* Por Gerónimo Lampón
Hace ochenta años, la ONU nació con una promesa: la diplomacia, el diálogo entre los pueblos, reemplazará al horror de la guerra. Hoy, esa promesa sigue vigente. Pero también sigue siendo un recordatorio de cuán lejos estamos de que se cumpla. En su aniversario, vale preguntarse: ¿para quién trabaja la ONU? ¿Quiénes realmente construyen la paz y quiénes se quedan en los pasillos del mármol?
Lo digo desde la experiencia. He visto desde la periferia cómo la maquinaria institucional funciona: oficinas luminosas en Nueva York o Ginebra, conferencias con mantel blanco, decenas de siglas interamericanas, charlas sobre “gobernanza global” y “marca ONU”. Y he visto —y escuchado— también lo que ocurre en el terreno: refugiados que esperan meses un kit de ayuda; mediadores locales trabajando sin descanso; voluntarios que cargan bidones de agua, no redactan memorandos. Esa distancia entre la diplomacia de salón y el barro de la crisis es el corazón de esta crítica.
La ONU, en sus sedes, parece una torre. Una torre de mármol, vidrio y aire acondicionado: todo impecable. Allí están los burócratas, los diplomáticos que redactan resoluciones, hablan de «reformas institucionales», firman pactos, posan para la foto. En cambio, en el terreno están los verdaderos hacedores de paz: los que negocian con comunidades desplazadas, los que intentan que un convoy de ayuda pase por un camino minado, los que construyen —literalmente— sobre la ruina. Y esos hacedores rara vez aparecen en los titulares. La torre se alimenta de discursos; el barro se ensucia de realidades.

La diferencia entre ambos mundos es una analogía poderosa: mientras los burócratas hacen «paperwork» sobre la paz, los que están en el terreno la hacen con sus manos. Mientras los primeros se rodean de protocolos, comités y auditorías, los segundos se rodean de carpas, polvo, incertidumbre y vidas que dependen de que las cosas funcionen ya. Esa desconexión —entre quienes deciden y quienes ejecutan— es una de las grietas más profundas de la ONU.
Además, la arquitectura de poder de la organización sigue alimentando el problema. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con cinco miembros permanentes que tienen veto, sigue siendo el museo congelado del mundo de 1945. Mientras los conflictos, las migraciones y los desafíos ecológicos responden al siglo XXI, la maquinaria de decisión se mueve al ritmo de un pasado que ya no existe.
No hay que ir muy lejos para ver la brecha entre lo que la ONU declara y lo que realmente pasa en el terreno. Basta con mirar Siria, Yemen o Gaza: tres heridas abiertas que resumen la impotencia del sistema multilateral.
En Siria, los vetos cruzados en el Consejo de Seguridad convirtieron cada intento de acción humanitaria en un laberinto político. Las resoluciones se escribían en Nueva York, pero las bombas caían en Alepo. La ayuda se discutía en inglés técnico, mientras los trabajadores de campo negociaban con milicias por un corredor seguro para los camiones.
En Yemen, la “peor crisis humanitaria del mundo” —como la misma ONU la llama— se volvió una rutina burocrática. Cada informe repite cifras alarmantes, pero las misiones en el terreno siguen esperando autorizaciones, fondos y permisos. Mientras tanto, millones de personas sobreviven de la asistencia local, muchas veces sin siquiera saber qué sigla los representa.
Y en Gaza, los informes se acumulan como archivos digitales, pero los hospitales sin luz siguen siendo una realidad. Ahí, los burócratas hablan de “reconstrucción postconflicto”, pero los trabajadores humanitarios —los que realmente están ahí— saben que el conflicto nunca se fue.

Estas contradicciones no son casuales: son estructurales. La ONU fue pensada para negociar entre Estados, no para responder a crisis que se multiplican dentro de los Estados. Su estructura vertical hace que cada decisión de campo deba pasar por capas y capas de aprobación. Y esas demoras se miden en vidas, no en minutos.
La diferencia entre los que planifican desde la capital y los que actúan en el terreno es tan grande como la distancia entre un PowerPoint y una aldea sin agua. Hay quienes confunden “coordinación interagencial” con acción, pero los que están en el barro saben que la paz no se coordina: se improvisa, se arriesga, se defiende con el cuerpo.
Por eso la ONU necesita más que una reforma institucional: necesita una reforma moral. Necesita volver a mirar el mapa desde abajo, no desde los satélites. Porque mientras algunos siguen discutiendo sobre “procesos de implementación”, otros están enterrando a quienes no llegaron a tiempo.
Y como si todo esto no alcanzara, hay un tema que atraviesa todo: la confianza. Porque no sólo hay una desconexión estructural, sino una pérdida creciente de credibilidad. Un informe reciente de la OCDE revela que, en 18 países analizados, sólo el 41 % de la población manifestó “alta o moderada confianza” en el gobierno nacional en 2023, cifra que viene bajando desde 2021. OECD+2OECD+2 Y aunque la ONU aparece en otros estudios como relativamente más confiable que otros organismos globales, también se advierte una tendencia a la legitimidad en crisis: “Surveys show majority of public still trusts U.N. despite an overall decline”. Arete News+1 En otras palabras: no se trata sólo de lo que la ONU hace o deja de hacer, sino de que cada vez menos gente está dispuesta a creerle sin reservarse una crítica.

En este contexto, la pregunta es qué futuro le espera a la ONU. Yo creo que sigue siendo necesaria. No podemos abandonar un foro global donde todos los países se sienten a hablar —incluso imperfectamente— de problemas que cruzan fronteras. Pero para que sobreviva con sentido, debe reconectarse: menos torres de mármol, más botas en el barro. Menos informes relucientes, más resultados concretos para quienes viven la crisis. Menos discursos ambiciosos en salones climatizados, más escucha activa a los que trabajan en el terreno.
A 80 años de su fundación, la ONU no necesita otro congreso conmemorativo. Necesita un momento de reflexión honesta y de cambio real. Porque la paz no se firma en los escritorios: se construye día a día en el terreno. Y la próxima vez que alguien levante una copa por los 80 años, ojalá que también levante las manos para cavar un poco en el barro.
*Licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales (UCALP)
Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD). (2024). OECD Survey on the Drivers of Trust in Public Institutions 2024: Main findings. OECD Publishing. Recuperado de
https://www.oecd.org/content/dam/oecd/en/publications/support-materials/2024/07/oecd-surv
ey-on-drivers-of-trust-in-public-institutions-2024-results_eeb36452/Main%20Findings%2020
23%20OECD%20Trust%20Survey%20-%20Launch%20107.pdf
Arete News. (2023, 24 de octubre). Surveys show majority of public still trusts U.N. despite
an overall decline. Recuperado de
https://www.aretenews.com/surveys-show-majority-public-still-trusts-un