Acercamientos literarios a "Colectánea", la última obra de Horacio Castillo | UCALP
Acercamientos literarios a “Colectánea”, la última obra de Horacio Castillo
Acercamientos literarios a “Colectánea”, la última obra de Horacio Castillo

La disertación de Alfredo Jorge Maxit se realizó en el Museo de Arte Contemporáneo Beato Angélico de La Plata. 

COLECTÁNEA

Colectánea fue la voz elegida por Horacio Castillo como título de su última obra literaria. La voz significa ‘colección’, ‘reunión’ y condice con la suma de una variedad de temas, desplegada a través de medio siglo por el autor. Su publicación, además, fue motivada por las insistencias de su par académico Enrique Anderson Imbert.

Así se lee, al final de la Introducción: Pongo pues, al amparo de esa generosa exhortación, la presente Colectánea, que no tiene otra pretensión que compartir momentos de amistad, lecciones de ética, ejemplos de respeto intelectual, reflexiones sobre el mundo de la literatura al que, mal o bien, consagramos nuestra existencia (Colectánea, 10).

Un acercamiento al título nos confirma la procedencia latina del término, su derivación del verbo colligere: ‘reunir, allegar’. Por cierto que la elección del vocablo implica un rasgo del quehacer intelectual de Horacio Castillo: el de la búsqueda y dominio de la palabra desnuda, exacta, de la que diga lo que tiene que decir.

Vocablo que viene precedido -en su oficio de título o subtítulo- por obras que se remontan a la de Cayo Julio Solino, un gramático latino del siglo IV de nuestra era, y devienen  hasta las de Erasmo y de Fray Luis de Granada, entre otras. En latín, claro: collectanea. Se trata, pues, de una voz con tradición letrada, pero -esta vez, y presumo que por vez primera como título- dicha en nuestra lengua: Colectánea.

 

El lector verá confirmado el uso apropiado del lenguaje a lo largo de las distintas notas que componen el libro; notas en las que Castillo adjunta los datos necesarios para su localización y practica con frecuencia la indagación de las voces, acotando, más de una vez y para ganancia de cada recipiente, sus raíces etimológicas. Hábito que una lectura más amplia asociará a la búsqueda de claridad, precisión y hasta revelación, que también afloran en su prosa. Transcribo solo dos ejemplos.

Elytis siempre fue para mí una presencia (en su sentido etimológico: de praesum, estar delante,) (p. 77)

Porque de lo que se trata es de abstrahere – apartar, tirar, arrastrar lejos: separar las cualidades de un objeto para considerarlo en su pura esencia. (p. 183)

Ingresado a las páginas reunidas en una Introducción y veintiocho notas, intentaré compartirles, como dijera Salinas, lo que más  ha llamado a estos ojos.

ENCUENTROS

Tuve el privilegio, desde temprana edad, de conocer, frecuentar y, en algunos casos, trabar amistad con figuras destacadas de las letras o relacionadas con ellas. Se trata de encuentros a veces buscados, a veces casuales, ocasionales o duraderos, que dejaron en mí una impronta imborrable.

 

El texto pertenece a los primeros renglones de la Introducción a Colectánea. Creo que el recuerdo de los encuentros fue el impulso inicial de la obra,  y conjeturo no ajeno a su motivación, el de ese libro –Los encuentros– que Vicente Aleixandre le regalara cuando Castillo, de veinticuatro, veinticinco años, lo visitara en Madrid, en 1959.

Desde temprana edad –expresa.  A los 17 fue su encuentro inicial con Ricardo Rojas y, refiriéndose a Arturo Capdevila: ya adolescente, comencé a visitarlo en su casona de la calle Juncal. Recojo dos anotaciones de su estado emocional por aquellos entonces.

Cuando sus visitas a Rojas se hicieron frecuentes. Una o dos veces por mes volvía a la casa, empujaba el cancel y avanzaba con esa solemnidad en el corazón, ese peso de inmortalidad de que habla Reynolds en una carta a Keats.

