El desafío pastoral al que nos invita "Amoris laetitia"
El desafío pastoral al que nos invita “Amoris laetitia”
El desafío pastoral al que nos invita “Amoris laetitia”

Una vez más, el sucesor de Pedro ofrece a la Iglesia, y por ella al mundo todo, un documento magisterial que vuelve la atención sobre la familia, anunciando la belleza del plan divino sobre esta institución fundamental e invitándonos a acompañar su caminar, con una pastoral más inteligente, profunda y efectiva.


Recuerda el Papa que “el camino sinodal permitió poner sobre la mesa la situación de las familias en el mundo actual, ampliar nuestra mirada y reavivar nuestra conciencia sobre la importancia del matrimonio y la familia. Al mismo tiempo, la complejidad de los temas planteados nos mostró la necesidad de seguir profundizando con libertad algunas cuestiones doctrinales, morales, espirituales y pastorales. La reflexión de los pastores y teólogos, si es fiel a la Iglesia, honesta, realista y creativa, nos ayudará a encontrar mayor claridad” (n. 2).

La exhortación, como afirma, recoge los aportes de los dos Sínodos recientes sobre la familia, agregando otras consideraciones que puedan orientar la reflexión, el diálogo o la praxis pastoral y, a la vez, ofrecer aliento, estímulo y ayuda a las familias en su entrega y en sus dificultades (cf. n. 4).

Enmarcada en el contexto del Año Jubilar de la Misericordia, Francisco explica que la exhortación “adquiere un sentido especial”, por dos razones: “la entiendo como una propuesta para las familias cristianas, que las estimule a valorar los dones del matrimonio y de la familia, y a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia” y además “procura alentar a todos para que sean signos de misericordia y cercanía allí donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo” (n. 5).

La exhortación apostólica tiene su corazón, como Francisco señala, en los capítulos 4 y 5, desde los cuales es posible deducir un principio directivo de toda la pastoral de la Iglesia en el campo de la Familia: “no podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar” (n. 89). Se trata entonces, como nos dice, de “hablar del amor” cotidiano entre los esposos y con los hijos, que se proyecta hacia los miembros de la familia grande (n. 187) como fuente de auténtica alegría.

De esta mirada surgen las perspectivas pastorales a las que se refiere el capítulo 6, de anunciar el Evangelio de la familia hoy, especialmente a los que se preparan al matrimonio y transitan los primeros años de vida conyugal animándolos a vivir la plenitud del amor, fortaleciéndolos frente a las posibles crisis y dificultades de su desarrollo (n. 231), para que puedan responder generosamente a los compromisos que genera la familia, especialmente la educación de los hijos (n. 259).

Esta dirección de la pastoral profundiza y reafirma la vocación de la familia en la verdad y belleza del plan de Dios sobre ella, evocado en los capítulos primero y tercero a la luz de la teología bíblica, tal como la Iglesia la ha venido proponiendo en su enseñanza y lo han testimoniado tantas familias cristianas.

Pero el documento, siguiendo la experiencia del camino sinodal que lo ha precedido, tiene presente la situación que atraviesa la familia hoy, el contexto socio cultural, y la realidad compleja de quienes sufrieron rupturas y deben asumir las consecuencias de la fragilidad humana y del pecado.

En este sentido, no se propone ni un cambio de doctrina ni, una “nueva normativa general”, sino alentar a un “responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares” (n. 300), lo cual conlleva hacer efectiva la “conversión pastoral” -a la cual se ha referido en otras oportunidades- también en un cambio de actitud hacia quienes sufren las consecuencias de la ruptura familiar, con diversos grados de responsabilidad moral.

