El uso de dispositivos móviles en las escuelas secundarias genera una preocupación constante en la comunidad educativa, por su empleo irrestricto y por las dificultades de los estudiantes para prestar atención y tolerar los momentos de silencio o “aburrimiento”. En este marco, Mirella de María, psicóloga y licenciada en sistemas, investigó sobre la dependencia a los celulares en los adolescentes de los secundarios de la UCALP, asociándolo al impacto del FoMO o miedo a perderse algo.
El FoMO (Fear of Missing Out, en inglés) es un malestar de época, que se asocia con la preocupación de que otros puedan estar teniendo experiencias gratificantes sin uno estar presente. “Es un modo subjetivo de vincularse con la conectividad, que implica la necesidad constante de mantenerse actualizado sobre lo que hacen los demás. Cuando el adolescente siente (de ahí lo emocional) que debe estar conectado para no quedar excluido, el bienestar comienza a depender del entorno digital”, destacó Mirella.
A la hora de analizar el uso de los móviles en la población adolescente de los colegios preuniversitarios, aparecieron indicadores que muchas veces son considerados normales, pero que sostenidos en el tiempo se vuelven señales de alerta. Entre los más frecuentes, la investigadora puntualizó en los siguientes:
Además, registró molestias físicas asociadas a la gran cantidad de horas con el aparato en mano, como dolores en pulgares, muñecas y cervicales; molestias en ojos, codos y articulaciones; y el mantenimiento de posturas corporales inadecuadas por largos periodos de tiempo.
“Estos signos no siempre se presentan de forma grave, pero cuando se vuelven persistentes reflejan que el vínculo con la tecnología puede estar impactando en la salud integral. Lo relevante es que muchos de estos síntomas aparecen naturalizados, lo cual dificulta su detección temprana”, indicó.
Mirella De María, docente e investigadora
En el intercambio con los estudiantes, apareció la idea de pérdida de control con los celulares. Fundamentalmente, en los intentos fallidos de reducir su uso y en una percepción subjetiva de no poder soltarlo, aun cuando se desea hacerlo. “En términos psicológicos, no se está hablando necesariamente de adicción clínica, sino de patrones conductuales que muestran dificultad en la autorregulación. Cuando deja de ser una herramienta y pasa a ocupar un lugar central, su empleo se convierte en una respuesta automática frente al aburrimiento, la ansiedad o la necesidad de pertenencia”.
La adolescencia, subraya De María, es una etapa de construcción, donde lo identitario y la pertenencia colectiva devienen elementales. Las redes sociales intensifican estos procesos: “Siempre hay una persona que parece estar viviendo algo mejor. Esto puede generar presión por mostrarse activo, feliz o integrado”.
En ese estado de conectividad permanente, también se reducen espacios necesarios para el desarrollo emocional de los jóvenes, como el tiempo de espera, el aburrimiento creativo, la reflexión personal y la conversación cara a cara sin interrupciones.
“Los jóvenes no nacen necesitando estar conectados todo el tiempo; más bien han aprendido que esa es la dinámica social actual. Por eso, la educación en el uso saludable resulta clave”, señaló la investigadora.

Para acompañar y proteger al adolescente, Mirella aclaró que se puede abordar la utilización de celulares en las instituciones educativas desde un enfoque “preventivo y formativo”, que no caiga lisa y llanamente en la prohibición, atendiendo a los siguientes consejos:
En los hogares, la psicóloga recomendó evitar como primera medida la quita del celular, sino prestar atención a los cambios en el comportamiento. “Como el adolescente está formando su identidad, existe el deseo que su punto de vista sea escuchado y contemplado. Con diálogo y negociación, se pueden establecer límites coherentes, fomentar actividades offline significativas y no demonizar la tecnología, que es parte de su vida”, aseveró.
A futuro, contó que planea continuar con esta investigación, ya sea estableciendo comparaciones con el estado de situación de las escuelas estatales, dirigiéndose a otras localidades u organizando intervenciones preventivas. “El objetivo final no es solo describir el fenómeno, sino contribuir a estrategias de prevención y promoción de salud mental adolescente”, concluyó.