El uso del suelo y las redes solidarias, centrales en el tercer anillo del Gran La Plata
El uso del suelo y las redes solidarias, centrales en el tercer anillo del Gran La Plata
El uso del suelo y las redes solidarias, centrales en el tercer anillo del Gran La Plata

(*) Por el Dr. Rodrigo Martin y el Mg. Federico Alonso

Queremos hacer una lectura desde la economía social del relevamiento del Observatorio Socioeconómico UCALP en el tercer anillo del Gran La Plata[1].

El Observatorio Socioeconómico de la Universidad Católica de La Plata (UCALP) inició en octubre una nueva etapa de trabajo territorial correspondiente al período 2025-2026, centrada en el relevamiento de los barrios populares del tercer anillo del Gran La Plata. A esta etapa la denominamos “primero, los últimos”, porque en un comienzo, en los primeros relevamientos del indicador, preferíamos tener relevados los lugares más invisibilizados.

Allí, en lo periurbano, donde convive lo urbano y lo rural, los invernaderos se mezclan con las casillas y el trabajo con la vida familiar expresando con claridad una doble realidad: la precarización estructural del hábitat y, a la vez, el florecimiento de redes solidarias y economías sociales que sostienen la vida cuando todo parece distante y frágil.

VIVIR DEL TRABAJO DE LA TIERRA

En esta zona —que abarca localidades como Abasto, Olmos, El Peligro, Arturo Seguí, Villa Elisa, parte de City Bell, y con algunas etiologías similares parte de Ensenada y Berisso—, la vida cotidiana está íntimamente ligada a un uso del suelo que combina actividades agropecuarias, principalmente de crías traspatio y frutihortícolas. Las familias que viven del trabajo de la tierra (ofertan en un mercado laboral con escasos derechos) tienen sus hogares a pocos metros de los invernaderos: con casillas precarias, muchas de ellas de chapa y madera, con pisos de tierra y techos livianos.

A partir del sistema de observación que ha ido construyendo el Observatorio, estas viviendas apenas alcanzan el segundo nivel de desarrollo básico, identificado por la incorporación de ventanas sin rejas[2]. Esto queda atrapado en un modelo de precariedad que no permite el Desarrollo. Una precariedad que no es solo habitacional, sino laboral y social: donde el trabajo no garantiza derechos, la casa tampoco puede garantizar plenamente abrigo ni estabilidad.

Cuando lo analizamos hacia el grupo familiar, que muchas veces están subcontratados en la actividad directa o indirectamente, la actividad hortícola, con su alta informalidad y su carácter estacional, condiciona el acceso a derechos básicos como la seguridad social, el hábitat digno con los espacios que cada uno requiera según su edad o la conectividad de todos los miembros de la familia.

En este sentido, el Observatorio busca mostrar que la precariedad del trabajo y la precariedad del hogar son dos caras de un mismo proceso, que limita la posibilidad de desarrollo y profundiza desigualdades históricas en el territorio. Obviamente la actividad económica es un potencial endógeno que tiene la región que hay que impulsar, pero con una mirada distinta del concepto de Tierra, Techo y Trabajo que tienen sus actores o por lo menos los más vulnerables.

ECONOMÍAS SOCIALES Y LA CAPACIDAD ORGANIZATIVA

Sin embargo, en ese mismo territorio también emerge otro relato: el de las economías sociales que florecen desde abajo, impulsadas por la cooperación y la ayuda mutua.

Son las “redes sociales” que organizan la vida cotidiana cuando las políticas públicas llegan tarde o no alcanzan a llegar a las periferias. Sí, las benditas redes sociales que nos salvan y nos salvaron siempre, “las redes sociales humanas”.

Estas redes —formales e informales— sostienen comedores, ferias barriales, pequeños emprendimientos familiares, organizaciones de trabajo para limpiar canales, basurales, pasto, etc o grupos de compra comunitaria.

Allí se expresa con fuerza lo que Luis Razeto, sociólogo chileno, denominó el “factor C”: cooperación, comunidad, comunión. Ese factor invisible es el que permite que la solidaridad se transforme en fuerza productiva, que las personas se unan para resolver colectivamente lo que solas no podrían afrontar.

Desde la perspectiva del desarrollo local, este fenómeno revela una cohesión social creciente en los márgenes. Las comunidades del tercer anillo, aún atravesadas por la carencia, despliegan una capacidad organizativa sorprendente: redes de cuidado, trueque, acompañamiento y participación que actúan como verdadero capital social del territorio.

Esta invitación a leer el territorio desde la economía social nos permite  reconocer las capacidades y vínculos que construyen vida en condiciones adversas. La economía social se fundamenta en una pluralidad de principios económicos donde la reciprocidad, la redistribución y el intercambio conviven con el trabajo y la solidaridad. En esa línea, entendemos desde el trabajo del Observatorio que se aporta una mirada plural y situada del desarrollo: una que no mide solo infraestructura, sino también cohesión, vínculos y esperanza.

Allí donde la vivienda se levanta a la sombra del invernadero, donde el esfuerzo diario no siempre garantiza derechos, también germina la semilla de una nueva economía: una economía del nosotros, basada en la cooperación y el trabajo digno. Dándote entidad e importancia, reputación y sostenibilidad, fuerza colectiva.

Porque empezar primero por los últimos no es una frase metodológica: es una forma de hacer ciencia social con rostro humano, una manera de mirar el territorio no desde el déficit, sino desde su potencia. Y es también una invitación a pensar el desarrollo local no como la llegada del progreso desde el centro, sino como el florecimiento de la vida desde los márgenes.

(*) Integrantes del Observatorio Socioeconómico de la UCALP

[1] Tercer anillo hace lugar al método de relevamiento y estratificación de periferias del Observatorio Socio Economico de UCALP. Se destaca a estos fines, el denominado cinturón hortícola Platense, franja productiva ubicada en el periurbano de la ciudad y siendo uno de los más grandes del país

[2] El primer estadío corresponde al que “no presenta ventana y un solo acceso que es la puerta con cadena y candado”. Es decir, es lo más seguro posible dado que aún no está habitado a diario (por ende, seguridad prima por resguardo y no requiere la ventilación del hogar).