Por Eduin Alexander Rincón Galarza (*)
A poco más de un mes de la pascua del Papa Francisco y próximos a conmemorar la Revolución de Mayo, podemos aprovechar el momento para hacer memoria histórica de aquel acontecimiento que da origen a la Nación Argentina y que será movilizador para sentir-pensar el futuro de dicho país… y es allí donde quiero colocar el momento de gratitud por lo recibido en Francisco.
Estamos invitados/as a saber tomar y trabajar por el legado de Francisco, y observando los acontecimientos del tiempo presente, podríamos también sumar lo que nos regala El Eternauta de Oesterheld / Breccia en la adaptación que se ha hecho para Netflix -cuya primera temporada ha sido devorada por gran parte del público-, para tener algunas referencia en este andar juntos al que estamos invitados/as desde el anhelo de construir una sociedad más justa, más humana.
Si tomamos tanto el legado de Francisco como lo que emerge al aproximarnos a El Eternauta, podemos preguntarnos: ¿qué Argentina anhelamos? Quizás sean varias las respuestas o las inquietudes que surjan, pero lo que sí nos aporta Francisco y la historia de Oesterheld es que, para la realización de un proyecto, hemos de construir un “juntos” que integre el principio de comunión en las diferencias y diversidades.
Cito a Francisco en la bella y profética encíclica Fratelli Tutti n.º 8 “Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Entre todos: «He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente. […] Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos! […] Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos» [6]. Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos”.
Y es que cuando se ve la serie o cuando se lee (para quienes han leído la historieta de Oesterheld) se está trayendo al tiempo presente la certeza del corazón de que “nadie se salva solo”, “nadie puede pelear la vida aisladamente”, más allá de que al ver “la nieve” el miedo nos paralice y nos digamos “no puedo hacer nada”, porque esa nieve genera “una atmósfera donde «la distancia entre la obsesión por el propio bienestar y la felicidad compartida de la humanidad se amplía hasta tal punto que da la impresión de que se está produciendo un verdadero cisma entre el individuo y la comunidad humana” (Fratelli Tutti, 31).
Lo que nos regala esta historieta respecto a ese salvarnos con otros/as, es que se parte de lo humano que somos, con nuestras mezquindades, vulnerabilidades e intereses egoístas, donde la misma realidad va siendo medio para que progresivamente cada uno/a vaya saliendo de su propio amor e interés, hasta gestar un movimiento colectivo-comunitario, donde las capacidades de cada uno se potencian y resuena en el corazón, en la parte más íntima: soy porque soy con otros/as, dónde nos sentimos interpelados/as a ver de otro modo, comprendiendo que “las búsquedas personales van a tener que quedar para más tarde”.

Acontece en la historieta algo que desenmascara nuestra vulnerabilidad “y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades” (Fratelli Tutti, 32), y que al verse desnudos en lo humano, se comprende que somos parte de una misma pertenencia: somos humanos, somos hermanos/as. Y que desde allí podemos juntos buscar la solución para, más allá de sobrevivir, vivir con dignidad, en tiempos donde la nieve pretende matar lo humano. Anhelar y forjar, “trabajar y luchar juntos” (Fratelli Tutti, 203).
Hay mucha similitud entre el anhelo y las enseñanzas del Papa Francisco y la historieta de Oesterheld / Breccia, que daría para mucho más. La invitación en este tiempo es a hallar caminos de unidad en pos de una sociedad más humana, desde lo que somos, tenemos y podemos. Somos artesanos/as de esperanza, somos con otros/as, nadie se salva sólo, nadie.
Trabajar juntos, luchar juntos “puede unir a muchos en pos de búsquedas comunes donde todos ganan. Frente a un determinado objetivo común, se podrán aportar diferentes propuestas técnicas, distintas experiencias, y trabajar por el bien común. Es necesario tratar de identificar bien los problemas que atraviesa una sociedad para aceptar que existen diferentes maneras de mirar las dificultades y de resolverlas. El camino hacia una mejor convivencia implica siempre reconocer la posibilidad de que el otro aporte una perspectiva legítima, al menos en parte, algo que pueda ser rescatado, aun cuando se haya equivocado o haya actuado mal. Porque «nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él», promesa que deja siempre un resquicio de esperanza” (Fratelli Tutti, 228).
Les invito a releer con el corazón esta nota, y sacar provecho de los ecos que en nuestra interioridad resuenan, a que podamos asumir compromisos concretos en el nivel personal, familiar, comunitario, institucional etc. en pos de una sociedad que trabaja por el bien común desde el amor y la esperanza. Que brote el anhelo de trabajar y luchar juntos.
Extiendo a todos/as la invitación de no dejar de leer, meditar, discernir y tomar las enseñanzas de Francisco, y junto con León XIV seguir caminando juntos por hacer de este país un país para todos, todos, todos. Que ese sea el mejor modo de conmemorar la revolución de mayo.
(*) Secretario Académico, Departamento Superior de Teología.