Y esto, no para desarrollar una “pastoral de los fracasos”, sino para agudizar el “esfuerzo pastoral para consolidar los nuevos matrimonios y así prevenir las rupturas” (n. 307), para invitar a “descubrir el valor y la riqueza del matrimonio” (205), tal como lo define acabadamente el número 292: “El matrimonio cristiano, reflejo de la unión entre Cristo y su Iglesia, se realiza plenamente en la unión entre un varón y una mujer, que se donan recíprocamente en un amor exclusivo y en libre fidelidad, se pertenecen hasta la muerte y se abren a la comunicación de la vida, consagrados por el sacramento que les confiere la gracia para constituirse en iglesia doméstica y en fermento de vida nueva para la sociedad”.

Amoris laetitia nos invita a reflexionar sobre las consecuencias dolorosas del fracaso de las relaciones, y a la vez nos estimula a un cambio de actitud hacia quienes lo sufren, considerando más de cerca, con prudencia y discernimiento, con actitud acogedora y hasta hospitalaria (de “hospital de campaña”) la situación de los divorciados en nueva unión, sin pensar superficialmente en una solución inmediata o subjetivista: “Los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensibilidad actual, para estar a la moda, o por sentimientos de inferioridad frente al descalabro moral y humano. Estaríamos privando al mundo de los valores que podemos y debemos aportar. Es verdad que no tiene sentido quedarnos en una denuncia retórica de los males actuales, como si con eso pudiéramos cambiar algo. Tampoco sirve pretender imponer normas por la fuerza de la autoridad. Nos cabe un esfuerzo más responsable y generoso, que consiste en presentar las razones y las motivaciones para optar por el matrimonio y la familia, de manera que las personas estén mejor dispuestas a responder a la gracia que Dios les ofrece” (n. 35).

Como ya lo señaló el Cardenal Schönborn al presentar la exhortación, hay una actitud de inclusión fundamental, que no debe ser entendida como un paso al relativismo, que atraviesa toda la exhortación, y que exige dos palabras claves: discernir y acompañar, no sólo a quienes sufren las rupturas, sino también a cada matrimonio, cada familia: todas, dice Schönborn, están en camino y todas necesitan ‘discernimiento’ y ‘acompañamiento’.

Así, el capítulo octavo vuelve a proponernos como lo hiciera el Vademecum para los Confesores  (PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA, Vademécum para los confesores sobre algunos temas de moral conyugal, Ciudad del Vaticano, 12 de febrero de 1997) , la gradualidad pastoral (n. 293) necesaria para aplicar la “lógica de la misericordia” (n. 307). Se puede ver, por las fuentes citadas, como este capítulo debe mucho al intenso trabajo de los dos Sínodos, inclusive la necesidad de continuar la reflexión sobre el acompañamiento pastoral de situaciones complejas para “acompañar, discernir e integrar la fragilidad” (n. 291) sin perder de vista como “es preciso afrontar todas estas situaciones de manera constructiva, tratando de transformarlas en oportunidad de camino hacia la plenitud del matrimonio y de la familia a la luz del Evangelio. Se trata de acogerlas y acompañarlas con paciencia y delicadeza”. (n. 294).

Para ello, el Papa dice cómo puede y debe ser este discernimiento personal y pastoral: “Se trata de un itinerario de acompañamiento y de discernimiento que orienta a estos fieles a la toma de conciencia de su situación ante Dios (…) este discernimiento no podrá jamás prescindir de las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio propuesto por la Iglesia” (n. 300).

El Papa hace también una consideración de la influencia negativa de la ideología del género y las leyes que permiten los alquileres de vientre, la adopción del hijastro, el llamado “matrimonio” entre personas del mismo sexo, etc. Así mismo, hace referencia a las causales que vician el consentimiento matrimonial, y que es necesario advertir en el tiempo de la preparación.

La exhortación cierra con un capítulo final muy valioso, dedicado a la espiritualidad matrimonial y familiar, que pone al misterio pascual como fuente de vida nueva en Cristo, invitando a los esposos como fundamento del hogar a cultivar una interioridad que favorezca la acción de la gracia del sacramento en todo momento.

Pbro. Dr. Esteban Pablo ALFÓN