 

Al recibir una misiva de Capdevila en la que juzgaba hermoso su poema, Salmo de la Esfinge. Lo viví como una consagración. Era, por supuesto, la gentileza del maestro para con un aprendiz de poeta, pero ese gesto de cariñosa urbanidad me ayudó a entrar sin recelos en la árida República le las Letras.

 

Y sumo la siguiente escena, vivida en la casa de Vicente Aleixandre: Me hizo arrimar una silla y preguntó si había llevado algún poema. Por supuesto, llevaba conmigo varios borradores que comencé a leerle. Por momentos me hacía suspender la lectura y pedía que repitiera una línea; a continuación, entrecerrando los ojos, la decía él, lo que me sumía en indecible felicidad.

De  unos cinco años atrás, una vivencia distinta y aleccionadora al escuchar la repuesta de Borges a sus poemas: Usted domina muy bien la técnica del verso, pero yo no sé qué suerte le puede esperar a un poeta que escribe como Darío hace cincuenta años. ¡Vaya si Castillo aprendió la lección!

Para cerrar -arbitrariamente, claro- esos encuentros de la impronta imborrable, dos fragmentos de dos cartas que Aleixandre enviara al joven Castillo, ya regresado a Ensenada, y un texto de Castillo rememorando a Rojas.

Con retraso, y no por gusto, le doy a Vd. las gracias por su carta y recorte de “La Nación”. Estoy contento con este bello recuerdo que Vd. ha escrito de nuestras charlas en Velintonia. Presidido por la vívida foto, con excelente pluma, poder de recreación y magnífica y muy cariñosa memoria, usted ha trazado un cuadro lleno de vida que me ha traído el recuerdo de sus visitas de 1959 <> (Carta del 3 de diciembre de 1960)

A este pueblo me he traído una carta de Vd, de hace meses. No quería dejar de mandarle unas líneas y que Vd, viera que le recuerdo. Leí su evocación italiana, con esa viva plasticidad que Vd. tiene para la memoria afectiva <> (Carta del 28 de julio de 1962)

Con esa precisión ya señalada, anota Castillo a pie de página: “ La “evocación italiana” a que alude Aleixandre es el artículo “Evocación dannuziana, publicado en el Suplemento Literario de La Nación el 8 de agosto de 1961.” También artículo de Colectánea. Y porque el mundo de Colectánea es el mundo de la vida literaria de Horacio Castillo, retorna misteriosamente D’Annunzio, al hablar tan sentidamente de Ricardo Rojas.

A la tarde, cuando entré a la casona y lo vi en su ataúd, sentí –como aquel personaje de D’Annunzio ante la muerte de Wagner- que el mundo había disminuido de valor. Moría con él, efectivamente, una Argentina ideal, una Argentina ya imposible, frustrada para siempre. Y nacía para mí, el compromiso de ser digno de su lección de vida. Por eso, años después, cuando publiqué su biografía, y sobre todo cuando pronuncié mi discurso de incorporación a la Academia Argentina de Letras, sentí que en alguna parte su espíritu se complacía por la devoción de aquel muchacho al que acaso vio como el hijo que no tuvo y al que un día abrió su casa y su corazón. (Colectánea, 19.)

 

Bien que adjunta Castillo, en pasajes anteriores de ese mismo artículo –Ricardo Rojas: Loor y gratitud-, el primero de Colectánea, otros momentos imborrables de su vida junto al autor de la primera Historia de la Literatura argentina. He aquí unos que recuperan, al final,  el tono emocional de su fascinada juventud.

En octubre de 1954,  con motivo de su candidatura al premio Nobel, me invitó a acompañarlo a Santiago del Estero y Tucumán<> Viajé primero, un jueves, en tren “lechero”<a Santiago>  y Rojas lo hizo el sábado por avión <> En la estación no me esperaba nadie <> Ya en el hotel,  me esperaba otra experiencia: los notables venían a saludar al “enviado” de Rojas y no salían de su sorpresa al ver aparecer a un chico esmirriado de veinte años y abundante cabellera. Y qué sensación inefable cuando al día siguiente, al abrir El Liberal, encontré la siguiente nota: “Para asistir a los actos programados y participar de ellos, ha llegado a nuestra ciudad el poeta bonaerense Horacio Castillo.”

