Noelia Alem es profesora de Artes Plásticas del colegio Luis R. Mac Kay de primero a sexto año. A su vez, es docente en escuelas públicas, primarias y secundarias. Integra el equipo de investigación de colegios preuniversitarios a cargo de la Rectora.
En esta oportunidad, la entrevistamos para que nos cuente sobre su participación en el proyecto ‘‘Nos conocemos -un poco más- a través del arte’’, que consistió en un curso donde se les dieron lineamientos de la técnica de grabado a jóvenes de entre 18 y 21 años de la unidad penitenciaria n.º 45.
El proyecto surgió en el marco de la convocatoria 223/21 de la Secretaría de Extensión de nuestra universidad a cargo de la Lic. María de los Ángeles Wlasiuk y se desarrolló en conjunto con la Escuela de Arte Sacro de la Capellanía General del Servicio Penitenciario Bonaerense que dirige el Padre Carlos Pont Gasqués.

Noelia, en primer lugar, ¿nos podrías contar cómo llegaste a participar del proyecto y cuál fue tu rol?
Fui convocada por la Secretaría de Extensión para participar de este proyecto, que es una instancia de apertura de la universidad hacia otros sectores de la sociedad, y, en este caso, nos tocó la unidad penitenciaria n.º 45, en la que habitan jóvenes de entre 18 y 21 años. Al saber qué edades tenían y cuáles eran los grupos que íbamos a tener, pensé una propuesta artística para reforzar o explicitar cosas que sienten y que creen importantes ellos habitando ese lugar en las circunstancias o eventos que les toca vivir.
Sobre todo, algunas dinámicas de trabajo que hace que afloren cuestiones de sensaciones o de emociones que son poco rescatadas en esos ámbitos; por eso, pensé en un proyecto y una técnica artística que fuera sencilla de enseñar y aprender, y que les pudiera servir a ellos para tener una mirada a un posible futuro emprendimiento.
Siempre compartiendo esta mirada, que ellos están haciendo un tránsito en ese lugar y que tienen una vida después de la unidad, con posibilidades para reinsertarse, para defenderse, para proyectarse a futuro, porque son personas muy jóvenes.

¿Habías trabajado ya en un contexto de encierro o en algún territorio fuera de los espacios formales?
No, nunca. Siempre trabajé en colegios primarios, secundarios, y la verdad es que me resultó un desafío importante entrar en un contexto desconocido, porque, en ningún otro ámbito de mi vida, había entrado en este sector. Me pareció muy importante el primer encuentro que tuvimos, donde fuimos a presentarnos y a conocernos con María (Ma. de los Ángeles Wlasiuk), el Vicerrector (Sebastián Piana), el personal de capellanía y la escuela de arte sacro, que es con quien se hizo el convenio para llevar adelante el proyecto. Me pareció fundamental ese momento de conocernos y encontrarnos físicamente para fortalecer o pensar las dinámicas de trabajo.
Los chicos fueron superamables, muy predispuestos para aprender y agradecidos con la propuesta. Eso hizo que fuera también muy llevadero y muy fructífero; fue muy linda la experiencia.
¿Cómo era la dinámica del proyecto y de cada encuentro?
El taller estaba pensado para cuatro encuentros, uno por semana, que se hacían los días jueves y duraban aproximadamente dos horas. En el primer encuentro, me enfoqué más en conocernos, en que se presentaran como para empezar a encontrar esos espacios de ‘’intimidad’’ para conocernos más profundamente.
En la dinámica de presentación, tenían que decir sus nombres o un apodo -porque ahí se tratan mucho por apodos- y mencionar un miedo o algún deseo que tuvieran. Eso nos hizo pensar en algo a lo que estamos acostumbrados, a frenar y reflexionar. En ese contexto, ellos expresaron un montón de cosas, y de ahí tomé algunas palabras para empezar con la dinámica específica de la técnica de estampado que les iba a enseñar.
Tomando esas palabras, hicimos una lista de lo que para ellos era importante: cosas, objetos, personas, lugares, momentos de ese habitar que tienen en ese lugar. A partir de esas palabras, en el encuentro siguiente empezaron a dibujar, a llevar esas palabras a dibujos, a imágenes. Les expliqué que la imagen que hicieron con lápiz sobre papel, luego la iba a fotocopiar de forma espejada para que después nos sirviera para estampar. Luego, esa imagen se apoya sobre un soporte, se le agrega un líquido y se frota para que se traspase la tinta de la fotocopia al soporte, y esa es básicamente la técnica que fui a enseñarles.
Ellos iban entendiendo y preguntando, y, más allá de las preguntas sobre la técnica, nos preguntaban muchos sobre nuestras actividades laborales, sobre la inquietud de ser profesional, de dónde trabajamos. Entonces pudimos hacer, a partir de la dinámica de conocernos profundamente, que surgieran procesos de enseñanza y aprendizaje hablando no solo de la técnica, sino también de valores y de la vida en general.

