Libros, conocimiento intangible y sutil
Vida UCALP

Libros, conocimiento intangible y sutil

En la Argentina, el Día del Libro se celebra todos los 15 de junio, festejo que comenzó como “Fiesta del Libro” en 1908, año en el que se entregaron los premios de un concurso literario organizado por el Consejo Nacional de Mujeres.

Conmemorando el Día Nacional del Libro, VIDA UCALP convocó al Dr. Germán Alegre, docente de nuestra Casa de Estudios, a compartir con nuestros lectores su relación con estas obras y la importancia y pasión que le generan desde chico.

Libros deshojados en mi cuarto de niño; libros anillados desparramados en la mesa de estudios; libros prestigiosos en la oficina; libros en la luneta, en la guantera y hasta en el piso del auto; libros en tres cajas rotuladas “tesis”; libros pesadísimos en la mochila que cargo casi a diario sin preguntarme para qué.

Debo ser entonces un gran lector.

Más o menos. Más bien les diría que uno mediocre, del montón.

Si cerrando los ojos recorro mentalmente los libros apilados en las distintas bibliotecas que han sido mías, arriesgaría que no debo haber leído completos más del 5 % de esos volúmenes, el 7 % o el 8 % si quieren para no sentirme tan mal, pero no creo que sea más que eso. Si incorporáramos los libros leídos parcialmente, ¿a cuánto llegaría? ¿Un 25 %, un 30 % mintiéndome mucho?

La pregunta que, a raíz de esta invitación de la Universidad, hoy me hago, me la he hecho ya —sin encontrar respuesta— muchas veces: ¿Por qué tengo tantos libros?

Es martes por la noche. Acabo de terminar con una de mis clases de derecho penal. El tema del día fue “La legítima defensa”. Me pongo el saco, agarro la lista de asistencia, mis llaves y los tres libros sobre mi escritorio: Injusto penal y tentativa de Nelson Pessoa, De animales a dioses de Yuval Harari y uno que acabo de comprar hace unos días en la propia Facultad con el título El tema de Dios en la poesía de Borges.

Interrumpo de golpe el gesto mecánico de recoger las cosas y salir del aula. Tomo distancia de la situación como un observador imparcial y caigo en la cuenta de una obviedad: ninguno de los tres libros tiene nada que ver con el tema de la clase. ¿Para qué los llevé entonces al aula?

Esta observación me produce una euforia repentina. Comparable, supongo, con la que deben sentir los científicos cuando creen que se acercan a un hallazgo importante.

Ahora parece todo bastante claro. Hay una especie de creencia inconsciente arraigada muy dentro de mí. Una hipótesis que he sostenido durante años, probablemente surgida al amparo de cierta inclinación por el pensamiento mágico, y que recién hoy logro empezar a ver.

Intento resumirla: Los libros no solo nos transmiten cosas cuando los leemos. Tengo el pleno e irracional convencimiento de que los libros tienen una suerte de potencial escondido que hace que el mero contacto con ellos ya resulte beneficioso, incluso cuando no los leamos.

Las texturas del papel y las cubiertas; el olor a libro nuevo; los ácaros; el peso de un libro de 600 páginas bajo el brazo; el olor a libro viejo; la sinfonía de colores de los lomos en una biblioteca. Cada contacto o exposición de un ser humano frente a un libro tiene un efecto nutritivo que es independiente del acto de la lectura.

Vaya entonces mi consejo: vivan rodeados de libros, invítenlos a su casa, a su trabajo, a las reuniones de amigos, sáquenlos a pasear, confíen siempre en que ellos van a hacer su parte transmitiendo con su sola presencia un conocimiento intangible y sutil; y cuando puedan, prueben también leyendo alguno.

Dr. Germán Alegre

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