(*) Por Eduin Alexander Rincón Galarza
Esta fiesta que por más de siete siglos ha estado en la Iglesia, nos ha de mover a crecer en la contemplación práxica de la Presencia del Resucitado en la Eucaristía, en la comunidad, en el mundo, en la historia, en el cosmos. En aquel tiempo cuando el Papa Urbano IV (1264) la promulga con la intención de dar a conocer la presencia real de Jesús Sacramentado y así fortalecer la doctrina de dicha presencia para quienes la negaban. Décadas después se extendió a toda la iglesia, tomando matices propios de las culturas a donde se fue colocando, siendo así que hoy por hoy, en muchas partes del mundo, se vive la fiesta del Corpus Christi y se realizan procesiones. Es bello contemplar los matices que ha tomado desde la religiosidad popular, allí acontece un gesto profético.
En esta nota busco una aproximación sencilla a la pregunta ¿cuál es el lugar que ocupa tanto la fiesta como la celebración misma de la Eucaristía en mi vida? Nos es claro que vivimos en una sociedad con fuertes matices de secularización (Doc. Aparecida, 185; EG, 64) donde precisamente el componente celebrativo (celebración de la Eucaristía y procesiones) ha ido disminuyendo, desde allí es que muchas veces escuchamos a personas de fe que dicen “creo pero no soy practicante”; en su mayoría, dicha expresión indica que viven la fe en el mundo, pero prescinden de la dimensión cultual-celebrativa de la vida cristiana, principalmente de la celebración de la Eucaristía, por no ahondar quizás en una ausencia muchas veces de la dimensión orante y el cultivo de la vida interior, cayendo en un pragmatismo.

Invito a hacer un alto en el camino para meditar y ver esta fiesta, desde el seguimiento de Jesús, que nos ha llamado a amarle y servirle, y traer a la mente y pasar por el corazón el momento de la procesión, y desde allí sentir y gustar cómo Cristo es hoy ahí, con el pueblo, siendo en su Presencia. Presencia que nos ha de interpelar sobre dónde le vemos en el día a día, cómo cuidamos de los/as hermanos/as heridos, enfermos, porque nosotros somos el cuerpo de Cristo, pero hay miembros del cuerpo que no las están pasando bien: están siendo marginados, vulnerados, excluidos. El documento de Aparecida nos recuerda los rostros por donde Jesús se nos presenta (Conf. Doc. Aparecida, 65).
Esta fiesta si bien nos invita a contemplar la Presencia real en el Sacramento del Altar, nos ha de mover a ver su Presencia también real en todos aquellos/as donde Cristo es y por donde se nos presenta el dinamismo salvífico (Mt 25, 35 ss.).
Esta fiesta nos ha de renovar la invitación de contemplar el rostro de Cristo en los/as pobres y con ellos/as, caminar juntos, construir la civilización del amor. Generar procesos de transformación integral desde el anuncio del reinado de Dios y a su vez nos ha de renovar el anhelo por celebrar la Eucaristía, lugar vital desde el cual afirmamos que creemos en una fraternidad universal, lugar vital desde el cual nos reconocemos en Jesucristo y nos fortalecemos para tomar sus palabras cabalmente “hagan esto en memoria mía” y así hacernos Eucaristía para los demás.
Este año ha coincidido esta fiesta con la colecta anual de Caritas, momento más que oportuno para la solidaridad continuada desde el amor a Jesucristo (1 Jn 3, 17).
¡Feliz fiesta del Corpus Christi!
(*) Secretario Académico Departamento Superior de Teología
Fotos de la nota: celebración del Corpus Christi del año pasado, en La Plata.