse con esa realidad dolorosa que los interpela, pero a la cual abrazan como un tesoro. Son los renacidos, los que vuelven a encontrar fuerzas para el compromiso, la acción y para la entrega. Esto no surge de un mero voluntarismo o de la genialidad de unos pocos elegidos, ni de una ilustración pretenciosa de quienes se consideran leídos e intelectuales.
¿Cuántas veces son los más sencillos los que muestran una capacidad de resistencia y entrega superior en su propia pobreza? ¿Cuántas veces nos sorprendemos con personas por las que no dábamos mucho, y, ante situaciones críticas, muestran una fortaleza que nos plantea más de un interrogante?
Como Juan en el sepulcro, el corazón les permitió contemplar algo más, y ese “algo más” lo lanzó a la carrera, no lo dejó quieto, satisfecho, cómodo en su complacencia, sino que lo lanzó a recorrer nuevos caminos para compartir el tesoro que había encontrado.
Todo esto no se improvisa, se va gestando en las horas silenciosas, las que no brillan, en las que se va amasando la propia personalidad, y en nuestro caso, comunidad de alumnos, docentes y no docentes de una Universidad Católica, en las que el estudio de una carrera es tarea cotidiana, puede llegar a ser escuela de verdaderos hombres y mujeres resucitados.
Este año con su particularidad tan excepcional, nos obliga a ya buscar caminos y herramientas de cercanía que quizás nunca antes usamos, o que habíamos olvidado hace rato. Que el testimonio de estos testigos privilegiados de la Pascua de Cristo, junto con el de aquellos testigos que tenemos el gusto de ir conociendo en nuestras propias vidas, nos anime a seguir formándonos para tomar un día nosotros su posta, aunque la realidad se nos pretenda imponer como insuperable e insalvable.
¡¡Feliz Pascua de Resurrección!!
P. Andrés Rambeaud
Capellán