El arte y los hombres en «Colectánea», la última obra de Horacio Castillo | UCALP
El arte y los hombres en «Colectánea», la última obra de Horacio Castillo
El arte y los hombres en «Colectánea», la última obra de Horacio Castillo

El 18 de mayo pasado, en el marco del Día Internacional de los Museos, Alfredo Maxit tuvo una charla expositiva sobre “Colectánea”, la última obra de Horacio Castillo. Los invito a leer las palabras pronunciadas en homenaje a tan notable escritor.

«El 23 de abril de 1903 Rilke le escribe al joven poeta Franz Kappus: “las obras de arte son de una infinita soledad”. Rilke lo dice con relación a la crítica, que a su juicio no permite abordar la obra de arte, pero la frase va sin proponérselo mucho más lejos: revela un aspecto esencial del objeto estético. Este, como mero objeto, como objectum, está arrojado ante, colocado delante, esperando una respuesta sin la cual es imposible la comunicación de su ser. Como dice Jean Starobinsky, la obra de arte “se muestra y calla”. Y este callar, agreguemos, instaura el abismo. Abismo entre la obra de arte y su arquetipo, abismo entre la obra y su creador, abismo entre la obra y el receptor, abismo entre la obra y el tiempo, entre la obra y el espacio, entre la obra y la historia, entre la obra y su misma precariedad material. Estremece pensar que un día acaso no existirán la Gioconda, la Piedad, los girasoles de Van Gogh; o cuando se repara en lo que se ha tragado la nada: odas de Safo, palabras de Cristo».

Horacio Castillo.  Colectánea. Apuntes para una gnoseología poética.

«Cuando imaginé y emprendí esta Colección, que contó con el generoso auspicio de Ediciones Al Margen, no pensé que ella iría poblándose de hombres ya mayores en la literatura argentina contemporánea <> Quiere ahora la fortuna que la nómina pueda coronarse con esta contribución de Horacio Castillo, uno de los más grandes poetas que han dado nuestras letras».

Mario Goloboff. Colectánea, Contratapa.

Así se refiere Horacio Castillo a la exhortación de Enrique Anderson Imbert para que publicara esa, su variedad de temas, desplegada a través de medio siglo.

«”Usted tiene que escribir todo eso”, me intimó un día. “Los tiene que reunir y volver a publicar” –insistió. Traté de invocar algún pretexto, entre ellos mi vinculación con figuras destacadas, que podría interpretarse como narcisismo. Pero fue contundente: “Pamplinas”. Pongo, pues, al amparo de esa generosa exhortación, la presente Colectánea, que no tiene otra pretensión que compartir momentos de amistad, lecciones de ética, ejemplos de respeto intelectual, reflexiones sobre el mundo de la literatura al que, mal o bien, consagramos nuestra existencia. Una lucha, tal vez infructuosa, contra la dispersión de todo aquello que nos sale al paso de la vida. Pero como dijo Unamuno, “cuando uno descubre una aparición que buscaba, ¿acaso no es que la aparición, compadecida de su busca se le viene al encuentro?»

Horacio Castillo. Colectánea. Introducción.

«Elijo estos tres textos como orientadores de esta lectura que busca ser invitación a otras lectura y que, por lo tanto, coloca en primer lugar los textos de la obra, más teniendo en cuenta que, con una edición sola, Colectánea puede llegar a ser, con los años, otra obra de arte que sufra por su misma precariedad material.

Como el arte y su misterio fue la preocupación vital que le mereció luminosas disertaciones, trasladaré -hacia el final de esta charla expositiva- una abreviada consideración de las mismas.Por mi parte, creo que no sólo la exhortación de Anderson Imbert lo motivó a la escritura de ésta, su última obra, sino también el estímulo de Encuentros, el libro que Vicente Aleixandre le regalara, cuando -de 24 años- visitara en 1959  al futuro premio Nobel. De hecho Vicente Aleixandre en Madrid fue el artículo con el que comenzara el borrador de  estas páginas, las que me fuera enviando por correo electrónico en septiembre de 2007, cuando yo vivía en Buenos Aires. Yo entendí que esos envíos y las opiniones que me solicitaba eran un pretexto amistoso que lo empujaba a cumplir con sus propósitos. Fui su entusiasta y favorecido partenaire, pero he de aludir a aquellos envíos solamente cuando estime que suman  en algo.

Alfredo: he pensado recoger en libro, con el título de Collectánea, una serie de notas sobre gente que conocí, sobre todo en mi juventud. Terminé el primer borrador hace un rato y lo quiero compartir con vos. Es sobre mis encuentros con Aleiandre. Sobre esto publiqué, años ha, un artículo en La Nación, que ahora he recreado.