Los encuentros de Castillo son muchos y diversos, como él mismo lo anotara: personales, epistolares, buscados, ocasionales…

Ocasional, por ejemplo, el de Pablo Neruda, presentado por su amigo trasandino Juvencio Valle. De cortesía, el de Camilo José Cela, que acogió su poesía en las páginas de Papeles de son Armadans. Entre los epistolares, además de las cartas de Aleixandre, las sostenidas con Odysseas Elytis. Y son cuatro premios Nobel los mencionados. Más la entrañable relación con Ricardo Rojas, un candidato. Dime con quién andas y te diré…

Colectánea también registra las visitas a Ramón Menéndez Pidal, a Francisca Sánchez, a Gregorio Marañón y  a la hija de Miguel  de Unamuno. Y los encuentros personales a través de las letras: con Don Quijote, en La Mancha, o con Gabriele D’Annunzio y su Duse, en Il Vitttoriale degli Italiani

Tratados en buena parte de la exposición anterior, me limitaré a otros llamados a estos ojos, privilegiando las tempranas indicaciones de Aleixandre: la plasticidad de su memoria afectiva, su excelente pluma, poder de recreación.

 

Al término de la disertación Juvencio me llevó hasta el escenario, donde Neruda ya había sido rodeado por varias personas. “Te presento a un amigo que ha venido de lejos para conocerte” –le dijo Juvencio. “¿Y de dónde ha venido? –preguntó Neruda tendiéndome la mano. Le dije, con la voz entrecortada por la emoción, que venía de la Argentina y que, como todos los jóvenes, tenía sus “Veinte poemas y una canción desesperada” como libro de cabecera. (p. 28) Castillo tenía entonces veinte años.

De su amigo chileno Juvencio, había anotado anteriormente: me invitó a su casa y me obsequió El hijo del guardabosque, cuyos versos y cuya generosa dedicatoria, fechada  el 26 de enero de 1954, me han acompañado durante toda mi vida. (p. 27)

 

Marañón, hablándole de Rojas: Como todos ellos, Marañón encontró en el autor de Eurindia un sincero interlocutor, un compañero de ruta en la pesquisa del destino hispanoamericano. “Después de la guerra, y como yo vivía en Paris –dijo- no lo volví a ver”. Y agregó: “Era un hombre extraordinario. El hombre más considerable que yo he conocido en América”, (p. 46)

Odysseas Elytis, corresponsal del Egeo es el artículo que Castillo dedica a su relación con el premio Nobel de Literatura 1979, de quien traduje –anota en la Introducción-  varios textos y que me honró con cartas de notable generosidad intelectual. Dos hombres unidos por el amor a la poesía y a la lengua griega, pero que no pudieron conocerse en persona. Transcribo los renglones finales del artículo.

Y un día, cuando su traductora Nina Anghelidis me trajo de parte del poeta un ejemplar dedicado de Ta elegia tis Oxópetras (Elegías de Oxópetra), sentí como si al fin nos hubiéramos encontrado, como si tendiéndome la mano me hubiera dicho: ¡Agapité mu file! (¡Mi querido amigo!). Y yo, con un dejo de inmortalidad en el corazón, hubiera respondido: ¡Kirie Elytis, jeró polí! (¡Señor Elytis, mucho gusto!) (p.77)

TRABAJOS DE DISTINTO TENOR

Sobre algunas de esas experiencias escribí artículos en diarios y revistas <> A ellos se agregaron, a través del tiempo, trabajos de distinto tenor, como los estudios preliminares  de Páginas de Alberto Girri seleccionadas por el autor y Aldea millonaria, de Enrique Loncánglosas sobre la palabra argentinidad inventada por Unamuno,  el adjetivo unánime empleado por Borges en el cuento “Las ruinas circulares”; disertaciones en la Academia Argentina de Letras sobre Ricardo Molinari y Vicente Huidobro; notas sobre el Quijote visto por Nikos Kazantzakis; el encuentro de éste con Miguel de Unamuno en la España de 1936; mi conversación con Victorino Nogueira, el último sobreviviente de aquellos paisanos a quienes Ricardo Güiraldes dedicó Don Segundo Sombra; la singular historia del poeta francés Henri Levet, que después de un largo olvido labró su fama con sólo diez poemas, uno de ellos dedicado a la ciudad de La Plata.” (Colectánea, 8-9)

Podría sumársele a tal lista: Becher o la perfección; Amalia y Sobre héroes y tumbas: intertextualidad y reescritura. Y quedan -para un último apartado- tres disertaciones que elijo nombrar así: La vía de acceso a lo absoluto.

