* Por la Lic. María Navarro
Como secretaria académica, quisiera compartir ciertas ideas que surgen en esta etapa tan singular del ciclo lectivo: el período de pruebas finales. Una fase que, para numerosos alumnos, supone un reto mayúsculo y una ocasión, pero también un origen de preocupación, indecisiones y precipitación.
Seguramente, estemos de acuerdo -porque lo observamos- en que los alumnos actuales cursan su formación en un entorno social y educativo complicado, signado por variadas imposiciones, tiempos vertiginosos y, en muchos casos, dudas personales. En tal marco, afrontar una prueba final puede ser visto como un objetivo arduo de concretar. Por ello, como institución, debemos reivindicar el sentido genuino de la evaluación: no como sanción ni como una fase temida, sino como un instante más dentro del trayecto de enseñanza.
Muchos autores han tratado -y siguen tratando- el tema de la evaluación en procesos formativos, pero particularmente, Anijovich & Cappelletti (2017) nos dicen que “la evaluación formativa es un proceso continuo que busca mejorar el aprendizaje a través de la retroalimentación y la regulación del proceso educativo. Se diferencia de la evaluación sumativa, que tiene como objetivo la calificación o certificación”[1].
Se sugiere reflexionar sobre que evaluar no es solo puntuar. Es percibir cuánto ha evolucionado el estudiante, cuánto ha entendido, y hasta qué punto puede usar ese saber de modo correcto. Y esto supone, asimismo, un compromiso profundo de quienes enseñamos. El aula debe seguir siendo un sitio de aprendizaje, aun cuando se avecina el fin del cuatrimestre. La evaluación, bien concebida, puede ser otra fase formativa.
Capítulo aparte, en este sentido, y que quedará para otra nota, es pensar en la IA como participante activo de la enseñanza y el aprendizaje y su rol decisivo en los procesos de evaluación.
Por otro parte, es esencial resaltar las asignaturas que se imparten bajo régimen de promoción directa, una modalidad que precisa del estudiante una dedicación mantenida a lo largo del tiempo, y del docente, una programación meticulosa y estratégica. Cuando se logra este equilibrio, se edifica un camino sólido, que faculta al alumno a demostrar sus aptitudes sin tener que recurrir a una prueba final habitual.
Pero para que la promoción sea viable, es primordial una cultura institucional que apoye e impulse. Las tareas propuestas, los instrumentos de valoración, los espacios de retrolimentación y la comunicación entre docentes y alumnos son elementales. Formar ciudadanos críticos, independientes y responsables implica también formar evaluadores conscientes, que sepan orientar, demandar y acompañar.
Rendir una prueba es, en síntesis, una fase de desarrollo. Y cada uno de nosotros, desde el papel que desempeña, tiene la chance de hacer de ese instante algo preciado. Que el alumno sienta que puede lograrlo. Que sepa que está aprendiendo cosas. Y que descubra que también rendir es un modo de elegirse a sí mismo y demostrar a su docente que su enseñanza fue significativa.
[1] Rebeca Anijovich; Graciela Cappelletti, La evaluación como oportunidad, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Paidós, 2017.
* Secretaria Académica de la Facultad de Humanidades UCALP