La publicación de Colectánea retrocede en el tiempo y comienza con un artículo dedicado a Ricardo Rojas, a quien conociera a los 17 años.El texto de contratapa de Mario Goloboff, mucho más extenso en el libro, lo he transcripto porque ubica a Horacio Castillo en el lugar de elevada importancia que ocupa en nuestras Letras. También porque me da cabida a las breves apreciaciones sobre la obra y textos a seleccionar.

Para quienes no lo han conocido o no lo han leído, estos datos biográficos básicos:Nació en Ensenada, el 28 de mayo de 1934. Viajó a Madrid y a otros lugares de Europa, a la edad de 24/25 años. Vuelto a Ensenada en el mismo año de sus viajes, 1959, se trasladó años después a La Plata, ciudad en que vivió y realizó su maestría literaria hasta su fallecimiento, el 5 de julio de 2010, el mismo año en que se publicara Colectánea, el libro que nos congrega.

En la Introducción, Castillo organiza y detalla la diversidad genérica de Colectánea, de esos cincuenta años de escritura que empiezan con los encuentros –personales y epistolares, continúa con el cumplimiento de dos itinerarios vinculados a la literatura –la ruta de Don Quijote, la peregrinación a Il Vittoriale, la residencia de D’Annunzio sobre el lago de Garda; vuelve a encuentros epistolares posteriores, algunos de mera cortesía, con escritores españoles, como Camilo Cela, escritores franceses famosos, y con argentinos, con Victoria Ocampo y Alberto Girri, entre muchos.

Posteriormente, nos comenta: ya dedicado a la traducción de la poesía griega, intercambié correspondencia con Odysseas Elytis, premio nobel 1970, de quien traduje varios textos y que me honró con cartas de notable generosidad intelectual <> También tuve correspondencia con otro gran poeta griego, Takis Varvisiotis, al que traduje<> Como ellos, muchos otros escritores –consagrados y jóvenes me facilitaron sus libros.

Antes había destacado los libros de Nikos Kazantzakis enviados por su esposa Helena.Y prosigue: Sobre algunas experiencias escribí artículos en diarios y revistas, en La Nación, sobre todo.  A ellos se le agregaron <> trabajos de distinto tenor: estudios preliminares, glosas, disertaciones en la Academia Argentina de Letras, notas sobre el Quijote visto por Kazantzakis, el encuentro de éste con Unamuno, mi conversación con Victorino Nogueira, el último sobreviviente de aquellos paisanos a quienes Ricardo Guiraldes dedicó Don Segundo Sombra, la singular historia del poeta francés Henri Levet, que después de un largo olvido labró su fama con solo diez poemas, uno de ellos dedicados a la ciudad de La Plata».

FRAGMENTOS DE ALGUNOS ENCUENTROS Y CORRESPONDENCIAS

No podré transcribir, leerles aquí, sino fragmentos de los textos elegidos, fragmentos que sobrellevarán cortes y largos saltos en más de un caso

Encuentros. A veces buscados, a veces causales, ocasionales o duraderos. Para un muchacho de mediados del siglo XX, que borroneaba versos, visitar a Ricardo Rojas, saludar a Pablo Neruda, tomar café con Borges eran verdaderos acontecimientos. Como también lo eran recibir una esquela de Arturo Capdevila, una tarjeta de Enrique Larreta o un acuse de recibo de Alfonso Reyes.De este grupo elijo –toda elección es pérdida- dos textos que escucharán/ leerán fragmentados.

Ricardo Rojas: loor y gratitud. Se trata de la transcripción de la Introducción a su Ricardo Rojas, la valiosa biografía, editada en 1999, por la Academia Argentina de Letras.

“El 31 de diciembre de 1951 conocía a Ricardo Rojas. Yo tenía 17 años y mi profesor de Literatura en el Colegio Nacional de la Plata, doctor Fernando M. Lizarralde- que conocía mis primicias poéticas- me había propuesto acompañarlo a la casa de su maestro y amigos <> Mis visitas se hicieron periódicas. Una o dos veces por mes volvía a su casa, empujaba el cancel y avanzaba por la galería con esa solemnidad en el corazón, ese peso de inmortalidad de que habla Reynolds en una carta a Keats<>

<>Un día me dijo: “como secretario no tiene mucho que hacer, porque aquí no hay secretos que guardar; además los secretarios siempre terminan mal, como Rilke con Rodin. En cambio como bibliotecario, mire si tiene… Y me señalaba los anaqueles repletos de libros <> Mi función principal, en esos tiempos de dolorosa soledad, era la del interlocutor<>

