El desgaste profesional en el ámbito de la asistencia psicoeducativa es el tema que analiza el trabajo de la Licenciada Graciela Vieguer (UCALP) presentado en la Revista Persona de la Facultad de Humanidades. En él se señala al Síndrome de Burnout —o “síndrome del quemado”— como una patología psicosocial grave que amenaza la salud mental y física de quienes trabajan en contacto directo con personas con necesidades especiales o vulnerabilidades.
Vieguer retoma la definición clásica del estrés como una reacción que emerge de la interacción entre las demandas del entorno y los recursos individuales; y advierte que cuando esas demandas superan sistemáticamente la capacidad de respuesta personal, se desencadena un estrés crónico que puede derivar en burnout.
La génesis del síndrome no es abrupta: comienza con lo que muchos conocen como “estrés laboral” normal —situaciones de carga, tensión, desafíos profesionales— que con el tiempo pueden corporizarse como un desgaste persistente. En este contexto, el burnout aparece no como un episodio aislado, sino como un proceso progresivo: primero agotamiento emocional, luego despersonalización frente a colegas o personas asistidas, y finalmente una profunda sensación de baja realización personal.
Este “distrés negativo” se instala cuando el individuo ya no puede generar más recursos internos para adaptarse a la carga laboral sostenida.
La tercera parte del síndrome —la falta de realización personal— es especialmente perniciosa en profesiones como la psicopedagogía. Profesionales comprometidos, con alto idealismo inicial, muchas veces se enfrentan a una realidad cotidiana dura: demandas intensas, vínculo emocional y contención, obligaciones de cuidado, necesidades de quienes requieren acompañamiento, y en muchos casos una estructura laboral que no acompaña con contención institucional. Este contraste entre expectativas y realidad, junto a presiones emocionales, traumas psíquicos reiterados, conflictos, frustraciones y/o desigualdades, genera un terreno fértil para que el burnout se instale.

Vieguer advierte que este síndrome no es una mera fatiga pasajera, sino que puede jugar en contra de la integridad física, mental y social de los profesionales.
El estrés crónico puede desatar enfermedades cardíacas, hipertensión, trastornos del sueño, trastornos psicosomáticos, ansiedad, depresión, hasta crisis profundas en la salud psicológica.
En el ámbito profesional, el impacto también resulta evidente: pérdida de motivación, baja eficiencia, errores en la atención, desinterés, despersonalización del trabajo e incluso abandono de la profesión. En este sentido, la calidad de la intervención psicopedagógica, la contención emocional, la creatividad y la empatía pueden verse gravemente comprometidas.
El síndrome de burnout no afecta por igual a todos los profesionales. Está especialmente presente en quienes trabajan con población vulnerable, en tareas de asistencia directa, con demanda emocional constante y exposiciones a situaciones traumáticas o conflictivas.
En la psicopedagogía —con su carga de contención, acompañamiento, vínculo constante y trabajo emocional intensivo— la vulnerabilidad resulta particularmente alta. Agregar a esto contextos de precariedad laboral, falta de reconocimiento institucional, jornadas extensas, presión social o económica, y una formación idealista que muchas veces se confronta con realidades difíciles, potencia los riesgos.

El siglo XXI llega plagado de nuevas patologías relacionadas con el trabajo y el estilo de vida. Es el caso del burnout, en donde diversos estudios han evidenciado que su prevalencia en el sector educativo oscila entre un 25 % y un 45 % (Moreno et al., 2019).
En el caso de psicopedagogos, aunque la investigación es incipiente, se estima que cerca del 30 % en América Latina presenta síntomas moderados a graves (García & López, 2021). Estos porcentajes sugieren que la psicopedagogía es una profesión de alto riesgo psicosocial.
En Argentina, un informe de la Universidad Nacional de Cuyo (2022) mostró que un 41 % de psicopedagogos experimentaban estrés laboral crónico, y un 26 % cumplía criterios de burnout según el MBI.
La gravedad del burnout no solo afecta al profesional individual, sino que impacta institucional y socialmente. Cuando un psicopedagogo sufre burnout, la calidad del servicio educativo o de apoyo disminuye, la atención se vuelve mecánica o despersonalizada, la respuesta frente a situaciones delicadas se debilita, y la contención emocional necesaria para quienes lo requieren —estudiantes, familias, pacientes— se reduce. En el largo plazo, esto puede erosionar la confianza en las instituciones, afectar la salud mental de poblaciones vulnerables y empobrecer gravemente las redes de acompañamiento social y educativo.
Frente a este panorama, Vieguer plantea la urgencia de tomar medidas preventivas y de autocuidado profesionales. El reconocimiento del burnout como problema real, el diseño de políticas institucionales de bienestar laboral, la regulación de la carga horaria, la creación de espacios de supervisión, contención y apoyo emocional, y la promoción de estrategias de afrontamiento adaptativas —como la gestión emocional, el autocuidado, la reflexión sobre ideales y expectativas, y la planificación realista— son líneas clave para evitar que el desgaste silencioso consuma a quienes constituyen pilares indispensables para la educación y la salud.
Lee el artículo completo en : https://revistas.ucalp.edu.ar/index.php/persona/article/view/460/404
Conocé la Revista Persona en: https://revistas.ucalp.edu.ar/index.php/persona/issue/view/55
