*Por Gerónimo Lampon
Hace tiempo que, de la mano de un grupo parlamentario para el que trabajo en Canberra —la capital de Australia de la que nadie habla—, estamos elaborando un nuevo proyecto de ley sobre salud mental en adolescentes. Hace poco se sancionó la obligatoriedad de la mayoría de edad para entrar en las redes sociales. Y no es casualidad: todo viene de lo mismo.
Poco se habla de la crisis de salud mental que vivimos quienes nacimos después del 2000. Según la OMS, uno de cada siete jóvenes de entre 10 y 19 años sufre algún trastorno mental. Y, por si fuera poco, el suicidio ya es la tercera causa de muerte entre adolescentes mayores y adultos jóvenes de 15 a 29 años (1). No es un dato menor, ¿no? Entre las causas aparecen el consumo problemático de alcohol, los abusos en la infancia, el estigma de pedir ayuda, las trabas para acceder a la salud y, claro, la facilidad con la que cualquiera encuentra un modo de atentar contra sí mismo.
Ahora, la pregunta es: ¿cómo puede ser que estemos tan mal con tanta información dando vueltas? Hoy abundan charlas, webinars, campañas, presupuestos estatales, hashtags… todo para concientizar. Y, sin embargo, acá estamos, cada vez más angustiados. ¿Y si justo el problema es ese? ¿Y si la sobrecarga de información es la nueva pandemia silenciosa?
Acá es donde muchos adultos dejan de leer. Acá es donde suelen revolear los ojos. Porque sí: es la típica frase indignada de sobremesa. “¡Lo único que faltaba, una generación que se estresa por saber demasiado!”. Pero ojo: pasa. No soy el único que se queda con un nudo en la panza después de ver lo que ocurre en Gaza, en Ucrania o en Haití. Y eso que estoy sentado en mi casa, a miles de kilómetros.

Crecimos en un mundo hiperconectado, con la promesa de que cuanto más datos tengamos, más libres y críticos íbamos a ser. Spoiler: salió al revés. Estamos más informados que nunca, sí, pero también más ansiosos, más confundidos y más cansados.
La catarata diaria de noticias sobre guerras, crisis climática, pandemias o injusticias sociales nos tiene con el corazón en la garganta. Lo que debería ayudarnos a “tomar conciencia” termina siendo un cóctel de angustia e impotencia. De hecho, los estudios lo confirman: cuando recibimos mensajes contradictorios —gobiernos, medios, ONG, todos hablando a la vez— lo que florece no es la calma, sino la tristeza, la bronca y el miedo. Es lo que algunos llaman fatiga informativa. Y ojo, no es un invento de queja juvenil: en Malasia lo midieron; en China, también (3) . Mismos resultados: más estrés, peor concentración y menos energía para la vida cotidiana.
Y si encima le sumamos las redes sociales, la ecuación se vuelve más cruel todavía. Todo es un escaparate donde otros parecen tener vidas perfectas, cuerpos esculpidos y rutinas de millonario a las cinco de la mañana. ¿Resultado? Sentirse un desastre al lado de tanto influencer que parece haber leído 101 ensayos que cambiarán tu vida y, encima, los aplicó todos juntos. Como si la consigna fuese: “Si no lográs entrar al club del 1 %, es porque no te esforzaste lo suficiente”. Ahí están los devotos de “Padre rico, padre pobre” o los fanáticos del “El club de las 5”, mostrando disciplina, éxito y determinación como si fueran credenciales obligatorias para sobrevivir.

Lo más paradójico es que, aun sabiendo que la info nos satura, no podemos soltarla. Un estudio de UNICEF dice que la generación Z se siente “abrumada por las noticias”. Pero, aun así, no deja de buscarlas. Es un círculo vicioso: necesitamos estar al día, aunque al mismo tiempo nos robe claridad, energía y esperanza (4).
La nuestra es la primera generación que no solo carga con las expectativas tradicionales de “ser alguien en la vida”, sino también con la mochila de estar informada de todo, todo el tiempo. La paradoja es clara: en un mundo que prometía emanciparnos con datos, terminamos esclavos de la información. Y, mientras más tratamos de procesar, menos entendemos.
Quizás el desafío de nuestra época no sea acumular conocimiento, sino aprender a ponerle un límite. Porque, después de todo, no se trata de saberlo todo, sino de no perdernos a nosotros mismos en el intento.
La sobrecarga de información no solo nos angustia, nos inmoviliza. Nos deja con la falsa sensación de que estamos “haciendo algo” mientras scrolleamos, cuando en realidad lo único que hacemos es desgastarnos. Cada vez cuesta más levantarse y actuar, porque el pase de la conciencia a la acción parece imposible. La paradoja es brutal: en un mundo hiperconectado, nunca fue tan fácil enterarse de todo y nunca fue tan difícil hacer algo al respecto.
(*) Graduado de la Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica de La Plata (UCALP)