<>En octubre de 1954, con motivo de su candidatura al premio Nobel, me invitó a acompañarlo a Santiago del Estero y Tucumán <> Viajé primero, un jueves, en “tren lechero” y Rojas lo hizo el sábado <> Llevaba conmigo un enorme baúl repleto de libros, retratos, documentos y cartas para ser exhibidos en Santiago, y una “Oda a Ricardo Rojas” que, impulsado por mi admiración, le había escrito tiempo atrás<> En la estación de Santiago, como las cartas <> no habían llegado, no me esperaba nadie. Subí entonces a un coche de plaza, cargué en otro mi equipaje y el baúl y, al sol del mediodía santiagueño, fui a presentar mis credenciales. Ya en el hotel me esperaba otra experiencia: los notables venían a saludar al “enviado” de Rojas y no salían de su sorpresa a ver aparecer a un chico esmirriado de veinte años y abundante cabellera. Y qué sensación inefable cuando al día siguiente, al abril “El Liberal”, encontré la siguiente noticia: “Para asistir a los actos programados y participar en ellos, ha llegado a nuestra ciudad el poeta bonaerense Horacio Castillo…”

Borges y el joven poeta.

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Hacia 1954 la fama de Jorge Luis Borges era modesta. Así comienza la nota. Recuerda Castillo cuando Borges, que entonces presidía La Sociedad Argentina de Escritores, llegó a La Plata para hablar sobre La Cábala en una institución judía. Como los organizadores del acto –jóvenes estudiantes- eran amigos míos, recibí la misión de esperar a Borges en la estación de tren y retenerlo en la confitería hasta que hubiera público. Borges llegó con la escritora Ema Rizzo Platero <> y esperamos más de una hora para dirigirnos al salón. Después de una conversación sobre distintos poetas, entre otros, sobre Francisco López Merino <> llegó el emisario y nos pusimos en marcha, no recuerdo si a pie o en tranvía hacia el lugar de la conferencia <> A su término, en el pequeño departamento de Arnaldo Calveyra, entonces estudiante de Letras, un grupo de amigos agasajó a Borges con una picada<> En cierto momento de la reunión, no recuerdo si en un tocadiscos  de Calveyra o por radio, se escucharon los acordes de un tango. Y, aunque hoy resulte increíble, Borges se puso a bailar con Ema. A medianoche lo acompañamos a la estación y, mientras sentados en el vagón esperábamos el silbato de partida, me las arreglé para concertar un encuentro. No sé cuántos días pasaron <> hasta que lo llamé por teléfono y me invitó a tomar el té en la tradicional confitería La Fragata <>El día indicado, a las cinco de la tarde, estaba allí, Borges no tardó en llegar. Hablamos de los amigos<> de la llamada “primavera trágica”: López Merino, Héctor Ripa Alberdi, Mario Delheye y Alberto Mendióroz. Le dije. o más bien me atreví a decirle, que lo mejor de esa poesía era un poema de Ripa Alberti titulado “Jesús en Grecia”, incluido en “El reposo musical”, libro publicado en 1923. Borges no lo conocía. Le dije algunos versos. Les leo solamente los últimos cuatro.

“No te encontré Jesús, y yo estaba seguro 
que un alma tan profunda y un corazón tan puro, 
que se entregó en parábolas a todos los humanos,
debió ser un poeta de los tiempos paganos.

Borges se quedó callado un instante y, casi como para sí repitió: debió ser un poeta de los tiempos paganos. Agregó: Qué verso notable ¿no? Respondí: Parece ser escrito por usted. “Tal vez lo escriba un día” –ironizó.

Mi comentario sobre el poema de Ripa Alberdi pareció haberle interesado, porque a continuación me preguntó por mis inquietudes literarias y se interesó en conocer lo que escribía. Saqué de un sobre varios textos y se los fui alcanzando. Borges, con paciencia digna de mejor causa, los fue leyendo y, al terminar, dijo: “Usted domina muy bien la técnica del verso, pero yo no sé qué suerte le puede esperar a un poeta que escribe como Darío escribía hace cincuenta años”. Guardé los poemas, lo acompañé hasta su casa de la calle Maipú y, todavía turbado por el veredicto, me despedí mascullando vaya a saber qué sobre el implacable –pero en el fondo tan justo- crítico.

Encuentros (madrileños). Más tarde <> conocí en Madrid A Vicente Aleixandre, Ramón Menéndez Pidal, Gregorio Marañón, la viuda y el hijo de Ramiro de Maeztu, Felisa –la hija de Unamuno-, Francisca Sánchez, Francisco Luis Bernardez <> y su esposa, inspiradora del poema “La ciudad sin Laura”. No todos los nombrados de este grupo se transformaron en artículos de Colectánea. Sí, los encuentros con Aleixandre, Menéndez Pidal, Marañón, Felisa –la hija de Unamuno- y Francisca Sánchez, la compañera de Rubén Darío.

