¿Qué es Orar? Algunas pistas
Vida UCALP

¿Qué es orar? Algunas pistas

En una época donde “lo espiritual” está cada vez más latente, donde parece que el mundo de la razón, de lo tangible, de lo visible comienza a ser una parte más, con religiones tan diversas a las occidentales que también oran y de las cuales se puede aprender, ¿Cuál es la oración Cristiana? ¿Cuál es la diferencia que tiene esta Oración con otras religiones? ¿Cuál es el sentido espiritual que tiene?

Como estamos en Cuaresma, la Oración es uno de uno de los tres aspectos fundamentales para prepararnos a la Pascua. Dejamos una breve guía espiritual sobre la oración, escrita y reflexionada por quien fuese Obispo de Milán, Carlos María Martini.

EL CLIMA DE LA ORACIÓN

¿Cómo ayudarnos a nosotros mismos y a los demás a reavivar en nuestro corazón la oración?

La oración es algo sumamente sencillo, es la respuesta inmediata que nos sale de dentro del corazón cuando nos ponemos ante la verdad del ser.

Esto puede suceder de muchas maneras; quizá de distintos modos para cada uno de nosotros: para uno puede ser un paisaje de montaña, un momento de soledad en el bosque, el escuchar una música que casi nos hace olvidar las realidades inmediatas, que nos aparta, por un momento, de nosotros mismos. Estos son momentos de verdad del ser, en los que nos sentimos algo así como sacados fuera de la esclavitud de las invasiones cotidianas, de la esclavitud de las cosas que continuamente nos apremian; respiramos mejor que de costumbre, sentimos algo que se mueve dentro y, entonces, en estos momentos de gracia natural, en estos momentos felices, en los que nos sentimos plenamente nosotros mismos, es muy fácil, casi instintivo, que se eleve una plegaria.

Además de esta verdad, que es la oración del ser, hay que tener presente otra situación: la oración del ser cristiano. El texto fundamental, al que tenemos que referirnos es: el Espíritu ora en nosotros (Rom. 8, 14-27). La educación a la oración consiste, pues, en tratar de favorecer esas condiciones que ponen a la persona en estado de autenticidad, y en buscar dentro de nosotros la voz del Espíritu que ora, para darle lugar, para darle voz. Sin esta premisa no hay oración cristiana.

La pregunta. ¿Cómo ayudar a descubrir dentro de nosotros los movimientos del Espíritu?

Tres actitudes. Son simples sugerencias que cada uno puede confrontar con la propia experiencia y luego podrá sugerir otras más aptas.

  • La situación de oración, es decir, la situación preliminar de la persona
  • El ingreso en la oración, como momento de entrada en la oración;
  • El ritmo de la oración, como ritmo de permanencia en la oración.

Situación de oración

Es importante partir de este hecho: cada uno de nosotros tiene su propia e irrepetible situación de oración; irrepetible no solamente porque es “mía”, como persona distinta de otra, sino también porque es “mía” en este momento y, por tanto, es también irrepetible en el tiempo.

La pregunta específica es: “¿Cómo reconocer mi situación de oración, la situación desde la cual orar yo? ¿Cómo hacerla emerger?

No es una situación que resulte de la oración de los demás, ni de diversos modelos de oración, ni de libros sobre rezar; Esto es muy bueno, es parte de la educación pero no lleva todavía al descubrimiento de nuestra situación de oración; al contrario, puede ser ilusorio. Entonces, aunque sean modelos, indicaciones y experiencias de otros, no son instrumentos suficientes ni muy útiles para hacernos conocer cuál es nuestra actual situación de oración. ¿Cómo encontrar, pues, desde el punto de vista positivo, nuestra situación de oración, nuestro punto departida? Señalo tres indicaciones muy breves: una postura del cuerpo, Una vocación del corazón, una página de la Escritura en la que me puedo reflejar.

Una postura del cuerpo

Si ahora tuviera que expresar verdaderamente lo que siento y lo que deseo más profundamente, ¿qué actitud asumiría como expresión mía de oración? Parecen cosas simples, podrían parecer quizá ridículas, pero nos expresamos así, nos expresamos hasta con gestos. Dejémonos alguna vez ser libres en la expresión: Es importante que, precisamente por medio de la expresión corporal manifestemos exteriormente la profundidad de nuestros deseos.

Un grito del corazón

Preguntémonos: si en este momento tuviera que expresar verbalmente lo más profundo que está en mí, ¿Cómo lo expresaría? Dejemos que venga libremente a la luz lo que en ese momento nos caracteriza.