Del estilo y las voces

En su artículo Becher o la perfección. (Becher, 1882-1921) Espíritu profundo, con vasto conocimiento de la literatura, especialmente la francesa, Becher tenía un gran sentido crítico y una prosa tan pulcra que se convirtió, pese a sus pocos años, en verdadero maestro. Su influencia sobre los jóvenes de su generación fue evidente y contribuyó, principalmente, a suscitar en ellos la necesidad de estilo. <>Becher luchó arduamente por esa perfección, pero aspiró a un estilo absoluto que terminó por frustrar su obra. No obstante, dio al idioma español una tersura, una economía, una precisión –casi diría una serenidad- que anticipan a Borges. (Colectánea,  112. 114.)

En Enrique Loncán y el mito de La gran Aldea. (Loncán, 1892-1940) Y en el caso de Loncán –agregamos –la de Borges. Sin ánimo de forzar la afinidad, y reconociendo la diferencia de niveles literarios en que trabajan, se advierten algunas concomitancias: economía y precisión, rigor en la estructura del relato, erudición real y apócrifa, personajes pertenecientes al entorno del autor mezclados con los ficticios, cierto tono sobrador propio de la “porteñidad”. Hasta en el culto de la “boutade” hay correspondencia, como lo sugiera ésta de Loncán que bien podría haber estado en boca de Borges: “París es más tranquilo que Olavarría, pero acostumbrándose resulta más interesante”.  (Colectánea, 138-9)

En Prestigio y genealogía de una adjetivo borgesiano. ¿Qué es una noche unánime? ¿Una noche cerrada, sin estrellas? ¿La noche metafísica? ¿La noche inmortal de Homero, la noche invisible de Parménides, la noche sin sol de Heráclito, la noche solitaria de Empédocles, la noche cóncava de Anaxágoras que el propio Borges menciona en un poema?¿La noche de Novalis? ¿La noche idumea de Mallarmé? La repuesta, o una de las repuestas, habrá que rastrearla en la etimología: unus (uno)  y animus, (alma, espíritu, y más lejos ánemos (viento). Es decir, la noche inasible de una sola alma: la morada heideggeriana del Ser o, más exactamente, lo siniestro (freudiano (umheimlich).

Del Uno hablará Castillo a propósito de Girri o de Katzantzakis. También volverá, y más profundamente,  a la necesidad de estilo.

 

De la argentinidad

La vida intelectual de Horacio Castillo pertenece al ancho mundo de la literatura que comienza por el mundo de la nuestra.

De alguna manera ya han sido nombrados algunos autores como Rojas, Capdevila, Borges, Becher, Loncán, Molinari, Girri. Algunos textos, solamente algunos, en los que aparece la preocupación por lo argentino o por la esencia de la argentinidad.

(De: Amalia y Sobre héroes y tumbas: intertextualidad y reescritura. Colectánea, 146-7)

“Escribe Mármol: Nuestros hábitos de desunión, en la parte más culta de la sociedad; nuestra falta de asociación en todo y para todo; nuestra vida de individualismo; nuestra apatía; nuestro abandono, nuestro egoísmo; nuestra ignorancia sobre lo que importa la fuerza colectiva de los hombres, nos conserva a Rosas en el poder <…> Será siempre mentira la libertad; mentira la justicia; mentira la dignidad humana; y el progreso y la civilización, mentiras también, allí donde los hombres no liguen su pensamiento y su voluntad para hacerse todos solidarios del mal de cada uno, para congratularse todos del bien de cada uno, para vivir todos, en fin, en la libertad y en los derechos de cada uno.

