(*) Por Lola Míguez y Juana Laurito
9 de Julio… Hoy, hace 200 años, fue el día en que un grupo de personas decidió que era momento de dejar de soñar con ser una nación libre y arrancar a serlo realmente.
Cuando nosotros hablamos de este día o de fechas importantes, indirectamente pensamos en próceres, en personas preparadas para enfrentar esta revolución, en personas armadas, en nombres reconocidos, en un grupo reducido, hombres perfectos, serios y sin dudas. Pero la realidad es que quienes iniciaron este camino eran personas comunes. Muchos de ellos eran jóvenes; hombres y mujeres que no se sentían cómodos con los ideales de aquellos tiempos. Nadie se ponía de acuerdo sobre cómo organizar el país.
No sabían si su proyecto iba a funcionar. Sin embargo, compartían una certeza: el presente que vivían ya no les servía, y el futuro dependía solo de ellos. “Fin a la revolución, principio al orden” era el lema que sonaba en aquellos tiempos, el que inspiraba a todos a mejorar, a dejar de lado los mandatos con los cuales no estaban de acuerdo y generar identidad nacional, con lo difícil que era, en ese momento, empezar de cero.
Uno de los actos patrios, desarrollados en el jardín del Estrada
Hoy nos encontramos con problemas distintos. Ya tenemos una patria y decidimos qué hacer con ella. Porque, aunque no haya un gran reino guiándonos, sí seguimos siendo dependientes desde otros aspectos. Seguimos viendo la desigualdad, la violencia, el individualismo y la indiferencia, entre otras miles de problemáticas. Y, por el simple hecho de creer que no somos lo suficientemente poderosos o importantes para cambiarlo, decidimos no hacer nada.
Pero solo basta recordar nuestra historia para notar lo contrario. Podemos ver cómo aquellas personas que hoy no tienen un nombre en los libros se movilizaron y lograron cambiar aquello con lo que estaban en desacuerdo. Quizás, si empezamos a usar el respeto, la empatía y la solidaridad como bandera, todo cambie. Quizás, empezando nosotros con pequeños actos, podamos inspirar al resto. Quizás podamos construir un país verdaderamente libre e igual. El futuro no depende de unos pocos; depende de cómo podemos unirnos colectivamente, a pesar de nuestras individualidades.
(*) Estudiantes de 6.º año del colegio secundario José Manuel Estrada