Seis claves educativas para “Diseñar nuevos mapas de esperanza”
Seis claves educativas para “Diseñar nuevos mapas de esperanza”
Seis claves educativas para “Diseñar nuevos mapas de esperanza”

Por el Dr. Duilio Bompadre (*)

“Desarmen las palabras, porque la educación no avanza con la polémica, sino con la mansedumbre que escucha. Levanten la mirada. Custodien el corazón. No desperdicien el tiempo. Brillen como estrellas en el mundo”, Papa León XIV.

El Papa León XIV, en su carta “Diseñar nuevos mapas de esperanza”, nos invita a hacernos una pregunta profunda: ¿Los modelos educativos que sostenemos hoy siguen orientando el camino… o necesitamos nuevos mapas para recorrer el futuro?

En medio de un mundo marcado por la aceleración digital, la fragmentación social, la incertidumbre y la búsqueda de sentido, el texto propone seis claves que iluminan la tarea educativa de directivos, docentes, estudiantes y familias, desde una mirada histórica y a la vez tremendamente actual.

LLAMADOS A DISEÑAR NUEVOS MAPAS

La educación católica siempre ha sido creativa, histórica y encarnada. Nunca una teoría sin cuerpo. Hoy los desafíos son inmensos: transformaciones vertiginosas, tensiones culturales, hiperconexión que fragmenta la atención, crisis de las relaciones, desigualdades profundas.

La carta nos invita a revisar con honestidad: ¿hemos perdido el rumbo? ¿Qué necesitamos recuperar y qué necesitamos reinventar?

Para responder, recuerda una tradición educativa viva y dinámica: desde los Padres del Desierto y su sabiduría esencial, pasando por las primeras universidades medievales, hasta educadores que revolucionaron la pedagogía como Calasanz, Don Bosco, Montessori o tantas mujeres valientes que abrieron caminos para los últimos.

Con esta historia a cuestas, el documento propone un punto de partida claro: volver al sentido profundo de educar, como ya lo afirmaba el Concilio Vaticano II (1965) en Gravissimum educationis: “La educación es el tejido mismo de la evangelización: es la forma concreta con la que el Evangelio se convierte en gesto educativo, relación, cultura”.

                                                         León XIV, con la carta apostólica sobre la educación

LA BRÚJULA: PERSONA, COMUNIDAD, VERDAD Y LIBERTAD

Educar es formar integralmente: espíritu, intelecto, afectividad, cuerpo y vínculos. Superar visiones reduccionistas que la transforman en un algoritmo, un perfil de competencias o un engranaje del mercado. Cada estudiante como una persona única, con su propia historia y vocación. El corazón habla al corazón.

La educación vale por su capacidad de dignificar, humanizar y orientar hacia el bien común.

La educación es siempre una obra coral. Nadie educa solo: docentes, familias, estudiantes, directivos, personal de la escuela, sociedad civil. Una comunidad que comparte misión impide el estancamiento (“Esto siempre se hizo así”) y abre caminos nuevos.

Educar es enseñar a dialogar entre fe y razón, sin dogmatismos y sin relativismos. No se trata de “poseer la verdad”, sino de buscarla juntos.

La autoridad educativa es servicio. Los educadores están llamados a una responsabilidad que va más allá del contrato de trabajo: su testimonio vale tanto como su lección. La formación de los maestros —científica, pedagógica, cultural y espiritual— es decisiva.

Al compartir la misión educativa común, también es necesario un camino de formación común, inicial y permanente, capaz de captar los retos educativos del momento presente y de proporcionar los instrumentos más eficaces para afrontarlos. Implica disponibilidad para el aprendizaje y el desarrollo de los conocimientos, para la renovación y actualización de las metodologías, pero también para la formación espiritual, religiosa y el compartir. Y no bastan las actualizaciones técnicas: es necesario custodiar un corazón que escucha, una mirada que anima, una inteligencia que discierne.

La meta: formar personas libres, responsables, capaces de construir comunidad.

LA CONSTELACIÓN EDUCATIVA

El Papa propone una imagen poderosa: la educación como una constelación. Cada escuela, universidad o iniciativa educativa es una estrella con luz propia. Conectadas entre sí, forman una red viva, diversa y dinámica. Los carismas educativos no son moldes rígidos: son respuestas originales a cada época.

La “constelación educativa” exige colaboración global: intercambios, proyectos comunes, aprendizajes compartidos, cooperación académica y pastoral. La fe, la cultura y la vida dialogan; no hay compartimentos estancos: todo se entrelaza.

TECNOLOGÍA Y HUMANISMO

El mundo digital no es un accesorio: es un océano inmenso. La pregunta clave no es “tecnología sí o no”, sino con qué ética y para qué la usamos.

El desafío no es rechazar ni idealizar la tecnología, sino usarla con ética, con mirada crítica y al servicio de la persona, enriqueciendo el aprendizaje sin reemplazar la relación humana, que es insustituible. Educar en ciudadanía digital crítica, responsable, ética y humanizadora es una urgencia.

                                           El papa Francisco, que en 2020 llamó a un Pacto Educativo Global (PEG)

EL PACTO DE LAS SIETE ESTRELLAS Y LAS TRES PRIORIDADES

La educación requiere una gran alianza global, un pacto que sostenga una visión compartida. Por ello, a las Siete Estrellas del Papa Francisco (escuchar a niños y jóvenes; poner a la persona en el centro; promover dignidad y plena participación de las mujeres; la familia como primera educadora; abrirse a la acogida e inclusión; economía y política al servicio del bien común; y cuidar la casa común), se suman tres prioridades muy actuales:

  1. Vida interior. Los jóvenes buscan profundidad: silencio, discernimiento, conciencia, Dios.
  2. Lo digital humano. Formar en un uso sabio de la tecnología y la IA, siempre desde la centralidad de la persona.
  3. Educación para la paz “desarmada y desarmante”. Desactivar la agresión, educar en lenguajes reconciliadores y en justicia misericordiosa.

MAPAS DE ESPERANZA

La educación católica no es un museo del pasado o un refugio nostálgico: puede ser un faro, un laboratorio de discernimiento, innovación pedagógica y testimonio profético. Cada institución es una estrella; juntas pueden trazar rutas nuevas para las generaciones que vienen.

La carta termina, sí, pero la tarea apenas comienza. Es un llamado a la acción cotidiana en las aulas, pasillos, sala de profesores, proyectos, etc. de nuestras instituciones educativas, cada uno desde su rol. Deja una pregunta que interpela a cada educador: ¿Quiénes serán los cartógrafos valientes que se animen a dibujar los nuevos mapas que el mundo necesita?

(*) Doctor en Ciencias de la Educación y docente de la Universidad Católica de La Plata (UCALP) y la Universidad Católica Argentina (UCA).