Sábato: Los argentinos somos pesimistas (decía Bruno) porque tenemos grandes reservas de esperanzas y de ilusiones, pues para ser pesimista hay que previamente haber esperado algo. Éste no es un pueblo cínico, aunque esté lleno de cínicos y acomodados; es más bien un pueblo de gente atormentada, que es todo lo contrario, ya que el cínico se aviene a todo y nada la importa. Al argentino le importa todo, por todo se hace mala sangre, se amarga, protesta, siente rencor. El argentino está descontento con todo y consigo mismo, es rencoroso, está lleno de resentimientos, es dramático y violento.

(De: Argentinidad, palabra unamuniana. Colectánea, 155)

“Sólo resta, ahora, que esa palabra acuñada por un español, Unamuno, y vivificada por un argentino, Rojas, incorpore la acepción –no fácil por cierto- que está en su mismo origen: cualidad espiritual, mental y moral que hace al argentino argentino.

 

(De: Ricardo Molinari: el desierto transparente. Colectánea, 127)

“Si bien el desierto puede considerarse un recurso retórico, es también una sublimación de la llanura, celebrada abundantemente por Molinari junto con los grandes ríos, los pájaros, los árboles e inclusive algunas de sus criatura históricas como Quiroga y Lavalle

(De. Victorino Nogueira: a la Sombra de Don Segundo. Colectánea, 117- 118)

Y así como viajó a Chile, a España, a Italia, a Grecia, en busca de nombres y obras del arte, Colectánea nos lo muestra por otros pagos de nuestra literatura.

“Yo había peregrinado, en esos días, por varios lugares asociados a nuestra literatura gauchesca: el Tuyú, en especial el museo de General Lavalle, donde se exhibían unos restos óseos atribuidos a Santos Vega; Lujan, en cuya basílica se conservaba el cráneo de Juan Moreira; Navarro, lleno de reminiscencias de Don Segundo Sombra (allí, en la fonda del Polo, entra a comer Don Segundo y concurre a una riña de gallos). Sólo me faltaba, como una meca, San Antonio de Areco, en particular la estancia del comodoro Juan José Güiraldes donde –según había oído decir –vivía Victorino Nogueira <>”

“¿Don Victorino Nogueira? –pregunté. “Sí, señor”, contestó. Le expliqué el motivo de mi visita y, abriendo la tranquera, me hizo sentar a su lado, en un banco de madera debajo del alero. Nogueira andaría por los ochenta años<>”

LA VÍA DE ACCESO A LO ABSOLUTO Y EL POETA EN LAS POSTRIMERÍAS

En los finales ya de estos insuficientes acercamientos damos con los más hondos, los más necesitados de nuestro esfuerzo intelectual, de nuestra reflexión.

En  La vía de acceso a lo absoluto, un fragmento de Unamuno y Katzantzakis, gemelos de espíritu. (Colectánea,80), una disidencia de Horacio Castillo con un texto de su admirado Alberto Girri y sólo pasajes de una de las tres disertaciones  acerca de lo estético como vía de acceso.

“La confrontación de Katzanzakis con el genio español adquiere particular relevancia en su encuentro con Miguel de Unamuno, su gemelo, o como lo llama, ton tromeró skandzojiro (el terrible puercoespín). No es el caso de trazar un paralelo exhaustivo entre ambos espíritus, evidente en sus mutuas preocupaciones por Dios, Cristo, la inmortalidad,  la condición humana. Digamos solamente que los hermanaba el mismo pathos, idéntico sentimiento trágico de la vida, y la búsqueda desesperada de una vía a lo absoluto.”

“En su poema sospechosamente autobiográfico “Cuenta regresiva”, incluido en Poesía de observación, Girri dice haber borrado de su lengua, además de “trascendencia” y “solitario”, la palabra “absoluto”. No es así. Primero porque la propia poesía es una pretensión de absoluto, pero además  porque éste no es consecuencia de la voluntad, sino una necesidad del espíritu, y termina siempre imponiéndose.” (216)

Fragmentos de Apuntes para una gnoseología poética.

