(*) Por Federico Ripaldi
“Barro eres…”. Con esta expresión ritual del Miércoles de Ceniza comienza el tiempo litúrgico de Cuaresma, tiempo para ahondar en este dato tan preciso y cierto de toda vida humana: estamos hechos de barro, somos espíritu y carne, profundamente vinculados a la historia de nuestro mundo y a Dios.
La expresión “barro” aparece en los comienzos de la Biblia, cuando se nos describe el proceder creador de Dios, somos tomados del material del mundo e insuflados con aliento de vida. El barro nos recuerda nuestra pertenencia a esta tierra, así como la temporalidad y fragilidad que nos constituye.
Moldear el barro, en la Biblia, también es moldear la vida. Darle forma, pacientemente, asumiendo la tarea de vivir, de crecer, de aceptarnos y amigarnos, de renovarnos y mejorarnos. La Cuaresma es un camino de hondura y apertura a la vez, a nosotros mismos y a Dios, al prójimo como parte del nosotros que nos congrega. La Cuaresma nos invita a mirarnos en el espejo de Jesucristo para vislumbrar nuestra propia vida.
Esta es la misión de la vida, y nuestro obispo Gustavo Carrara nos recuerda que “consiste entonces en ser auténticamente uno mismo, es decir, en llevar adelante nuestra misión. Y la propia misión como cristianos es inseparable del reino que Cristo vino a traer: amor, justicia y paz para todos” (G. Carrara, Educar en santidad. Cada persona es una misión. Mensaje a las Comunidades Educativas de la Arquidiócesis de La Plata, 2026).
El barro también es deseo de vivir bien, vivir mejor, siendo conscientes de cómo procurar el bienestar humano iluminado por el Evangelio de Jesucristo.
El barro es el presente de la vida, y “nuestro presente es una intuición, un tiempo que vivimos y del que debemos aprovechar antes de que se nos escape de las manos” (León XIV, Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, N.° 11.2).

En el contexto de nuestro habitar y transcurrir la vida universitaria, podemos preguntarnos: ¿cómo queremos vivir nuestra vida/misión como estudiantes, docentes, trabajadores administrativos, directivos?
El barro también forma parte de nuestras comunidades educativas. El barro que nos implica buscar incansablemente una más humana y cordial convivencia, un diálogo abierto y confiado ante las vicisitudes cotidianas, asumiendo nuestras limitaciones, con la esperanza de tender puentes que no evitan los conflictos, sino que los asumen y se hacen experiencia formativa. El barro nos invita a dejar las ilusiones o fantasías de la vida y abrazarla como viene.
El Papa León XIV propuso un año jubilar para profundizar en nuestra misión educativa como universidad católica; por eso nos incumben y desafían estas palabras: “La universidad y la escuela católica son lugares donde las preguntas no se silencian y la duda no se prohíbe, sino que se acompaña. Allí, el corazón dialoga con el corazón, y el método es el de la escucha que reconoce al otro como un bien, no como una amenaza” (León XIV, Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, N° 3.1).
Y el corazón también se enriquece con nuestra búsqueda espiritual y creyente. La fe vivida y compartida en la Universidad también nos demanda búsquedas de cambio, de mejora. La fe oxigena la vida, las tareas cotidianas, las prácticas pedagógicas, la responsabilidad como estudiantes, profesores y trabajadores; “así, la educación católica se convierte en levadura en la comunidad humana: genera reciprocidad, supera los reduccionismos, abre a la responsabilidad social. La tarea hoy es atreverse con un humanismo integral que habite las preguntas de nuestro tiempo sin perder la fuente” (León XIV, Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, N° 6,2).
El barro del mundo que habitamos, de nuestra propia historia como país, también nos implica en la tarea de reconstruir la confianza en un mundo marcado por los conflictos y los miedos, recordando que somos hijos amados de Dios y no huérfanos: de esta conciencia nace la búsqueda del bien común y la fraternidad.
Por lo tanto, la Cuaresma también es un tiempo para ponernos al día como comunidad UCALP, animarnos a afrontar el desafío del tiempo presente desde estas tres claves: “Desarmen las palabras, levanten la mirada, custodien el corazón. Desarmen las palabras, porque la educación no avanza con la polémica, sino con la mansedumbre que escucha. Levanten la mirada. Como Dios le dijo a Abraham: ‘mira al cielo y cuenta las estrellas’ (Génesis 15,5): sepan preguntarse adónde van y por qué. Custodien el corazón: la relación está antes que la opinión, la persona antes que el programa” (León XIV, Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, N° 11.2).
(*) Investigador y docente en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas.