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El Mayo Cristiano

El mes de mayo está “sembrado” de momentos distinguidos para la sensibilidad religiosa y patriótica de un argentino. Veamos cuáles son.

Comenzamos con el día del trabajador, el 1 de mayo, recordando a San José Obrero. Fue esta la oportunidad de dar gracias por el don del trabajo querido y bendecido por Dios con el cual el hombre coopera con Él en la perfección de la creación y marca la tierra con el carácter espiritual. Además, viviendo en común, participando de una misma esperanza y sufrimiento, de una ambición y de una alegría, los hombres unen voluntades, aproximan los espíritus y funden los corazones (Beato Pablo VI, Popularum progressio 27). Se recuerda en esta fecha un movimiento social que, en 1886 en Chicago, causó injustas muertes y silenciamiento de hombres que pedían una jornada laboral de ocho horas. ¡Pensar que nuestros monjes, ya desde la antigüedad cristiana, dividen el día en tres momentos: ocho horas para el trabajo, ocho para la vida intelectual-espiritual-comunitaria y ocho para el descanso bajo el lema ora et labora que cristaliza la regla de San Benito, acertando las necesidades de la naturaleza humana!

El día 8 de mayo escuchamos desde una carreta detenida la voz de Cristo que nos dice desde 1632 en Luján: “Argentina, aquí tienes a tu Madre”. Aunque las fronteras e identidad nacional todavía no estaban definidas -y faltaban casi dos siglos para esto-, se anticipaba, en la Pura y Limpia imagen de la inmaculada concepción del río de Luján, la certeza de saber que Dios ya estaba aquí. Como hemos dicho más arriba, los habitantes tendrán que trabajar para cimentar y fraguar una nueva patria colaborando con Dios en la tarea de llevar adelante su creación y providencia, alegres, unidos, esperanzados pero no sin el sufrimiento que da el compromiso de un pueblo que dará a luz una nación.

Con la ascensión de Jesús al Padre el domingo 17, vivimos con los apóstoles la certeza de que “todo lo que antes causaba miedo después se convierte en gozo. (…) para que la inteligencia, iluminada por la fe, creyera que Cristo, ni descendiendo, se había apartado del Padre, ni con su Ascensión se había apartado de nosotros.” (San León Magno, Sermón 74).

Con el Pentecostés el domingo 24, celebramos, después de la ascensión de Cristo, el descenso del Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia naciente y el inicio de la continuación en la obediencia de “hacer” en su memoria. El nacimiento de la Iglesia y primicia de la patria este año se acercan en su recuerdo.

El 25 de mayo celebramos el inicio del proceso de surgimiento del Estado Argentino sin proclamación de la independencia formal todavía, en el que participaron veinticuatro clérigos de la Iglesia católica emprendiendo, a partir de la esperanza, una nueva etapa desde la que alzará, sobre la faz de la tierra, una nueva y gloriosa nación.

El último día del mes celebramos la visitación de María a su prima santa Isabel; aprendemos el servicio, la entrega y la presencia de la joven Iglesia que lleva a Cristo en la primera misión prefigurada desde el vientre de la Virgen.

Este mes se llena de recuerdos (re+cor+dare: ‘volver a dar al corazón’). Pasos de Fe que nos hacen mirar siempre adelante, buscando mejorar la patria con el progreso racional y libre, sin fanatismos ni ideologías que informan y obligan a asumir de un modo “acrítico” convicciones aferradas al pasado impuesto bajo pena de ser enemigo y traidor. En este mes de mayo importante para el hombre de fe y argentino, recordamos algo de nuestra identidad desde las sentencias de un escrito anónimo del siglo II: “Los cristianos habitan en sus propias patrias, (…) participan en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros del tiempo, (…) se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. (…) Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo.” (carta a Diogneto).

 

Pbro. Fernando Sagaspe

Capellán Gral. de la UCALP

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