 

La obra de arte revela –nos dice Castillo-  un aspecto esencial del objeto estético. Este, como mero objeto, como objectum, está arrojado antes, colocado delante, esperando una respuesta sin la cual es imposible la consumación de su ser. (177) Allí late el Ser, desde allí viaja hacia la palabra para alcanzar la plenitud. <> Y, entre otras citas, transcribe una del libro de Walter Otto sobre las Musas: El Ser y su magnificencia deben ser expresados, ésta es la plenitud del Ser”. (178)

“Debemos demorarnos en ese instante mítico, en ese momento en que el fluir del Ser deviene palabra, poesía. El instante prometeico, el del robo del fuego, acerca del cual disponemos también de  testimonios. Gottfried Benn habla de una “materia psíquica”, “un sordo germen creador”; Bremond, de “chispa misteriosa”; Michel Seuphor, de “grito”; Herbert Read, de “relámpago que ilumina lo desconocido”; Freud, de “sueños diurnos”; otros, de “arrobamiento”, “excitación”, “estallido”.

Se trata, en general, de estímulos que generan un estado de extrema atención, de alerta: ese estado crepuscular en que la conciencia se encuentra consigo misma y objetiva lo inefable <>” (179)

“Tal es la naturaleza de ese momento supremo: el de la comunión con lo absoluto. El de la desacreditada inspiración,  el “soplo”, el don, la gracia, la Musa. (180)

Lo dice Benn: “la obra está terminada antes de escribirse, sólo que el poeta aún no conoce el texto”. Bremond afirma algo parecido: “el creador ve, con un solo golpe de vista, moverse y vivir esta obra que no está hecha y sin embargo existe”. Hay un arquetipo y la tarea del poeta consiste en revelarlo”. (181)

“Esta lengua común, esta koiné de los poetas, nace en esa zona que Adorno llamó “el más alto grado de individuación del ser doliente.”  “A esta lengua llamo forma. Y aquí tocamos otro aspecto de este misterio: la abstracción. Porque de lo que se trata es de abstrahere– <> separar las cualidades de un objeto para considerarlo en su pura esencia. Dicho de otro modo, eliminar lo contingente hasta alcanzar la claridad de lo absoluto, aligerar el peso hasta que adquiera gracia. Para decirlo con Nikos Kazantzakis, convertir el bosque en árbol y el árbol en columna; pero la columna debe oler a pino, a ciprés, a madera, a resina. Entonces la forma es el supremo contenido. He aquí, como lo entendieron Schiller y Schelling, el fin último del arte: aniquilar la materia mediante la forma y, mediante la perfección, aniquilar la forma. (183)

El final de El poeta en las postrimerías.

 

“Tal vez también unas palabras de Hegel arrojen un poco más de luz: “Cuando una época ha llegado a su fin, cuando el Espíritu, encerrado en la certidumbre de sí mismo, llora la pérdida de su mundo, debe extraer su esencia de su propia pureza”. Es decir, cuando la ruina se ha consumado, cuando ya no hay centro, el Espíritu debe recuperar su propia gravedad, convertirse el mismo en Centro. Y ese acto culminante, ese acto mediante el cual el Espíritu se convierte en centro de gravedad, es un acto estético, acaso lo que el mismo Hegel llamó arte absoluto. Esto es, un arte que no sólo quiere expresar la sustancia surgida del seno del Espíritu, sino que pretende ser objeto de su propia expresión: no sólo crear a partir del concepto sino convertir en tema el concepto mismo, de modo que concepto y obra creada se funden para establecer la unidad del espíritu y del mundo. Ese acto estético, ese arte absoluto, es el que piden al poeta las postrimerías. No la juventud ni la inmortalidad, no el gozo de la fugacidad y de la eternidad inmóvil, sino esa instauración del Espíritu como centro del mundo gracias a la cual tendremos nuevamente destino, puede que tengamos porvenir. (Colectánea, 176)

LAS IMPRONTAS DE COLECTÁNEA

Estos acercamientos, insuficientes, claro, han privilegiado los textos de Colectánea a su interpretación. Tal vez sean dos propósitos y un deseo las causas de esta lectura: mostrar parcialmente pasajes de la última obra de Horacio Castillo; invitar a un acercamiento personal, si fuera posible; desear que Colectánea reciba pormenorizados, justos estudios.

