El 25 de marzo celebramos en la Parroquia Nuestra señora de Guadalupe el Domingo de Ramos.
Este domingo observamos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén pocos días antes de su crucifixión. La muchedumbre cortaba ramas de los árboles y las ponía por el camino. La entrada triunfal en un burro, en ese tiempo, era sinónimo de mansedumbre, de humildad.
Seguramente se preguntarán “¿En un burro? ¿El hijo de Dios?”. La respuesta es “Sí”. El hijo de Dios se hace último. Llama la atención porque no es lo que la gente esperaba.
En nuestras vidas también nos pasa, cuando llega algo y no es lo que esperábamos. Pero generalmente, nuestras expectativas chocan con lo real, con lo que es. Esto no le da paso a las cosas que llegan, a lo que tenemos que acoger. Nos encerramos en una idea abstracta de lo que debería ser y no permitimos recibir lo que Jesús tiene para darnos.
Por otro lado, muestra la hipocresía social. Cuando entra, le gritan “¡Hosanna!” Y a los pocos días, le gritan “¡Crucifíquenlo!”. ¿Cómo se puede cambiar tan rápido de parecer?
El papa Francisco nos advierte en sus palabras del pasado Domingo de Ramos:
“Es difícil comprender la alegría y la fiesta de la misericordia de Dios para quien quiere justificarse a sí mismo y acomodarse; es difícil poder compartir esta alegría para quienes solo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros, y así nace el grito del que no le tiembla la voz para gritar: ‘¡Crucifícalo!’. “No es un grito espontáneo, sino el grito armado, producido, que se forma con el desprestigio, la calumnia, cuando se levanta falso testimonio. Es la voz de quien manipula la realidad y crea un relato a su conveniencia y no tiene problema en manchar a otros para acomodarse.
Es el grito del que no tiene problema en buscar los medios para hacerse más fuerte y silenciar las voces disonantes. Es el grito que nace de trucar la realidad y pintarla de manera tal que termina desfigurando el rostro de Jesús y lo convierte en un malhechor. Es la voz del que quiere defender la propia posición desacreditando especialmente a quien no puede defenderse. Es el grito fabricado por la tramoya de la autosuficiencia, el orgullo y la soberbia que afirma sin problemas: ‘Crucifícalo, crucifícalo’.
De este modo, se termina silenciando la fiesta del pueblo, derribando la esperanza, matando los sueños, suprimiendo la alegría; así se termina blindando el corazón, enfriando la caridad. Es el grito del sálvate a ti mismo que quiere adormecer la solidaridad, apagar los ideales, insensibilizar la mirada…, el grito que quiere borrar la compasión”.