José de San Martín y la poesía argentina
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José de San Martín y la poesía argentina

Nuestros acontecimientos históricos como país independiente fueron legitimados desde el plano imaginario mediante la creación de símbolos, alegorías, rituales y representaciones artísticas, que buscaron dar trascendencia a lo real y sacralizar lo profano.

La literatura en general, pero especialmente nuestra poesía, abordó la trayectoria de muchos de nuestros héroes cuyos carismas contribuyó a formar, celebró todas las batallas que se libraron, no solo las que alcanzaron la victoria, sino las que conocieron la derrota, tejió numerosas coronas fúnebres para honrar a nuestros muertos e inauguró un espacio novedoso y pícaro, el de los cielitos, los diálogos y las relaciones de la literatura gauchesca, connotados por una fuerte apelación al gaucho patriota.

En este marco, la figura del general José de San Martín fue motivo de numerosos poemas que acompañaron sus victorias: en Chacabuco (escritas por Esteban de Luca, Juan Ramón Rojas, Fray Cayetano Rodríguez y Juan Cruz Varela), en Maipú (escritas nuevamente por Juan Ramón Rojas y Juan Cruz Varela, a quienes se sumaron Vicente López y Planes, Manuel de Belgrano, Bartolomé Hidalgo y muchos poetas más) y, a propósito de su entrada y la liberación de Lima, entre las que destaco, especialmente, el Canto lírico a la libertad de Lima, de Esteban de Luca, por la respuesta que dicho texto motivó en el homenajeado.

Conforme la retórica neoclásica, empleando versos de arte mayor y recursos de estilo que aludían a Grecia, Roma, Apolo, la Fama, los clarines y el laurel, entre otros referentes similares, el poeta destacó una fuerte oposición discursiva y conceptual entre la libertad y la tiranía. Entre los tiranos, situó las figuras de Jerjes, Atila, César, las águilas francesas (clara alusión a la cercana experiencia de Napoleón) y, fundamentalmente, a España.

Entre los defensores de la libertad, y animado por “celestial impulso,” le otorgó centralidad y protagonismo al general José de San Martín, quien no casualmente será denominado después, “El Libertador de América” o “El gran Libertador”.


El poeta tramó literariamente la figura de San Martín, sumando a su perfil heroico y las
virtudes concomitantes el mandato de una justicia “superior y augusta”, “que le ordenaba combatir”; recreó la imagen plástica de su espada de “gran capitán”, elogió su intenso valor, recreó el estruendo de la batalla y lo consagró, finalmente, como portavoz de “la sagrada causa” de la patria, expresada en el lema: “Independencia al suelo americano.”

¿Cómo se posicionó San Martín tras leer el poema, al verse cubierto con ropajes literarios que le resultaban ajenos, los que actualmente han sido desplazados por nuevas ideas estéticas sobre la poesía? Su carta de agradecimiento a Esteban de Luca muestra no solo su humildad frente al elogio, sino que aporta una interpretación política trascendente:

  • Compañero y paisano apreciable:

    No es ésta la primera vez que Ud. me favorece con sus poesías inimitables; no atribuya a Ud. a mi moderación esta exposición, pero puedo asegurarle que los sucesos que han coronado esta campaña no son debidos a mis talentos (conozco bien la esfera de ellos), pero sí a la decisión de los pueblos por su libertad y al coraje del ejército que mandaba: con esta especie de soldados cualquiera podía emprenderlo todo con suceso. Quedo celebrando esta ocasión que me proporciona manifestar a Ud. mi reconocimiento, y asegurarle que es y será su muy afectísimo paisano y amigo

    José de San Martín

Al dirigirse al destinatario de su misiva como compañero y “paisano”, y al despedirse él mismo como “paisano” y amigo, San Martín se corre del plano de las representaciones neoclásicas para instalarse en el plano de la realidad americana más concreta, donde la palabra paisano puede aludir al gaucho integrado a la sociedad, o simplemente a los habitantes de un mismo país, en una relación donde no hay héroes ni poetas, sino integrantes de un pueblo que ha tomado la decisión de luchar por su libertad.

Desde nuestro presente, resulta muy edificante recordar a quienes no buscaron transformarse en conductores personalistas, proclives al aplauso, y prefirieron situarse como honestos servidores de la Nación.


Dra. María Teresita Minellono
Decana de la Facultad de Humanidades 

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