Castillo habla muchas veces de “concomitancias” entre ciertos autores y textos. Y son muchas las de su propia obra. Observen, por ejemplo, las del final recientemente leído de El poeta en las postrimerías, una disertación pronunciada en 1991  en la Academia Argentina de Letras, y el final de su estudio Alberto Girri: poesía y abstracción, el último de los textos de Colectánea, y, sin embargo el de la fecha más antigua, 1983.

“Ciertamente, el Universo es caótico; también lo es la Historia. Pero el hombre es libre y esa libertad es el fundamento de la esperanza. Es, además, la condición de su identidad, pues de ella depende la consumación de ese debe inmanente que es el hombre y que reúne lo disperso y fija lo cambiante. Como pensaba Nietzsche, el hombre es un animal que puede prometer; y lo que puede prometer es precisamente eso: su libertad, su debe, porque sólo este debe hace la unidad del hombre y del mundo. Solo por este debe hay destino, puede que haya porvenir.” (Colectánea, 228)

Entre los textos de su preferencia voy a nombrar dos. Uno, ya mencionado al hablar de la lengua común de los poetas, el de Adorno, y que aparece repetidas veces. En la siguiente, por ejemplo. “Es a partir de ese “ai” que Huidobro vuelve a desandar el camino, ahora consciente de que la palabra de la poesía es “la palabra interna” una palabra –afirma- que está debajo de la palabra.  Esta palabra interna se corresponde con lo que Eliot llamó internal darkness (tiniebla interior) y Adorno “el mayor grado de individuación del ser doliente”: la zona de la pura interjección, la zona del ay, –del aj, del oh petrificado desde Homero.” (Colectánea, 110)

El otro, el texto imagen de Kazantzakis, íntimamente relacionado con la abstracción. También ya citado y repetido en el libro. “Dice Nikos Kazantzakis que el artista –aquí podríamos escribir el clásico- entra en el bosque de la vida y convierte el árbol en columna, pero la columna huele a resina.”(Cómo leer los clásicos, Colectánea,163)

Imagen que no puedo dejar de relacionar con la del citarista, imagen que pertenece a La luz cicládica y otros temas griegos. Única cita que me permito fuera de Colectánea, porque a mi parecer es la  que mejor identifica a Horacio Castillo artista.

De allí precede, de Keros, una de las obras más notables de la historia del arte: El citarista. Esta pieza de mármol, que representa a un músico o aeda, ha reducido la figuración a formas cilíndricas cuya unidad linda con la perfección. Adelantándose al artista clásico e inclusive al moderno, el escultor cicládico ha llevado la materia mediante un proceso de depuración formal, al máximo grado de luminosidad y, por ende, de absoluto. (p. 15)

 

Quien se acerque a Colectánea se encontrará con el Castillo de la plástica emotividad; el de la lectura gozosa o el de la presta a la conjetura, la inferencia, al análisis sorprendente; el lector de las mil y una de filósofos, psicólogos, críticos del arte y poetas; el fervoroso de la ruta del Quijote y de sus ingeniosas aventuras o de las vitrinas del Il Vittoriale; el escritor atento a las nuevas teorías literarias; el amante de la luz, la transparencia; el hombre que ha querido compartir el privilegio de más de medio siglo consagrado al mundo de la literatura.

Con el mismo hombre, al que más de uno de nosotros pudo estrechar la mano al visitarlo en su  acogedora casa. El mismo que se sentara en un banco, junto al paisano Victorino Nogueira, el del tiempo pasa al paso.

¡Nos quedan sus andares, Horacio Castillo!  

BIBLIOGRAFÍA CITADA

CASTILLO, Horacio. Colectánea. La Plata, Ediciones al margen, 2010.

CASTILLO, Horacio. La luz cicládida y otros temas griegos. Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 2004.