*Por Mateo Patelli
El 22 de junio, día del solsticio en ambos hemisferios, el mundo atravesó su punto de inflexión: mientras unos celebraban la plenitud solar, otros descendían a su noche más larga. Bien puede decirse que ese mismo aire de plenitud y declive impregnó aquella noche la política internacional.
The New York Times titulaba: “Estados Unidos entra en la guerra”. Apenas dos días después de autorizar bombardeos sobre las instalaciones nucleares de Fordow, Isfahán y Natanz, Donald Trump proclamaba el cese de hostilidades entre Israel e Irán y saludaba un nuevo amanecer: “Quizás Irán pueda ahora avanzar hacia la Paz y la Armonía en la región”, escribió en Truth Social.
En solo doce días, el sistema internacional fue testigo de la apertura y el cierre abrupto de un conflicto que no por breve fue menos significativo. Lo que los medios bautizaron como la “guerra de los Doce Días” exige algo más que un repaso cronológico: requiere interrogar la naturaleza del hecho político. ¿Fue una guerra en sentido estricto, una dramatización estratégica o un ejercicio de disuasión reforzada?
En How States Think, John Measheimer y Sebastian Rosato sostienen una idea tan provocadora como reveladora: la mayoría de los Estados, la mayoría del tiempo, actúan de forma racional. Esa racionalidad no implica ausencia de emociones ni perfección estratégica, sino la capacidad de interpretar el mundo, comprender sus reglas y tomar decisiones orientadas a fines concretos. “Racionalidad –escriben los autores- es darle sentido al mundo para decidir cómo alcanzar determinados objetivos”.
La guerra entre Israel e Irán debe analizarse a la luz de esta lógica. Lejos de tratarse de una irrupción irracional o caótica, el conflicto respondió a una serie de cálculos estratégicos minuciosamente elaborados, con umbrales de acción cruzados de forma deliberada y con objetivos definidos con precisión —aunque, en ciertos casos, inconfesables— por parte de los actores involucrados.

Misiles sobre el cielo de Tel Aviv
No obstante, los Estados no piensan en aislamiento. La toma de decisiones estatales comporta siempre una doble dimensión: es al mismo tiempo producto de una racionalidad interna —anclada en la historia, las percepciones y los intereses nacionales— y de una inserción sistémica, donde toda acción se inscribe en un campo de expectativas mutuas. La racionalidad de un actor puede fácilmente devenir amenaza para otro; lo que desde un centro de decisión se percibe como cálculo estratégico puede, desde otro, ser leído como provocación intolerable. De allí que toda racionalidad internacional suponga, de forma explícita o implícita, cierto grado de información compartida, accesible o al menos inferible.
Partiendo de estas premisas, puede sostenerse que el lanzamiento de la guerra preventiva por parte de Israel respondió a un objetivo estratégico inequívoco: neutralizar las capacidades nucleares del régimen iraní antes de que desafiaran su propia supervivencia.
El 13 de julio se lanzó la Operación León Ascendente, una serie de ataques de precisión dirigidos desde Tel Aviv que no solo apuntaron a las instalaciones nucleares de Fordow e Isfahan, sino que buscaron desmantelar toda la infraestructura científica y técnica que sostiene el programa nuclear iraní. Las ofensivas alcanzaron bases aéreas estratégicas y se dirigieron incluso contra figuras clave del desarrollo armamentístico, incluidos científicos involucrados en el proyecto.
En apenas horas, 200 aeronaves israelíes desplegaron más de 330 municiones y eliminaron a casi la totalidad de la Guardia Revolucionaria Iraní. Fue, en este sentido, una operación concebida no solo para demoler capacidades materiales, sino para alterar el horizonte de posibilidad tecnológica y política del adversario.
No obstante, en cuestión de horas, Trump marcó su primer distanciamiento al vetar el plan de Tel Aviv de eliminar al ayatolá Alí Jameneí, líder político y espiritual. Comprendió que un intento de cambio de régimen, en ese contexto, no solo resultaba temerario, sino profundamente irracional: habría desencadenado una escalada global de proporciones incalculables.