Elijo un solo texto: Vicente Aleixandre en Madrid. Un solo texto, porque ha d
e ser, junto con el que le siga, los de mayores transcripciones.

Las visitas de Horacio Castillo a Vicente Aleixandre comenzaron en la primavera española de 1959 y finalizaron en el verano madrileño. Una nota a pie de página a este texto, a propósito de una carta enviada  por el notable poeta, el 16 de diciembre del mismo año, nos lo ubica a Castillo en su Ensenada natal. Pero esa relación de primavera a primavera habría de proseguir en las cartas.

Castillo cuenta cómo fue aquella primera visita <> Y cuando Aleixandre entró a la sala y me tendió la mano todo adquirió una acogedora claridad. Más adelante recuerda el regalo del libro Encuentros, que le hiciera aquel día Aleixandre, y sus evocaciones de Miguel Hernández, de Federico García Lorca, de numerosos escritores españoles,  <> todos investidos de un hondo sentimiento fraternal.Un día coincidimos en su casa cuatro jóvenes. Aleixandre, que debía guardar reposo por prescripción médica, nos recibió recostado en un sofá  y con la cabeza apoyada sobre una almohada<> Arrobados, lo oímos hablar de la poesía, la amistad y la gloria <> “El poeta no se repite-agregó-, como no se repite el río. Mi estilo ha sido siempre un estilo en movimiento.” Perdonen  el salto que nos lleva a su despedida.   Ya había llegado el verano cuando hice mi última visita a la casa de la calle Velintonia. Todavía el poeta no había abandonado la indicación médica y me recibió reclinado en el sofá. Me hizo arrimar una silla y preguntó si había llevado algún poema. Por supuesto llevaba conmigo  varios borradores que comencé a leerle. Por momentos me hacía suspender la lectura y  pedía que repitiera una línea; a continuación, entrecerrando los ojos, la decía él, lo que me  sumía en indecible felicidad <>   A mi regreso escribí un artículo en La Nación donde evocaba aquellos encuentros.  Se lo remití y, poco después, recibía su respuesta. Siguieron otras cartas, todas llenas de entrañable afecto, algunos de cuyos párrafos vale la pena transcribir porque revelan  su generosa grandeza y la índole de su trato con un joven veinteañero. Párrafos que transcribo y les leo –casi íntegros- porque son un tesoro de lo humano.

“Mi querido Horacio: Su segunda carta ha llegado hace dos días. Me parece una visita como las que hacía Vd. a Velintonia el pasado verano español. Ahora el argentino estará a punto de comenzar, ¿no es eso? Con su primera carta venía un soneto suyo que me es familiar. Co la segunda otro menos conocido, pero bello también. Me  gusta  verlo comunicarse y preocuparse y quisiera siguiera usted escribiendo  con ánimo. Al tiempo que su carta recibo otras dos  de  jóvenes poetas argentinos, voces que quieren amanecer. Me dice  que no vio ahí  a  Gerardo Diego. Yo, es difícil que vaya, por ahora. Tengo poca confianza en mi salud y mi viaje tendría que prolongarse a Uruguay, Chile… Ya veremos. Por de pronto con el pensamiento viajo… Ensenada, un  bello nombre y la supongo ciudad no demasiado grande. Si  yo  fuera a    la Argentina todo me sería grato. Y tantos amigos, conocidos y  desconocidos…Ya sabe Vd. que le recuerdo. Como le decía a Vd., es una pena  esto de venir, hacer  amistad, y  luego  marcharse. ¡ Cuántos   amigos transeúntes! Pero en fin, sepa  yo que a  distancia  hace Vd. su labor… Si no contesto alguna carta, no me culpe: soy  mal corresponsal. Pero usted me escribe cuando le apetezca, sin aguardar mi respuesta”.