¿Cuántos chicos participaron del proyecto?
Fueron grupos fluctuantes, el primer día fueron 24 o 25, todos superinteresados, dibujaban y escribían. La semana siguiente, muchos debían trabajar, porque el pabellón donde fuimos es un pabellón de estudio y trabajo, entonces algunos cursaban el taller y otros tenían que salir a trabajar.
Siempre tuvimos entre 10 y 15. Hubo mucha adhesión y mucha aplicación, en el último encuentro sobre todo, que había algunos que no habían participado de los encuentros anteriores y quienes participaron de todos los encuentros les explicaban a los otros cómo se hacían las cosas, las técnicas para hacerlo mejor, cómo salía mejor según las herramientas que teníamos.
¿Qué te sucedía a vos, o a ustedes como equipo, que nunca habían estado en un contexto así, con las cuestiones personales que iban surgiendo? ¿Cambia la dinámica de enseñar en un aula al hacerlo en un lugar así?
Yo no sé si será que me lo tomé muy naturalmente todo. No te voy a mentir que no tuve mis ciertos prejuicios, temores e incertidumbre de no saber a dónde iba. Sí te puedo confesar que, a partir del segundo encuentro, sentía que estaba entrando a un aula como entro en un colegio secundario. Porque mi manera de enseñar es estar siempre atenta a la realidad del grupo, a las individualidades que existen en ese grupo, y mi actividad profesional siempre se ajusta a eso, siempre tengo en cuenta los casos particulares.
En este caso, no sentí algo diferente. Sí me movilizaron un montón de historias, me movilizaban sus respuestas, su predisposición, porque también pensamos que muchos no iban a querer participar porque no era obligatorio. Sin embargo, nos esperaban, ponían la mesa, ponían manteles, preparaban jugo. Nos esperaban realmente porque ellos estaban predispuestos a aprender, y eso hacía que todo fuera más llevadero y lindo.
Me llevo muchas reflexiones acerca de la juventud; el haber compartido con ellos esta experiencia de enseñanza y aprendizaje hace que para mí sea muy importante un montón de otras cosas que yo puedo aplicar con los jóvenes que transitan la educación obligatoria. Reforzar cosas que van más allá del currículum académico, que tiene más que ver con lo vincular, con los valores, con estar predispuesto para el otro, un montón de cosas que creo que a ellos les ha faltado en su adolescencia y que por eso están donde están.

Sobre el resultado final del taller, ¿los estampados sobre qué material se hicieron y qué pasó con esas piezas?
Probamos sobre papeles para entender la técnica, sobre cajas de cartón, sobre retazos de lienzo y fibrofácil. A la semana siguiente, ellos se los regalaron a sus familias. Las imágenes tenían que ver con el trabajo, el día de la visita, el gimnasio, la cancha, la música, el taller de arte.
Además del que hicimos, ellos también tienen un taller de encuadernación, de serigrafía y un taller literario con un grupo de psicólogas que los acompañan. Nos mostraron sus producciones y estaban muy orgullosos de lo que habían logrado. Para ellos, los momentos de los talleres son superimportantes, y las imágenes que estamparon tenían que ver con todo esto. Algunas ilustraciones las hicieron ellos, otras se las llevé yo. Ellos recortaron e hicieron composiciones también con lo que les llevé.
Estamparon sobre diferentes materiales con la idea que, si a futuro, quieren pensar en un emprendimiento como estampar cajas para vender comida, estampar remeras, hacer cuadros o llaveros, sepan que esa técnica es muy versátil para distintos soportes.

Por último, como reflexión final, te quiero repreguntar sobre lo que dijiste sobre romper los prejuicios, sobre cómo es la gente o estos jóvenes en particular, en estos contextos sobre los cuales hay mucha estigmatización en relación a por qué están ahí o lo que pudo haber pasado con sus vidas.
Cuando llegó este proyecto a mí, muchos de mi entorno me preguntaron si estaba segura, si sabían dónde estaba yendo. Inclusive les conté del trabajo a los estudiantes del secundario y se asombran, me preguntan y quieren saber. Me parece fundamental ir con la verdad, abrirse a las experiencias nuevas que son muy fructíferas.
Es una ruptura total, nos encontramos con un grupo de jóvenes que nos decían ‘‘esto es como un VIP acá adentro, queremos estudiar, queremos progresar porque entendemos que tenemos un después, estar en este lugar es un ratito’’. Ellos son muy conscientes de esto, algunos tienen hijos, tienen familia afuera, y eso hacía que ellos hicieran fuerza e hicieran muchas cosas para poder permanecer en ese lugar hasta el día que se vayan.
Esta experiencia me sirvió para pensar la juventud de otra forma y también para pensar mi práctica profesional. Con la mirada no tanto en lo académico, que es muy importante, pero más en el ejercicio del servicio, de estar por el otro, por un otro, que tienen un futuro tan amplio, que lo tienen que conocer, no quedarse con esas situaciones que les ha tocado vivir y que los ha llevado a ese lugar.