El programa de nuclearización impulsado por Teherán no constituye una amenaza hipotética ni una conjetura alarmista dentro del sistema internacional. Por el contrario, se trata de una realidad estructural, sostenida en el tiempo y proyectada mediante señales inequívocas por parte del régimen iraní.
Su persistencia, combinada con una retórica abiertamente antiisraelí y una política regional basada en alianzas de corte revisionista, ha configurado un marco perceptivo en el cual la acción militar israelí se presenta —desde su propia lógica estratégica— como una respuesta preventiva ante una amenaza inminente y de carácter existencial.
Lo cierto, sin embargo, es que Israel posee armamento nuclear desde mediados de la década de 1970, mientras que Irán —pese a sus avances tecnológicos y su retórica estratégica— aún no ha alcanzado ese umbral. Basándose en la lógica de la autonomía respecto a Occidente, a partir de 1979, el régimen iraní ha promovido una narrativa de autosuficiencia (khod-kafa’i) como pilar ideológico frente a lo que llama “arrogancia occidental”.
Esta asimetría material introduce una dimensión paradójica en la lógica de la disuasión regional: quien tiene efectivamente el poder destructivo último actúa bajo la premisa de prevenir su mera posibilidad en el adversario.
Esta tensión no es novedosa: en 1981, Israel la materializó con el bombardeo preventivo al reactor nuclear iraquí de Osirak, dando inicio a una política de neutralización sistemática de cualquier actor regional que intentara desarrollar capacidad atómica. La llamada Doctrina Begin —según la cual ningún enemigo potencial debe siquiera aproximarse al umbral nuclear— continúa plenamente vigente.
La guerra preventiva, en este sentido, no es el reflejo de una equivalencia de fuerzas, sino del potencial riesgo que puede representar que Irán tenga armas de destrucción masiva. Sin embargo, resulta difícil sustentar la premisa de que Irán no deba contar, al igual que su adversario, con capacidad nuclear.
En definitiva, la aspiración iraní de dotarse de una capacidad disuasiva equivalente a la de su principal rival regional es, según Stephen Waltz, menos una amenaza que una forma de estabilización; un reequilibrio que restituya cierto principio de simetría. En términos del politólogo chino, referente del neorrealismo defensivo, Shiping Tang, “los Estados no buscan maximizar el poder, sino maximizar la seguridad. La clave es la supervivencia, no la dominación”.
Ambos actores operan en un entorno de incertidumbre estratégica, donde la desconfianza mutua los lleva a temer las intenciones del otro. Y dado que el poder es percibido como un medio indispensable para alcanzar la seguridad, cada uno busca acumular más poder. Así, sus acciones defensivas son leídas como amenazas, lo que alimenta un ciclo de reacción y escalada. A este fenómeno se lo conoce como dilema de seguridad.

Los mandatarios de ambos países: Benjamin Netanyahu (Israel) y Alí Jamenei (Irán)
Tras los bombardeos en Fordow y Natanz, el ministro de Relaciones Exteriores iraní, Abbas Araghchi, denunció que Estados Unidos había destruido gran parte de las capacidades científicas del país. Sin embargo, recientes imágenes satelitales revelan una intensa actividad en la planta de Fordow, con un notable despliegue de maquinaria pesada operando junto a los cráteres provocados por las bombas antibúnker lanzadas desde aviones B-2 Spirit en los sitios subterráneos atacados, lo que sugiere que la búsqueda de capacidades nucleares sigue activa y responde a una razón de Estado.
Como enseña la historia de las relaciones internacionales, los sistemas desequilibrados no permanecen estáticos: tienden, inevitablemente, a reconfigurarse. Y si —como advierte la escuela realista— el poder exige ser equilibrado, el dilema no es cómo detener esa dinámica, sino cómo gobernarla antes de que se torne ingobernable. En un escenario donde la proliferación nuclear dejó de ser una amenaza emergente para convertirse en una constante estructural, lo que se disputa ya no es solo el alcance del programa iraní, sino la autoridad misma de un orden internacional que pretende limitarlo. En esa tensión reside el verdadero epicentro de la crisis.
*Estudiante avanzado de la Licenciatura en Relaciones Internacionales. Alumno del Programa virtual para el Fortalecimiento de la Función Pública en América Latina de la Fundación Botín y del Programa “Estados Unidos en el siglo XXI” de la UCA y Embajada de Estados Unidos. Coordinador del Instituto de Análisis Políticos y Electorales (IAPE).