En otra carta insistía:  Con retraso, y no por gusto, le doy a Vd. las gracias por su carta y recorte de “La Nación”. Estoy contento con este bello recuerdo que  Vd. ha escrito de nuestras charlas en Velintonia. Presidido por la vívida foto, con excelente pluma, poder de recreación y magnífica y muy cariñosa memoria, usted ha trazado un cuadro lleno de vida que  me ha traído el recuerdo de sus visitas de 1959. Vuelvo a  decirle  lo que Vd. escribe en su artículo: Los amigos que se van son una pena y los echamos de menos demasiado (…) Todo son nostalgia   y evocaciones. Me alegra saber que Vd. trabaja y hace su labor. ¡Cuánto hablábamos de todo ello! Recuerdo mucho su poesía, que conservo en la memoria del sentimiento. Espero un día ver un libro suyo, y no me  atrevo  a hablar de otro viaje suyo por qué sé lo difícil y lejano. La  esperanza es  lo último que se pierde. Le recuerdo mucho y le mando un abrazo.    Un par de años más tarde, desde Miraflores de la Sierra, me escribía: A este pueblo me he traído una carta de Vd. de hace meses. No quería dejar de mandarle unas líneas  y  que Vd. viera  que  le  recuerdo. Leí su evocación italiana , con  esa viva plasticidad que Vd. tiene para la memoria afectiva. Acabo  de llegar para un descanso en este pueblo<> ¿Y usted? Cuénteme de su vida, de sus trabajos. Me interesa  todo y recuerdo con afecto  nuestras charlas  en  Velintonia. Su último artículo  leído era muy bello. Estaré aquí hasta fines de setiembre. Mis señas madrileñas son  también  siempre válidas. Con mucho afecto, su amigo que lo abraza.  Así hablaba Vicente Aleixandre a un joven, ignoto poeta. Así se interesaba por su tarea, así lo llevaba – pese a lo fugaz de los encuentros- en la “memoria del sentimiento”. Y así me sigue hablando desde entonces, como le hablará a tantos otros muchachos a quienes tuvo la virtud de dar  (era lo que necesitábamos) un lugar en el mundo, confianza en sí mismos, fe en la condición humana.

Encuentro correspondencia con Odysseas Elytis. Podremos palpar la distinguida relación entre dos eminentes poetas y  traductores. Cuando Elytis le expresa a Castillo, a propósito de su propia versión de Safo: en el reordenamiento de los textos que se han salvado, no sigo (la científicamente correcta) de los filólogos, sino mi propia composición. Y esto para quitarles (hasta donde es posible) su estilo fragmentario, y llevarlos más cerca de la sensibilidad contemporánea, uno no puede menos de admirarse de la coincidencia, porque eso es lo que Horacio Castillo siempre se propuso en sus traducciones del griego. ¿Cómo no podía él sentirse conmovido, ante el acento de un fragmento del poema Imagen de Beocia, con el que dio ´”a mediados de la década del sesenta, en un libro de Literatura griega medieval y moderna, si al conseguir después, a través de un librero de la isla de Quíos, algunos libros del poeta griego, su poesía se le manifestó como revelación? Elytis, al fundir la tradición griega con el surrealismo, había potenciado el lirismo a extremos no vistos <> Pero en el caso de Elytis no se trató de una adhesión ortodoxa, de una liberación estética del inconsciente, sino de la adopción de recursos destinados a ensanchar la conciencia, su capacidad de percibir. 

Cuando  Odysseas Elytis obtuvo el premio Nobel en 1979, publiqué – anota Castillo- en el suplemento literario de la Prensa un artículo que incluía, además de una vieja foto del poeta, dos poemas traducidos por Constantino Courouniotis <> Poco después plegué la página con mi nota, escribí en una tarjeta me polús jeretsimús (muchos saludos <> Por eso mi sorpresa fue mayúscula, cuando, unas semanas después, recibía la siguiente esquela manuscrita.

Atenas, 5 de marzo de 1980.   Querido amigo: Dos palabras solamente -cuanto me permite el tiempo-para agradecerle que haya escrito el hermoso artículo sobre mí  y haya tenido la bondad de enviármelo. Me ha emocionado  mucho. Y le  estaría  reconocido si me informa acerca de alguna otra publicación en la Argentina.  Con mi sentimiento más cordial.  O. ELYTIS

Esta misiva- nos dice Castillo-  que a pesar de su brevedad trasciende la mera cortesía, revela el espíritu del poeta. Su gesto, al contestar de su puño y letra el envío de un remoto lector, exhibe, además de auténtica humildad, una generosa grandeza. Y tales rasgos, que me conmovieron profundamente, se repitieron por distintas circunstancias en el curso de los años. Así,  ya en trámite mi traducción de varios de sus poemas, le pedí autorización para publicarlos, aclarándole que la edición no tenía carácter comercial y era a mis expensas. El 6 de octubre de 1980, en carta esta vez mecanografiada, me informaba que ya había cedido los derechos para otra traducción y, de nuevo en el  colmo de la gentileza, agregaba:

Querido Sr. Castillo, Le escribo rápidamente  porque  me  preparo  para un viaje a España <> Supe  de  su  venida  a  Grecia por Nina Anghelidis que vino a visitarme y a quien di la autorización para  publicar   una  “Antología” de mis poemas <> La propuesta que me trajo es  de la editorial  EMECE. No sé si  esta  circunstancia  obstaculiza su  proyecto. El límite que puse fue que no haya exclusividad con respecto a otros países hispanoparlantes<> Desearía  que salieran los dos libros si los editores no tienen   inconveniente. Tal vez pueda encontrar una solución. De todos modos, le  agradezco su  esfuerzo y su interés. Y espero sus noticias. El libro,  casi una plaquette, se publicó en 1982  y, no sin cierta inquietud, se lo envié a Elytis. Pero la pronta respuesta, donde  me llamaba “amigo”, disipó cualquier inquietud:

