* Por Eduin Alexander Rincón Galarza
Este domingo como Iglesia celebramos la solemnidad de San Pedro y San Pablo, y es motivo no solo de alegría y esperanza en este año jubilar, sino también motivo para senti-pensar nuestro modo de ser Iglesia. Es muy interesante aproximarnos a estos dos apóstoles que reflejan un principio fundante de la Iglesia: la comunión en la diversidad, y es que ambos ejercieron su ser apóstol de manera que buscaron ser fieles al anuncio del reinado de Dios tal y como Jesús se los pidió.
Este principio de comunión es sostenido por el mismo ser de la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica; eso es lo que nos quiere recordar esta solemnidad a todo el Pueblo de Dios. San Pedro y San Pablo como pilares de la Iglesia, “Patronos principales de la Iglesia de Roma” (Benedicto XVI).
Cuando nos aproximamos a sus modos de ser y proceder, tuvieron sus encuentros y lograron disipar en el Espíritu aquello que, después de una escucha atenta, de un diálogo fraterno, un comprender sus contextos vitales y de un discernir en oración con el Maestro, luego pudieron enseñar con autoridad lo que Jesús les confió (Conf. Gál. 2, 11-14); además de que ambos padecieron, fueron detenidos y martirizados en Roma. Por ello, en la tradición cristiana se los celebra juntos.
Y desde aquel tiempo, la Iglesia está invitada a testimoniar la unidad en la diversidad, en esa misma lógica, es la que nos ha invitado a vivir el Papa Francisco, siguiendo el Concilio Ecuménico Vaticano II y que les recordó a los obispos (y a toda la Iglesia) el Papa León XIV el pasado domingo en la meditación, cuando les habló de la prudencia pastoral: “Una clara señal de prudencia es el ejercicio del diálogo como estilo y método en las relaciones, y también en la presidencia de los organismos de participación, es decir, en la gestión de la sinodalidad en la Iglesia particular. En este aspecto, el Papa Francisco nos ha hecho dar un gran paso adelante, insistiendo, con sabiduría pedagógica, en la sinodalidad como dimensión de la vida de la Iglesia. La prudencia pastoral permite al obispo guiar a la comunidad diocesana valorizando sus tradiciones y promoviendo nuevos caminos y nuevas iniciativas”.
El documento final de la sinodalidad indica que “en virtud de la catolicidad, ‘cada una de las partes colabora con sus dones propios, con las restantes partes y con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una de las partes aumentan a causa de todos los que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad’ (LG 13). El ministerio del Sucesor de Pedro ‘garantiza las diferencias legítimas y simultáneamente vela para que las divergencias sirvan a la unidad en vez de dañarla’” (ibid.; cf. AG 22) (n.° 37).
Hoy esta solemnidad nos invita a alegrarnos y orar por nuestros obispos, sucesores de los apóstoles, en especial por el Papa (Obispo de Roma). Pero también a dejarnos mover por el Espíritu para acompañar y caminar juntos con nuestro obispo Gustavo Carrara, con el Papa León XIV, Obispo de Roma, y confiar en que la apostolicidad que en ellos es, nos sea a todos motivo para sentir-nos Iglesia. Que el Espíritu del Resucitado que movió a San Pedro y San Pablo a darse totalmente por la causa de Jesús, nos mueva a todos a ser testigos de su amor, peregrinos/as de esperanza.
Termino citando el número 109 del Documento final del Sínodo sobre la sinodalidad que nos regala una síntesis de lo expresado: “Las redes echadas por la palabra del Resucitado permiten una pesca abundante. Todos colaboran en el arrastre de la red, Pedro tiene un rol especial. En el Evangelio, la pesca es una acción realizada en común: cada uno tiene una tarea precisa, distinta pero coordinada con la de los demás. Así es la Iglesia sinodal, hecha de vínculos que unen en la comunión y de espacios para la variedad de pueblos y culturas. En un momento en el que cambia la experiencia de los lugares donde la Iglesia está arraigada y peregrina, es necesario cultivar en formas nuevas el intercambio de dones y el entrelazamiento de los vínculos que nos unen, sostenidos por el ministerio de los obispos en comunión entre sí y con el Obispo de Roma”.
Que esta solemnidad nos permita hacer un alto en el camino para meditar algunas preguntas: ¿Cómo es mi relación con el obispo local (ya sea Diócesis o Arquidiócesis) y con el Papa?, ¿cómo colaboro con ellos para hacer de la Iglesia una Iglesia sinodal?
¡Feliz solemnidad de San Pedro y San Pablo! No dejemos de orar por el Papa y todos los obispos de la Iglesia.
* Secretario Académico del Departamento Superior de Teología