(*) Por Bianca Orsi
“El poder no se toma: se construye. Y muchas veces, se disfraza de virtud”, Michel Foucault.
En las narrativas clásicas de las Relaciones Internacionales, el poder se concebía como una confrontación directa entre potencias dominantes y dominadas. Sin embargo, hoy el poder ya no depende exclusivamente de las fronteras ni del uso visible de la fuerza militar. Los Estados ejercen control mediante métodos sutiles que penetran las estructuras desde adentro, no imponiendo su dominio de forma explícita, sino a través de un poder simbólico y cultural que se infiltra en la aceptación y la normalización.
Este tipo de poder, denominado “soft power” por Joseph Nye, representa formas de control más difíciles de detectar y resistir. Opera a través del consenso y relatos ampliamente aceptados, valiéndose de discursos, valores y liderazgos simbólicos que moldean la aceptación sin necesidad de imponer. Aunque Nye lo presentó como una alternativa ética al dominio tradicional, en la práctica suele encubrir hegemonías disfrazadas de armonía, donde cualquier discrepancia se percibe como una amenaza.
En este sentido, el ex presidente uruguayo, José Alberto Mujica, afirmó que: “El poder no cambia a las personas, sólo revela quiénes son en realidad”, recordándonos que los espacios que no toleran la crítica no siempre son fuertes, sino apenas estables por costumbre. El poder actúa como un espejo: no inventa nada, pero amplifica aquello que ya estaba latente, lo desenmascara.
Quienes lo asumen con humildad y apertura suelen fortalecer los valores colectivos; en cambio, quienes lo entienden como un privilegio personal comienzan a restringir el acceso, el reconocimiento y la legitimidad como si fueran recursos escasos. En contextos donde el prestigio funciona como moneda simbólica, se vuelve evidente quién actúa en clave comunitaria y quién comienza a capitalizar su presencia. Lo que aparentaba ser un espacio abierto y horizontal deviene coro unívoco. El poder, entonces, no solo revela a las personas: también expone las fragilidades de los vínculos que lo sostienen.
La estudiante de la UCALP e integrante del IAPE, Bianca Orsi
Es clave observar el poder en todos los ámbitos: no solo en las cumbres diplomáticas o en los foros globales, sino también en las universidades, en los proyectos que siempre llevan el mismo nombre y en los liderazgos que se eternizan sin cuestionamientos. Cuando un espacio no tolera la disidencia, quizás no sea tan fuerte como aparenta, sino simplemente inercial.
Esta dinámica se replica en microespacios cotidianos, donde ciertas figuras se vuelven omnipresentes. Dominan conversaciones, proyectos y reconocimientos, apropiándose silenciosamente de ideas ajenas y consolidando liderazgos que parecen inamovibles.
En muchos espacios académicos e institucionales, la pluralidad suele ser solo un discurso vacío, donde la verdadera diversidad de ideas queda desplazada por el protagonismo reiterado de unos pocos que monopolizan la voz y la legitimidad ante los docentes. Se celebra la diversidad de nombres, pero las ideas circulan con el mismo acento. Esta dominación simbólica, que se reproduce mediante la repetición y el consenso superficial, naturaliza ciertas ideas y figuras casi incuestionables, creando un ambiente donde el poder parece inevitable. La apropiación simbólica de propuestas ajenas refuerza la presencia y el prestigio de estos líderes, limitando la construcción colectiva y el reconocimiento de otros. Así, el protagonismo se distribuye como una herencia: no se disputa, se perpetúa.
Tal como señala el prestigioso académico Antonio Gramsci, la hegemonía más efectiva es la que se naturaliza, convenciendo que no hay alternativas y que el orden vigente es inevitable. En consonancia, el filósofo y teórico francés Michel Foucault advierte que este poder no se impone de un solo golpe, sino que se construye diariamente con la participación activa tanto de quienes lo ejercen como de quienes lo aceptan.
No existen imperios sin consecuencias, ni siquiera aquellos que operan como poder simbólico. La verdadera resistencia no implica confrontar directamente; a veces basta con atreverse a disentir cuando todos están entrenados para aplaudir lo mismo. Romper con estas dinámicas supone desafiar la inercia y apostar por una participación genuina, donde la diversidad y el diálogo crítico no sean solo palabras, sino prácticas efectivas que renueven el espacio académico.
(*) Estudiante avanzada de la Lic. en Ciencia Política y Relaciones Internacionales (UCALP). Integrante del Laboratorio de Políticas Públicas hacia la Cuestión Malvinas (UNLP) y del Instituto de Análisis Político y Electorales (IAPE).