23-1- 83 Amigo H. Castillo: Me deparó una sorpresa muy  grata, y no sé cómo expresarle mi reconocimiento. Estimo  especialmente  los  actos  desinteresados que muestran sólo amor. Amor a la poesía-a  la poesía griega-, algo tan raro en nuestros días. Si hubiera hombres como usted  en  todos  los países -la suerte de las letras neohelénicas  sería  distinta. Hágame el favor de enviarme 4-5 ejemplares para mi Archivo y para las bibliotecas. Y permítame darle las gracias y estrecharle la mano. Con afecto O. ELYTIS

El párrafo siguiente es textual y va como cierre de tal relación de altura.
Lamentablemente, en ocasión de mis viajes a Grecia, no me fue posible encontrarlo, de modo que tuve que conformarme con pasear cerca de su casa, en el elegante barrio de Kolonaki. A veces, sentado en una de las confiterías que colman las anchas aceras, o de paso hacia el monte Licabeto, me parecía que iba a  aparecer  en cualquier momento por la calle Skufás. Pero, de una manera u otra, a través de los años, Elytis siempre fue para mí una presencia (en su sentido etimológico:  de praesum, estar delante).Y un día, cuando su amiga y traductora Nina Anghelidis me trajo de parte del poeta un ejemplar dedicado de Ta elegia tis Oxópetras (Elegías de Oxópetra) ,sentí como si al fin nos hubiéramos encontrado, como si tendiéndome la mano me hubiera dicho: ¡Agapité mu file! (¡Mi querido amigo!). Y yo, con un dejo de inmortalidad en el corazón,  hubiera respondido: ¡Kirie Elitys, jeró polí! (¡Señor Elytis, mucho gusto!). 

Y vayamos hacia el último texto de los encuentros y, después,  hacia las consideraciones finales de esta lectura, de esta charla invitación a otras lecturas.

¿Pero es encuentro el artículo Por la ruta de Don Quijote? ¿Encuentro, reencuentro, desencuentro? Ojalá quienes no lo han leído, puedan hacerlo. Como ocupa doce páginas de Colectánea, no dispongo de otra opción que fragmentarlo en extremo. Una mañana de julio, el mismo mes en que el sol casi derrite los sesos de Alonso Quijano, dejé mi pensión madrileña y emprendí la ruta de Don Quijote. Corría el año 1959 y semejante viaje constituía, no sólo una extravagancia, sino toda una aventura >Yo era entonces un cervantófilo veinteañero y, en el colmo del fervor, había imaginado un agregado al libro inmortal; Don Quijote y Sancho volvían a encontrarse en el Infierno y tramaban una nueva salida para liberar a los condenados, sanear el Purgatorio y entronizar, al lado de Beatriz, a la sin par Dulcinea. ¿Cómo, pues,  no visitar la Mancha para sentarme junto al paladín y hablar, mano a mano, de la realidad, el ideal, la naturaleza humana, el amor, la gloria, los sueños, la muerte, el triunfo, el fracaso, la prosa y la poesía de la vida?<> “La ruta de Don Quijote comprende una serie de lugares, entre otros, Argamasilla de Alba, Puerto Lápice, Ruidera Campo de Criptana o el Toboso, relacionados con los hechos del Ingenioso Hidalgo o del propio Cervantes.”“Hasta que  después de tres horas el tren se detiene en Alcázar de San Juan, que es como decir la Delfos Manchega<> Desciendo, piso conmovido el suelo santo de los idealistas, pregunto por el tren al que debo trasbordar para ir a Argamasilla de Alba. <> “Argamasilla de Alba es, a pesar de algunas discrepancias, aquel Lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse el autor de El Quijote.”  De pronto dijo Alfonso, uno de los manchegos compañeros de Castillo: “Hacia allá está la cueva de Montesinos”. Sentí un estremecimiento, pero ya había oscurecido y no pudimos llegar al místico lugar donde Don Quijote se encontró con Montesinos y vio- aunque encantada- a Dulcinea del Toboso. Y la fragmentación en extremo nos lleva al término del relato. Me sequé las lágrimas y miré la llanura amarillenta, silenciosa, inacabable. Hacia el sur, invisible, corría el río Záncaras, cuyo nombre recuerda el de Sancho Panza o Záncaras; hacia el oeste, más allá del Alcázar de San Juan, estaba Puerto Lápice con su venta; hacia el norte, Quintanar de la Orden, patria de Juan Haldudo; hacia el este, a una veintena de kilómetros, la cuna de Dulcinea. ¡El Toboso! Pero como a Don Quijote no le fue dada la gracia de hallar a su Señora, a mí me fue escamoteada la “noble, ilustre y desmoronada villa” de el Toboso. ¿Falta de tiempo? ¿Fatalidad? ¿La mano de Merlín? Dulcinea, en aquel frustrado relato de mi juventud, terminaba sentándose en el Paraíso a la derecha de Beatriz. Hasta allí comparecía Don Quijote, tal cual en este mundo –yelmo, bacinilla y adarga- y se hincaba a sus pies. -¿Este quién es? –preguntaba Beatriz. –Este es el famoso Don Quijote de la Mancha. -¿Qué le pasa? –Está enamorado –contestaba Dulcinea. Y haciendo una cabriola desaparecía –como el Toboso de mi vista aquella tarde- dejando en el aire un extraño olor a incienso y ajo.
Como preámbulo de este artículo me escribió Castillo: “Va la ruta de Don Quijote, que con mi visita  al  Partenón, es una de las experiencias más profundas de mi vida.”

