Reflexiones en el Día de la Independencia | UCALP
Reflexiones en el Día de la Independencia
Reflexiones en el Día de la Independencia

 Por las profesoras Josefina Mallo y Victoria González Márquez (*)

A 209 años de la Declaración de la Independencia de 1816, conmemorar el 9 de julio implica mucho más que recordar un episodio fundacional de nuestra historia nacional. Nos invita a volver sobre el pasado desde nuevas preguntas y perspectivas, entendiendo que los procesos históricos —como el que llevó a los congresales reunidos en Tucumán a proclamar la ruptura definitiva con la monarquía española— no fueron actos lineales ni unívocos, sino decisiones colectivas atravesadas por tensiones políticas, dilemas estratégicos y, también, aspectos afectivos y emocionales.

El campo historiográfico, en constante evolución, durante décadas ha revisado y reflexionado sobre sus supuestos, enriqueciéndolos desde múltiples perspectivas que no se quedan solo en los grandes líderes o las fechas cruciales. Sin embargo, los desarrollos más recientes en el campo de la historia cultural, y en particular el denominado giro afectivo, han permitido plantear preguntas incluso más íntimas sobre nuestro pasado. Lejos de oponer razón y emoción, estas corrientes invitan a reconocer el papel fundamental que los sentimientos —como el miedo, el entusiasmo, la esperanza o la ira— jugaron en los procesos revolucionarios y en la construcción de los vínculos de pertenencia que dieron forma a las múltiples “patrias” en disputa.

                                               Las profesoras Josefina Mallo y Victoria González Márquez

Las emociones colectivas, y sus correlatos personales, tienen también una construcción histórica que debe ser abordada. Las palabras con las que designamos estas emociones no cambiaron, pero una de las líneas principales es saber que significaron en ese entonces. Y los objetos de ese afecto se embeben también de múltiples significados, lo que nos lleva a trabajar en su reconstrucción y en la restitución de las lecturas que sobre ellos se hacía.

Como ha planteado el historiador Jaime Peire, la patria no es una figura única y estable, sino una construcción emocional que se expresa de formas múltiples: en himnos y en gestos, en sermones y en rumores, en banderas y en silencios. Sentir la patria —amarla, temer por ella, dolerse con ella— fue, y sigue siendo, una forma de participación histórica. En este sentido, los afectos no deben ser vistos como elementos marginales o decorativos del pasado, sino como una de sus tramas más profundas.

En julio de 1816, el Congreso de Tucumán sesionaba en un contexto de extrema incertidumbre: con los realistas avanzando desde el norte, el orden monárquico restaurado en Europa, tensiones internas con las provincias del Litoral y la amenaza portuguesa en la Banda Oriental. En ese escenario, la decisión de declarar la independencia no fue solo un acto jurídico-político, sino también una apuesta cargada de emociones: de urgencia, de convicción, de coraje. Proclamar la independencia era asumir el riesgo de ser, pero también el derecho de elegir.

Estudiar hoy estos procesos desde la historia de las emociones no significa abandonar la precisión conceptual ni el rigor documental, sino atender a aquello que movilizó a los agentes históricos más allá de sus discursos, sus afiliaciones políticas o los factores económicos y territoriales: los afectos que dieron forma a las decisiones, los símbolos que condensaron anhelos, los gestos que fueron delineando de a poco una comunidad emocional compartida.

Así, por ejemplo, la traducción del acta del 9 de julio al quechua y al aymara no fue solo un gesto político, sino una forma de interpelar emocionalmente a pueblos diversos en la construcción de un orden común

La conmemoración del 9 de julio, entonces, puede ser también una oportunidad para pensar la patria como una construcción relacional, dinámica y afectiva. Una patria hecha no solo de instituciones, tratados y fronteras, sino también de recuerdos, duelos, celebraciones y formas de sentir comunes. Una patria que, lejos de clausurarse en un pasado solemne, sigue abriéndose en cada gesto cotidiano de pertenencia, en cada acto de solidaridad, en cada memoria evocada. Porque, como bien sostiene la historia de las emociones, no nos une solo lo que pensamos, sino también lo que sentimos.

* Docentes de la facultad de Humanidades de la UCALP


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA: