La Asunción de María, en ella Dios confirma nuestra esperanza
La Asunción de María, en ella Dios confirma nuestra esperanza
La Asunción de María, en ella Dios confirma nuestra esperanza

* Por Eduin Alexander Rincón Galarza

Somos peregrinos en esta historia y nuestra fe en el Señor Resucitado nos mueve a tener un afecto especial a su Madre, que Él luego hace nuestra. Hoy, como Iglesia celebramos la solemnidad de la Asunción de María, que nos sea momento para mirarnos en camino, en especial en este tiempo en que buscamos ser una Iglesia sinodal donde todos/as podamos participar en el ser Iglesia, en ello hemos de sabernos confiar a María, y caminar con humildad.

La Asunción de María es el modo como en ella se confirma de manera definitiva y para la eternidad aquel sí de la muchacha humilde de Palestina, como dice la canción. En la Asunción de María podemos ver la confirmación de la promesa de ser con Dios en la eternidad; somos peregrinos; caminamos con ese horizonte de esperanza.

En este día presentar a María todo, los dolores que hay en el mundo, en especial pedirle que consuele y acerque a Jesús a quienes en Colombia y en el mundo han perdido a seres queridos a causa de terremotos, desastres naturales, pero también a causa del olvido de quienes tienen la responsabilidad política para prevenir muertes, para prevenir dolor, para prevenir violencias. No se puede tener la esperanza del cielo sino se da un sí a la encarnación de Dios en la historia, y en la historia concreta; María es el mayor testimonio de esta acción de Dios en lo pequeño, en la pobreza, en el silencio. Que, como María, nos pongamos en camino a servir, a hacer eficaz la solidaridad.

Que esta solemnidad nos permita crecer en amor a María, Madre del pueblo fiel, como nos lo recordaba el Card. Víctor Fernández en la nota sobre María en el año 2025[1]. Y junto con ella, caminar con la alegre esperanza de ser resucitados en Cristo. Sí, que en medio de situaciones que nos quieren arrebatar la esperanza, de dolores de humanidad que están ahí siendo, de violencias que parecen no tener fin, con María, caminar juntos; ella la primera discípula, ella al dócil al movimiento del Espíritu, ella quien desde la sobriedad nos enseñó a saber dejarse confiadamente al Misterio de Dios, ella en quien Dios se ha complacido, ella nos pide hacer lo que el Maestro nos enseña, ella que “canta al Dios que «a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,53), que se deja lastimar, como atravesada por una espada, a causa de la historia de su pueblo, donde su hijo es «signo de contradicción» (Lc 2,34), que comprende lo que es ser migrante o exiliado (cf. Mt 2,13-15), que en su pobreza sólo puede ofrecer dos pichones de paloma (cf. Lc 2,24) y que sabe lo que es ser despreciada por ser de la familia del pobre carpintero (cf. Mc 6,3-4). Los pueblos sufrientes reconocen a María caminando codo a codo con ellos y por eso buscan a su Madre para implorar su ayuda.” (Nota, 78).

Esta solemnidad nos recuerda que en María, Dios nos muestra un horizonte de esperanza en este peregrinar como humanidad. Alegrémonos con María en su Asunción y no dejemos de pedirle que nos ponga con su Hijo, y que nos acompañe en la misión de anunciar y realizar el reinado de Dios en nuestros ámbitos de realidad, siendo esperanza, siendo solidaridad, siendo amor.

Que podamos sacar un momento dentro de la rutina del día para hacer silencio y en algún lugar donde nos sintamos cómodos, ahí, contemplar su Asunción, dejar que su gozo nos irradie, dejarnos en su ternura.

María, Madre del pueblo fiel, ruega por nosotros.

Secretario Académico

Departamento Superior de Teología

[1] https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2025/11/04/041125a.html