HORACIO CASTILLO, LOS HOMBRES Y EL ARTE EN COLECTÁNEA

Horacio Castillo joven 

Es el Castillo de los Encuentros, en los que predomina la memoria afectiva y la viva plasticidad de su prosa. El de las emociones vividas y recordadas. Es que no era otra que la de lo bello la fuerza que movía su corazón. Y su memoria no le falla al recordar que el primer elogio sobre su poesía lo recibió de Arturo Capdevila. Y  su voz  se entrecorta,  al confesarle  a Neruda en Santiago que, como todos los jóvenes, tenía sus Veinte poemas y una canción desesperada como libro de cabecera.Por nuestra parte, no pueden no afectarnos renglones como los siguientes.  Allí, <en Salamanca> durante tres días, compulsé  con Felisa –la hija de Unamuno, cartas y libros de Ricardo Rojas , entre ellos La victoria del hombre, de 1903, en cuya última página don Miguel había escrito: Soné estar en Buenos Aires.En Madrid, en la primavera de 1959, conocí a Francisca Sánchez, la fiel compañera de Rubén Darío <> Cuando le dije que era argentino se echó a llorar,  porque ninguno de nuestros compatriotas la visitaba desde hacía años. ¡Y qué decir cuando don Ramon Menéndez Pidal, presidente de la Real Academia y con sus 90 años, consulta a su hija Jimena por los datos que nuestro joven le solicitar sobre la esposa y el hijo de Ramiro de Maetzu! ¿Y del adjetivo con que Gregorio Marañón califica a Rojas? El hombre más considerable que yo he conocido en América. ¡Qué joven inquieto y cuánta gentileza, la de esos notables españoles o la de sus hijos!

Horacio Castillo, lector y crítico

Es notable el conocimiento de Castillo sobre la literatura,  su lectura de grandes voces del pensamiento, su actualización en la teoría literaria, intertextualidad y reescritura, por ejemplo,  sus eminentes ensayos, como el de Alberto Girri: poesía y abstracción.Atento siempre a la forma, a la perfección, considera  que fue Emilio Bécher (1882-1921) el primero de nuestros escritores que tuvo conciencia del estilo, un escritor que dio al idioma español una tersura, una economía, una precisión –casi diría una necesidad- que anticipan a Borges, con quien  también relaciona al heredero o epígono de la generación del 80, Enrique Loncán (1892-1940). Atiendan a la profundidad de su mirada. Sin ánimo de forzar la afinidad, y reconociendo la diferencia de niveles literarios que trabajan, se advierten algunas concomitancias: economía y precisión, rigor en la estructura del relato, erudición real y apócrifa, personajes pertenecientes al entorno del autor mezclados con los ficticios, cierto tono sobrador de la porteñidad,  Hasta en el culto de la boutade hay correspondencia como lo sugiere ésta de Loncán que bien podía haber estado en boca de Borges: “París es más tranquilo que Olavarría, pero acostumbrándose resulta más interesante.” A Borges le dedica otro artículo: Prestigio y genealogía de un adjetivo borgeseano, el adjetivo unánime. También escribe sobre el  sustantivo argentinidad. Lo argentino es tema en la intertextualidad de Amalia y Sobre héroes y tumbas, en la conversación con Victorino Nogueira, el último sobreviviente de la leyenda gauchesca, (en un largo artículo sobre el tango –De Homero –el griego- a Homero –Espósito-  que me enviara pero después no publicara)  y en el final de su Introducción a Ricardo Rojas: Moría con él efectivamente una Argentina  ideal, una Argentina ya imposible, frustrada para siempre. Y nacía para mí, el compromiso de ser digno de su lección de vida.Su curiosidad, capacidad de conjetura, análisis y amor a la ciudad de su vida, lo llevan a aquel poema que el francés Henry Levet  (1874-1906) dedicara a la ciudad de La Plata, ciudad que no conoció, sino a través de maquetas en la Exposición Universal en París, concluye, en 1899 o en 1900. Aquí, parte del poema.

