(*) Por Eduin Alexander Rincón Galarza
Jesús ha nacido para mostrarnos el modo pleno de amar y ser felices. Cada año, millones de seres en el mundo buscamos disponer el corazón y la vida para celebrar la Navidad; recién hemos vivido la “Noche Buena”, como preludio de esta jornada festiva.
Quizás el mayor desafío en ese ejercicio de disposición es sacar a la Navidad de las lógicas del mercado y el consumo, contraria a la lógica de la gratuidad y el servicio, de la adoración y la disposición a dejarnos una vez más sorprender por lo que en ella acontece; desafío que se percibe incluso en hogares y comunidades cristianas.
Estamos por culminar el año calendario y el año jubilar, muchas cosas se mueven en nuestro interior: hemos caminado todo un año sumergidos en el anhelo de crecer en esperanza, hemos de recordar que la Navidad es esperanza.
Confiados en la esperanza y la alegría del Resucitado, hoy hacemos memoria viva de su nacimiento en un pesebre. Allí hemos de dirigir la mirada; sí, que nuestra mirada, nuestros afectos, nuestros pensamientos, se orienten al pesebre.
Contemplar el pesebre hoy nos desafía a mirar allí donde la buena noticia es, incluso en los lugares donde nos cuesta ver a Dios con nosotros. Nace Jesús pobre, de la mujer campesina de Palestina, nuestra Madre mestiza, acompañada por José, quien la aceptó y acogió, allí en la precariedad y marginalidad del pesebre acontece la Navidad.
Situarnos en el pesebre nos mueve a preguntarnos: ¿Cómo me coloco yo ahí en el pesebre?, ¿qué me dice la escena?, ¿cuál es la mejor manera de servirle a Jesús pobre?
La Navidad invita a renovar nuestras maneras de servir a Jesús en los/as pobres de hoy, en quienes, como María y José, no tienen lugar en la sociedad. ¿Es allí hacia donde dirijo mi mirada o estoy más pendiente de árboles, regalos, consumos?
Vemos en el mundo muchos y diversos dolores, sufrimientos, angustias, pero también vemos alegrías, esperanzas, sueños y todo ello desde el pesebre cobra un nuevo sentido; desde el niño que está en el pesebre ningún dolor, sufrimiento, angustia nos puede ser indiferente; más aún, cuando viene de los pequeños, de los inocentes, de los marginados, de los que no puede encontrar un lugar, de los que no pueden alzarse para reclamar justicia.
Para poder captar el auténtico sentido de la Navidad, les invito a darse un momento de interioridad, de oración silenciosa, como enseña el Maestro (Mt 6,6), y allí puestos en la escena del Nacimiento, dejarnos interpelar por la Gracia, para que renovemos la consciencia de la Presencia del Resucitado, que nació para mostrarnos el camino, para enseñarnos su modo de amar y servir. ¿Dónde te amo, niño, que con tu amor me llamas?
Jesús ha nacido en un pesebre, ahí tenemos la señal; ¿en qué pesebres hoy puedo encontrarle, amarle y servirle? No dejemos que la lógica del individualismo y la indiferencia nos arrebate el auténtico sentido de la Navidad: alegría y servicio, gratuidad y anuncio. Pues hoy “nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.
Que la Gracia nos mueva a compartir la alegría del regalo de Navidad, el niño Jesús, con quienes más necesitan conocerle y que, siendo testigos de su Amor, seamos buena noticia. Que el cuidado de nuestra vida interior nos regale ver las señales por donde hoy nos nace Jesús.
Querida comunidad: ¡Feliz Navidad!
Que la alegría nos sea y que podamos renovarnos en nuestro modo de amar y servir.
Que el ejercicio de contemplación del pesebre les mueva a algún compromiso concreto para con nuestros hermanos/as pobres, marginados/as, excluidos/as de nuestros contextos, ello es caminar hacia el auténtico lugar de la Navidad.
(*) Secretario Académico del Departamento Superior de Teología