También Jesús, en un momento determinado de su vida, exclamó: “¡Mi alma está triste hasta la muerte!” y también: “¡Te doy gracias, Padre, porque siempre me escuchas»“ no hay que tener miedo de lo que aparece por más desconcertante que parezca.

Escritura en la que me puedo reflejar

Preguntémonos: ¿si yo tuviera que expresar lo que más siento, deseo, mis miedos, lo que quisiera pedirle a Dios, ¿en qué personaje, en qué figura, en cuál escena del Evangelio me colocaría? Podría reconocerme y reflejarme en las palabras de un salmo que exprese verdaderamente mi estado de ánimo. Es sumamente importante verificar estos puntos de partida, porque desde ahí se puede trabajar. Así se puede desarrollar un diálogo que no parte de una realidad buscada artificialmente, sino de la verdad de la persona.

Ingreso en la Oración

Seguramente ésta es una de las causas por las cuales la oración se nos hace difícil: no pensamos en una entrada, en un ingreso. Es necesario anteponer un momento particular, un momento de silencio, de recogimiento. Y diría yo que hay algo más: a este momento de ingreso lo llamaría casi una especie de comienzo; el poner en cero nuestra fantasía y nuestro mismo ser, como se pone en cero un medidor de kilometraje. Es necesario quitar del diálogo con Dios toda presunción, todo lo que creemos que hemos aprendido y que poseemos. Tenemos que entrar en la oración como pobres, no como dueños.

Conscientes de que no tenemos nada que llevar, sino todo por recibir. Creo que si no lo hacemos, nuestra oración se vuelve más pesada, llena de cosas que la distraen.

Ritmo de la oración

La oración, como la vida, tiene su ritmo que la sostiene. ¿En qué consiste este ritmo? El ritmo fundamental, esa música que llevamos dentro de nosotros es la respiración. Este es el ritmo fundamental de la vida, el que nos da el compás para vivir. Precisamente por esto, tanto la tradición monástico de la Iglesia griega, cuanto -y más aún la tradición oriental yoga y budista, le han dado un grandísimo valor a las técnicas de la respiración; incluso, llegaron a señalar muchos modos de hacer esta actividad consciente, asumirla y poderla controlar. Existe una respiración de la oración, un ritmo que, una vez conseguido, nos ayuda y nos permite perseverar en este diálogo, con alegría y hasta con gusto interior, con una satisfacción que nos llena el corazón, que nos coloca en la verdad de nosotros mismos.

La otra técnica muy sencilla es la del Rosario. El Rosario es la versión occidental, un poco más complicada, de la oración repetitiva de Jesús, de tipo oriental. Entre nosotros comienza en la Edad Media y se difunde cada vez más. Pero no es una oración fácil. Es una oración que creo que necesita una cierta calma, un cierto descanso, la adquisición de ritmos que nos permitan entrar en un verdadero estado de oración, y que no resulte una mera recitación verbal.

Finalmente, quiero decir una última palabra para aclarar cuanto acabo de exponer.

Podría parecer que la oración se aprende con algunas técnicas, por medio de un ejercicio largo que lleva el hombre a adquirir una cierta posesión de sí, un cierto dominio, una cierta calma, una cierta respiración, una cierta profundidad. Esta es, en el fondo, la finalidad de las técnicas yogas: lograr que el hombre se domine plenamente a sí mismo.

Pero si nos dejamos ilusionar en este sentido, entonces nos equivocamos respecto de la finalidad de la oración cristiana. La finalidad de la oración cristiana no es que el hombre se posea a sí mismo; aunque el modo de orar cristiano hace que el individuo adquiera una auténtica conciencia de sí mismo y se vuelva una persona más equilibrada, más ordenada, más reflexiva, más atenta, más previsora. Todo esto es ciertamente un fruto de la educación a la oración, que conlleva cierta capacidad de respiración, de desapego de las cosas, un juicio menos precipitado y más maduro. Pero nada de esto es la finalidad de la oración cristiana. ¿Cuál es, entonces, la cumbre, el sentido de la oración cristiana? Es el que Jesús señaló en el momento de su agonía: ” Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya”. La piedra de toque de la oración auténtica no es el replegarse en sí mismo, o el gusto intimista que nos lleva a buscar satisfacciones personales, sino la franca y clara disposición de nuestra vida en favor de todos aquellos que nos necesitan, del que sufre, de los más pobres, los más necesitados. Es una apropiación de nosotros mismos para ponernos al servicio de los demás.

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