Ni los atractivos de las muy amables argentinas,/ Ni las correrías a caballo por la pampa,/ Tienen el poder de distraer de su esplín/ Al cónsul general de Francia en La Plata!/ Cuentan en voz baja la historial del pobre hombre;/ Su vida fue atravesada por un amor fatal,/ Y adoptó la funesta manía del opio;/ Entonces ocupaba el puesto en Singapur…/ A él le gusta galopar por nuestras rústicas llanuras,/ Envidia la vida salvaje del gaucho,/ Después regresa a su palacio consular,/ Y la tristeza lo cubre como un poncho, 

Horacio Castillo y el  misterio del arte, la poesía.

Creo que las distintas disertaciones que tuvo en la Academia acerca de lo estético, de la poesía, del arte echan –usando una expresión de un poema suyo y de un libro,  pero que también aparece en Colectánea- un poco más de luz al misterio del Ser; al Ser de lo primigenio humananizado en arte.
Uno de los aspectos de lo clásico –expresa Castillo-, pero no lo traicionamos si decimos de lo artístico, es el de la iluminación del espacio psíquico que llamamos alma en el más alto grado que le es posible a la conciencia y mediante un imperativo estético. Y esa iluminación –seguimos- ha de efectuarse, en palabras de Adorno, que Castillo reitera con frecuencia,  en el más alto grado de individuación doliente. O sea, tocando lo más profundo de la persona en su decir. Esa epifanía –agrega- sólo se puede verificar a través de la comunión con lo bello (y cuando digo bello quiero decir: lo estético como fundamento del acceso a lo absoluto).
En su estudio sobre la poesía de Alberto Guirri, no coincide con el poeta estudiado, dada  su persistencia en lo afirmado anteriormente.“En su poema sospechosamente autobiográfico Cuenta regresiva, incluido en Poesía de observación, Girri dice haber borrado de su lengua, además de “trascendencia” y “solitario”, la palabra “absoluto”. No es así. Primero porque la propia poesía es una pretensión de absoluto, pero además porque éste no es consecuencia de la voluntad sino una necesidad del espíritu, y termina siempre imponiéndose.”Vayamos a lo primordial. ¿Pero por qué –debemos preguntarnos <se interroga Castillo>, ese silencio primordial, esa  palabra absoluta tuvo que quebrarse? Dice Max Picard en El mundo del silencio: la palabra vino del silencio, de la plenitud del silencio. Esa plenitud hubiera terminado por estallar, dispersándose, de no haber podido ir hacia la palabra.

Sintentizando, siempre insuficientemente,  y volviendo al texto del inicio: La obra de arte se muestra y calla. Y este callar instaura el abismo. El silencio primordial del Ser necesita expresarse pero queda  a la espera de las formas de la palabra, de las de las obras de arte. Para responder a esa espera silenciosa hay que trabajar la lengua el color, la piedra, la música  hasta volverla esencia. Un último texto, otro de los preferidos de Castillo, un fragmento de Nikos Kazantzakis. El artista griego entra en el bosque de la vida, denso, oscuro, donde no se ve el cielo y se asfixia: entra en el bosque de la vida y empieza a trabajar. Despeja el caos, aparta lo superfluo, convierte el bosque en árbol y el árbol en columna. Y esa columna huele a pino, a ciprés, a madera, a resina, se la puede tocar, se siente su origen. “He aquí precisamente –nos comenta-  la piedra angular sobre la que se erigirá el mundo griego: la abstracción ( de abstrahere, separar las cualidades de un objeto para considerarlo en su pura esencia). ¿Qué son la idea, el concepto, el mito, la geometría, la ley sino formas de la abstracción, una operación intelectual para llegar al reino de las esencias?” En una de sus visitas a su casa me dijo un día : Es una gran responsabilidad escribir un poema. Después de leer sus disertaciones sobre la poesía lo he comprendido más enteramente.Finalizo con un renglón, que me hiciera llegar precediendo a su  texto sobre Rojas.Te envío el  artículo sobre Rojas, el primer gran espíritu que conocí.Muchos de nosotros –quien más, quien menos- hemos tenido la oportunidad de conocer a Horacio Castillo- otro gran espíritu. En su poesía está, revestido de una máscara; en Colectánea, a cara descubierta.

Alfredo Jorge Maxit                                    Museo Beato Angélico, 18 de mayo de 2018

P.D. A los lectores de este texto. Para la primavera espero poder realizar una charla complementaria, la de un comentario y análisis literario de Colectánea.